Y nadie más… Y nada más

8e8bebc22f21ae8dc1c4b44165dcb7d3La lluvia la sorprendió saliendo de la boca del metro. En ese gesto tan suyo se abotonó el abrigo mientras subía las escaleras con pasos cortos y rápidos. Intentó no pensarlo demasiado, porque ese día precisamente, lluvia era lo último que necesitaba.

Las cosas no iban bien, pero lo peor era que no sabía por qué. ‘Qué suerte tienes’ era algo que escuchaba al menos una vez a la semana. Y sí, se sabía afortunada por mil razones. Por mil y una, decía siempre en secreto. Pero la lluvia de ese extraño otoño le trajo demasiados recuerdos de los que llegan sin avisar. Porque bajo la lluvia había besado, había reído y había llorado. O mejor: se habían besado, se habían reído… Y lo había llorado.

Las gotas golpeaban los adoquines y la ciudad se llenaba poco a poco de los sonidos que trae la lluvia. Gritos de los niños que corren olvidándose de refugiarse en los soportales, risas bajo paraguas compartidos, tacones que en precario equilibro se esfuerzan por no resbalar. Y ella, en la puerta de una cafetería lo vio esperando en el semáforo a punto de cruzar. Su corazón se detuvo al instante. No podía ser él. Él otra vez no. Él hoy no. Distraído como iba con el teléfono en la mano, no la vio. Y ella temió que levantara la mirada y la encontrara desprevenida y con la guardia baja. Temió que en ese mismo instante, pudiera escuchar el latir de su corazón y la descubriera temblando de miedo. Era él en aquella tarde, en aquella calle, mientras ella esperaba a alguien que no era él. No. No podía ser él cuando hace tan solo unos minutos estaba intentando sacarlo de su cabeza. La vida no podía tener un sentido del humor tan amargo. No lo quería ya. Pero sobre todo, no lo quería allí.

El semáforo se puso en verde y comenzó a andar hacia ella. Era él, habría reconocido esa forma de caminar entre un millón, eran su sonrisa a medias, sus manos, sus dedos, su eterna bufanda gris… Disparando recuerdos a quemarropa. Sin querer, claro, como siempre.

Pero entonces el claxon de un coche la devolvió a la realidad. Por suerte, no era él, eras tú. Y nadie más.

– ¡Lo siento! ¿Llevas mucho esperando? Ven, estás empapada – y  el chico compartió su paraguas.
– Tranquilo, no pasa nada.

 Y ya no distinguía la lluvia de lágrima. Pero daba igual.

El chico levantó la mano y deslizó sus dedos por su mejilla intentando borrar las lágrimas. Porque él sí sabía distinguirlas. Descansó en su barbilla y levantó su rostro suavemente, obligándola a mirarle.

– Sé que que no puedo prometerte que bajo este paraguas no llueva nunca. Pero no pasa nada, porque si quieres, poco a poco iremos comprando el kit completo: botas de agua, chubasquero… O, ¿sabes qué? Que mejor lo tiramos. Que mejor nos mojamos. Que mejor bailamos bajo la lluvia. ¿Qué le parece? ¿Me concede la señorita este baile?
– Estás loco – Y ella sonrió por primera vez en toda la tarde.
– Sí, pero el loco te ha hecho sonreír. Me alegra verte sonreír porque tienes una sonrisa preciosa. Pase lo que pase, prométeme que no la perderás. No sé bien por qué, pero siento la necesidad de derretir todo ese hielo que recubre tu corazón. Necesito que vuelvas a creer. Necesito que creas que podemos.

Y en ese momento se deja llevar, porque descubre que de pronto llega alguien nuevo que baila aunque no le gusta bailar o no le gusta la canción que suena. Que lo hace porque es contigo… Y nada más.

La respuesta es…

La respuesta es sí. Me acordé también de que nuestras vidas se cruzaron entonces. De que estabas por allí escondido. De que serías una de esos cientos de chicos que me asustaron y me hicieron sentir pequeña. Quizás fuera al entrar o tal vez al salir. Puede que estuviera detrás de ti al entregar mi redacción. Puede que pasaras por mi lado mientras le explicaba a mi profesora lo inverosímil de la historia. O puede que te mirara cuando lanzaras el borrador a la papelera como Jordan para impresionar a alguien…

Sí. Me acordé de que quizás en algún momento nos miramos y no nos reconocimos. Pero ya nunca lo sabremos.

Y miro

Miro tus ojos verdes y me pregunto qué pasó. Me pregunto en qué momento, en qué lugar, en qué tarde todo se rompió y no pudimos recomponernos. Me pregunto por qué los cristales me rompieron al intentar unirlos de nuevo.

Te miro de nuevo, por encima de la mesa, después de un año y me doy cuenta que nada ha cambiado. Quizás que yo me me he vuelto a cortar el pelo y que tus espaldas cada vez son mas anchas, que quizás yo río más y tú hablas menos, que quizás yo te miro con más calma y tú me miras con más indiferencia.

Te sigo queriendo como a ese primer amor que nunca se borra, que te deja huella y te duele en el alma. Pero es ese que echas de menos a veces, porque eran días donde la inocencia reinaba, donde cada beso, cada caricia era un regalo extraño e inquieto, una experiencia nueva para curiosear, para descubrir, para crecer.

Sigo mirando tus los ojos verdes y me pregunto qué falló. En qué momento todo se rompió y pasaste a ser un extraño para mí. Un extraño que habitó dentro de mí y había cambiado mi vida para siempre.

Al cabo de un rato, después de curiosear e inventar, después de decirme que tu madre sigue odiándome y yo contestarte que mi padre te echa de menos. Después de hablar de la vida de los otros, nunca de la nuestra, te haces el valiente y hablamos de verdad. Tú estás con otra, más mayor y más fea. Yo estoy con otro, dulce y callado. Tú te enfadas, no esperaba otra cosa; yo sonrío, fingiendo que no me duele, burlándome de ti con ese sarcasmo que sé que odias. Y al mismo tiempo me muero un poco más por dentro, por culpa de ese rencor que me corroe el alma y que no me abandona a pesar de que ya ha pasado un año.

Que ha pasado un año pero te sigo queriendo como el primer día.

Pero el amor no lo es todo, eso me lo jura mi alma desangrándose encima de la mesa, al lado de mi café, ese que no pienso probar.

Aunque nada me llene ya. Aunque no pueda ni conseguir salir adelante. Aunque ya nada nos importe a ninguno. Aunque por más que pase el tiempo no pueda volver de nuevo a ti. Porque me dueles, porque te quiero, porque seguirás doliendo toda la vida, porque te querré toda la vida.

Diciembre y no estás

Me da igual si no nieva, si se olvidan de mí y si no dejan bajo el árbol un regalo que recuerde que no estás aquí. Y aunque enciendan las luces, lo cierto es que tú no vas a venir. Llevo días convenciéndome cada noche de este diciembre, cuando te pienso y te tengo delante: suficiente ginebra acaba sabiendo a ti.

Y sí, es cierto, no tenemos ya nada en común y hasta quemé los recuerdos, porque si no te tengo, ¿para qué los quiero? Al menos así dan calor.

Mis años dorados se han teñido de gris, y me apuesto esta historia a que has pensado que las otras hablan de ti. Pero ya está, hoy me permito la debilidad de confesar que quizá es verdad: cuanto más perdida me encuentro a mi misma helada porque ya no estás.

B.B.

Los I jo tamé no son malos.

Cuando  mi abuela se enfada siempre se enfada en valencià. A mí me hace mucha risa, porque yo siempre me enfado en castellano. Será cosa de familia, que tenemos una manía irresistible, que no inaguantable, de enfadarnos en nuestra lengua dominante.

A estas alturas debo confesar que mi abu tiene dos objetivos claros a sus 93casi94 años. Uno de ellos es casarme. Nótese la sutil diferencia respecto a ‘que me case’. Iaia, ¡que yo no decido!

El segundo me gusta mucho más. Hace unos años mi abuela me dijo algo que nunca olvidaré: ‘a los ojos tristes hay que hacerles menos preguntas y prestarles más oídos’. Esto es algo que no deja de ser irónico porque mi abu está sorda. Pero sorda, sorda. Peor que una tapia, pobre. Así que cuando paso las tardes con ella, mi abuela me observa, lee mis labios e intenta recuperar un consejo de su enorme repertorio. Siempre acierta.

Hoy no estaba muy centrada. Pobre mujer. Está a punto de cumplir años y a veces eso es difícil. Y hoy, que he vivido un ‘I jo tamé’ en toda regla. De esos con los que nos hubieramos reído y habríamos sacado solución. Uno que unido a… Bueno, ¿qué más da? Lo importante es que necesitaba su No te preocupes que todo saldrá bien. Ese que calma y cura. Pero en cambio he escuchado paciente un cambio de medicación, me he reído con su echa un poco más, hoy que no nos ve tu madre y me he llevado a casa uno de esos abrazotes que llenan y nos hacen sentir parte de algo, de un algo que vivo nos quiere tal y como somos, ni con más y por supuesto, aún más con menos. Ese I jo tamé me ha dejado algo bueno, aunque no haya sido un consejo y aún siga desorientada.

Este día me ha regalado un abrazote fuertote. Y sonrío. Y doy infinitas gracias por él.

Lo que quiero contigo

Lo que quiero contigo es muy sencillo. Y de tan sencillo, quizás, muy difícil. Quiero caminar cogida de tu mano por las grandes avenidas. Mirarte a los ojos en cada semáforo, perderme en ellos y que mientras vivimos suspendidos en el tiempo, el semáforo se ponga verde, rojo, verde de nuevo… Y hasta azul si quiere. Saber que mis labios siempre encontrarán los tuyos.

Lo que quiero contigo es saber que me quieres, que sepas que te quiero. Que me discutas la diferencia entre el verbo querer y amar. Que te regale un libro que incomprensiblemente nunca hayas leído para que sea él y no yo quien te explique la diferencia. Y que esa diferencia tenga que ver un mucho con saber que estarás cuando te necesite, que estaré cuando me necesites.

Lo que quiero contigo es escribirte, pensarte, vivirte, extrañarte, molestarme y reírme contigo. Sentarme en la arena y perder la cuenta de las olas, tumbarme en el césped  y ver un río de nubes pasar. Lo que quiero contigo es la vida: cada segundo, minuto, hora y día que se pueda.

Sin más, sin menos.

C.

– ¿Hay algo más aburrido que la historia del pasado? –dijo Therese sonriendo.
– Quizá un futuro sin historia.

Una vez perdí un libro en una mudanza. Sé que fue en una mudanza. Y lo sé porque hay veces que me siento más próxima a las historias que duermen en mi estantería que a algunas personas. Y ese lo perdí así. Seguro.

Debo reconocer que llegó a mí de igual forma: de casualidad. Mentiría si dijera que se dio el clásico flechazo, ese en el que me paseo sin rumbo fijo por una librería y voy leyendo pequeños fragmentos de todos, de ninguno, de los libros que al azar cautivan con títulos, portadas o nombres seductores. En ese momento previo al enamoramiento cojo despistada una página al azar y comienzo a leer. Sólo hay una norma: si el libro consigue atraparme, me lo tengo que llevar.

Este en cambio me llegó en un vagón de metro. Un libro en un vagón de metro rozando la medianoche. Me resistía a pensar que el poseedor de aquellas páginas hubiera desaparecido. Miré arriba y abajo pero estaba tan desierto que tuve que afrontar la verdad: estaba a punto de adoptar un libro huérfano. Hice lo único que podía hacer con él… Empecé a leerlo.

Y me enamoró. Vaya si me enamoró. Y desde entonces, a veces, vuelvo a él. Buscando refugio, reviviendo conversaciones, evocando emociones. Desde ese momento lo cuidé evitando pensar que no era mío, que no me pertenecía. A veces pienso que los libros tienen vida propia. Y ese era un libro libre. Me pregunto dónde estará ahora, me pregunto si estará bien. Me pregunto si alguien más lo habrá leído desde entonces. Y si sintió lo mismo que sentí yo.

***

 Una de mis cajas de libros nunca llegó.

– Pero si tienes seis más… Y ya los habías leído.

En ese momento. Fue en ese preciso momento. Entonces debí darme cuenta de que aquello no iba a funcionar. Aunque no le di importancia. Pero aquello no funcionó. Y ahora que me acuerdo de esto, sonrío al pensar las pistas que el destino iba sembrando aquí y allí. Aquello no iba a funcionar. Aquello no funcionó.

Aunque sea sólo un pelín…

Un día cualquiera te despiertas como siempre. Sin saber que ese día van a cambiar mucho las cosas, vas a cambiar tú y vas a cambiar a alguien. Y a priori, es un día cualquiera. Porque amanece igual que el resto: mismo té para desayunar, misma pinza al peinarte, el mismo beso fugaz de llegotarde. Ese día yo tenía que ir a un lugar que nunca me ha gustado, soy sincera cuando lo digo. Y no me camuflen con que en ellos hay también historias de vida, de comienzos o de segundas oportunidades. A nadie le gustan y quien diga lo contrario, miente un poco.

Lo cierto es que allí estaba yo. Algo perdida y aturdida. Aunque ahora que lo pienso bien, quizás debía perderme, porque quizás sólo así iba a encontrarla.

Entré por error e intenté disculparme. Pero ya me sonreía. No pude evitar quedarme y hablar con ella. Verla allí me recordó tanto a Sofía que se me encogió el corazón.

– Me gusta mucho. Ojalá hubieras visto el mío, el mío no era tan tan largo, pero también era bonito. Tuve que cortármelo hace un poco. No sabes las ganas que tengo de que todo termine.

Me despedí y cuando salí de allí, caminando por la acera de camino al metro, se me ocurrió algo. Sabía que si me lo pensaba dos veces no lo haría, así que me planté en la puerta. Llamé al timbre. Respiré hondo.

– Pero si es precioso, ¿estás segura?
– Corta.

Y sentada frente al espejo sentí dos cosas opuestas. Por una parte no pude evitar las lágrimas. Pero por otra, una sonrisa enorme apareció en mi rostro

– ¿Qué quieres hacer con él?
– Necesito un favor enorme.

Días después volvía sobre mis pasos. Esta vez no iba perdida y sabía dónde tenía que ir. Unos días después hice un regalo. Y prometo que es uno de los regalos más especiales que he hecho en mi vida.

– ¿¡Pero qué has hecho!? Pero si es tu…
– Fíjate cómo cambian las cosas, ¿eh?
– Sí – Y no podía dejar de sonreír – ¡Ahora yo lo llevo más largo que tú! No sé cómo puedo agradecértelo.
– No tienes que hacerlo, sólo disfrútalo. Me sirve saber que a partir de ahora tu vida será un pelín mejor…

Cuando me marché, antes de cerrar la puerta, la vi peinándolo suavemente, con una delicadeza infinita, sonreía sincera y feliz. Enormemente feliz.

Y yo, aunque ya lo sabía… Estaba feliz también, una felicidad pura y sincera. Porque uno no es feliz de verdad hasta que no hace felices a los demás. Y llega un punto en el que no basta cualquier cosa. No basta aquello que pueden comprar unos billetes. Llega un momento en el que tienes que darte desde lo más profundo de ti, para llegar a lo más profundo de los demás.

No saben de ti

La gente quiere que esté contenta y no les hable más de desamor. La gente quiere que siga atenta, que vuelva la de siempre, porque me está cambiando hasta la voz. Pero la gente no sabe de ti. Pero la gente no entiende que tú…

Y, ¿sabes? A veces, como ahora, te sigo hablando. Supongo estarás bien, por aquí todo igual, aunque no te importe. Cada vez me olvido más de ti. He cambiado de trabajo y me mudé a Madrid. De Madrid al cielo. Pero tú eso ya lo sabías. Y hablando de cielos: ya no te veo en cualquier cielo gris, ya diferencio colores.

Y voy a hacer una historia que hable en realidad de ti, y voy a poner la habitación donde te miraba al dormir. Voy a hacer de ti sólo una historia. Y también voy a poner Madrid, porque tú me trajiste aquí por primera vez. Fue nuestro primer viaje, ¿te acuerdas? Y ahora, qué será Madrid sin nosotros dos, ¿eh? Y voy a poner también a otra. Seguro que la hay. Háblale de mí a otra tonta como yo. Yo estoy sin ti y tú estarás mejor. ¿No era eso lo que querías?

Y sigo suponiendo, supongo ya de más quizás, supongo has olvidado la calle y el portal donde te vi feliz, donde me hiciste hablar. Y voy a poner una noche. Aquella, la noche más bella del mundo…

La gente quiere risas, pero no.

Porque la gente no sabe de ti… No saben de ti tanto como yo.

A.S.

Un año

Un año que empecé sin propósitos. La primera página de mi agenda parece un tuit de Paulo Coelho “Es Navidad. Relájate. Come, bebe y sé feliz. No te pongas a dieta. Sonríe”. Y lo he hecho con nota como alumna aplicada que siempre he sido.

Un año en el que me he levantado, a veces muerta, y, otras, de un salto, pero siempre con un sueño inhumano. Confieso que entre dormir media hora más y arreglarme para ir a trabajar, siempre elijo la primera. Eso sí no me pidáis que para ser puntual deje de cantar en la ducha o de bailar delante del espejo.

Un año el que he vestido con los jerseys que los caballeros me prestan por la noche cuando digo que tengo frío y que nunca devuelvo. Un año en el que no me he cambiado ni de color de pelo. Un año en el que he paseado por Trafalgar Square y por el mismo infierno. Un año en el que he  recorrido miles de kilómetros y aún tengo la sensación de que podía haber ido más lejos. Un año en el que he visto cómo mis amigas se casaban y se quedaban embarazadas y me he preguntado ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Pero cuando crees en un único amor para toda la vida, es muy difícil encontrarlo. También he visto cómo se puede acabar el mundo inexplicablemente con 28 años y he llorado por los planes para el pasado que hicimos. Pero la vida es una tristería, como dice un amigo, una mezcla de tristeza y alegría.

Un año en el que he dado muchas veces gracias por tener cerca a mi padre y a mi madre y en el que he echado de menos echar de más a mi hermana que está de Erasmus. Un año en el que he engordado a todas mis amigas a base de tartas de queso, brownies y cupcakes, a pesar de que mi abuela diga que eso no es repostería y en el que he conversado con cientos de gintonics con I. en el O´Clock o en Martínez Bar. Un año que me ha traído una nueva cicatriz, casi imperceptible, a la altura del codo y cuyo origen no se puede contar y que también me ha curado alguna que otra herida. Un año en el que he aprendido que el primer amor es irracional; que desde que te perdí, todos se andan enamorando de mí; que cambio constantemente y que nunca me alcanzarás; que me gustan las apuestas y no las sorpresas; y que cuando das la cara, a veces que te la parten.

Un año que he acabado corriendo la San Silvestre porque correr con este frío, es de valientes.

Un año que ha sido muchas cosas, pero sobre todo, ha sido mío.

Se las lleva el viento

Hay veces en las que el silencio es la única respuesta posible. Hay veces en las que ni siquiera encuentras las palabras acertadas, las que estén a la altura de los sentimientos, de los hechos, de la necesidad. Esta es una de esas veces.

Y en parte es lo que me pasa últimamente. Estoy asustada porque nunca había ido más allá de la literatura, y hoy ha dado el gran salto. Me he quedado en blanco en hasta tres conversaciones. Sé que de esto ya he hablado, sé que me he quedado muda muchas veces.

A veces, la sequía se instala en mi azotea y sufro migrañas y desvelos cuando las palabras revolotean sin orden y chocan entre ellas en mi pequeña cabecita. En esos momentos intento de veras entenderme, cerrar los ojos y escucharme por dentro para intentar poner algo de orden. En esos momentos, lo más inteligente es dejarme un poco de espacio, no vaya a ser que se me escape alguna sin querer y sea una palabra mordedora.

Tengo suerte, la verdad, y es que tal y como la sequía viene, se va. Y a veces, la mayoría, se va gracias a una lluvia tranquila y reparadora. Otras, adopta una forma angustiosa de desbordamiento. Huracán incluido. Lo importante, al final, es que siempre vuelven. Muchas veces, las puñeteras, escogen momentos en los que no puedo detenerme a mimarlas. Caprichosas, me hacen dejarlo todo a un lado y ordenarlas con caricias. Y sólo cuando las he vestido de largo y las repeino bien, deciden salir al exterior. Otras veces les da lo mismo cómo salir: las he llegado ver correr sin zapatos o con las pestañas llenas de sueño. Pues eso, caprichosas.

Me fascina esa gente que aún se sorprende del daño que pueden causar las palabras de más. Las palabras de menos. Las palabras colocadas delante o detrás. Las palabras dichas en el momento oportuno, las palabras escondidas para siempre. Y a veces, como esta, me pregunto si soy yo, que las veo leo todas, me pregunto si el problema será mío, que presto atención a todas y cada una de ellas.

Y yo, que había bajado la guardia. Que no tenía ganas de cubrirme las espaldas. Yo que había esperado no tener que volver a… Preparo la armadura, los escudos, cae la visera del yelmo. A destiempo preparo mis mejores armas, amor y valentía. A destiempo me cargo de tinta…

… Para descubrir que, después de todo, las palabras se las llevará el viento.

Las personas curiosas

No te enamores de una persona curiosa.

Querrá saber quién eres, de dónde vienes, cómo es tu familia. Mirará todas tus fotografías, leerá todos tus poemas. Se presentará a cenar y hablará con todos sobre cómo su curiosidad le ha enseñado tanto. Te pedirá que explotes cuando estés enfadada, que llores cuando estés herida. Te preguntará qué significa esa ceja levantada.

Querrá saber cuál es tu ciudad favorita. Tu color favorito. Tu persona favorita. Y, por supuesto, te preguntará por qué. Comprará esa cámara que te gustó, prestará atención a ese grupo que escuchas a todas horas, te llevará ese jersey al que le sonreíste una vez. Aprenderá a cocinar tu comida favorita.

Los curiosos no se conforman con el exterior. Los curiosos desean el interior. Quieren saber lo que te cansa, lo que te hace sentir incómoda, lo que te hace gritar de alegría, de ira, de angustia.

Su piel se convertirá en las páginas en las que aprenderás a volcar tu ser.

No te enamores de una persona curiosa. No dejará un suspiro sin explicación. Querrá saber qué hizo para que la amaras. Año, mes, día, semana. ¿A qué hora fue? ¿Qué dije? ¿Qué hice? ¿Cómo te sentiste? preguntarán.

No te enamores de una persona curiosa porque he estado allí. Desabrochará tu camisa, erizará tu piel y leerá cada cicatriz, cada marca, cada curva. Explorará cada centímetro de tu ser, cada órgano, cada pensamiento.

Después caminará de vuelta a casa y no responderá a tus llamadas. Tú nunca serás la aventura de su vida. Tu corazón será un misterio, sí. Pero no por mucho tiempo. No hay dolor tal como amar a un curioso que persigue cada estrella caída y nunca la atrapa. Que viene y ve y conquista y se va.

Yo me enamoré de una persona curiosa. Yo he estado allí… Y créeme: no quieres enamorarte de una persona curiosa.

Quería decirte

Quería decirte que todavía pienso en ti. En nosotros.

Quería decirte que cuando pienso en ti, en nosotros, sonrío. Quería decirte que sonrío porque me gustó que aparecieras por casualidad, casi sin querer. Porque no planeamos nada. Porque simplemente sucedió. Porque sólo así las cosas son sinceras, auténticas.

Quería decirte que cuando te vi supe que eras especial. Y que quería estar cerca de ti, pasar tiempo contigo, crecer contigo. Conseguir que sonrieras al pensarme como ahora intento sonreír yo pensando en ti.

Quería decirte que no me duele haberte dejado marchar. Quería decirte que no te espero. Quería decirte que ya sabía hace mucho tiempo que deseabas echar a andar y que no tenías previsto que yo fuera algo parecido a un final de trayecto. Que tú no eras para mí, que yo no era para ti. Que me guardo esta arena de playa en los bolsillos, porque el verano siempre vuelve. Que me guardo tus palabras dentro, muy dentro de mí. Igual que tu recuerdo, ese que tengo ahora delante, que te hace pequeñito conforme te alejas por la orilla.

Quería decirte que puedes olvidarme, no importa, quizás así sea más fácil para los dos. Quería decirte que yo no te olvido, te quedas dentro, muy dentro, porque no lo puedo evitar, porque no lo quiero evitar. Quería decirte que no son lágrimas, que es la lluvia de este otoño que empieza en gris oscuro casi negro.

Quería decirte… Que estés tranquilo, que ya tendremos otra vida y quizás encontremos la forma imperfectamente perfecta de que todo funcione.

sin-titulo

M.:

Esta es una carta que nunca vas a leer, pero es la carta que necesito escribir. Porque es la carta que escribo con los ojos llenos de las lágrimas que no puedo disimular. Porque tú lo sabes: nunca se me ha dado bien despedirme. Aprender a hacerlo ha sido a fuerza de una familia muy viajera, media de la cuál está ya desperdigada por el país, así que una se ha ido poquito a poco haciendo a la idea. Contando despedidas el corazón no sufre tanto, dicen. Que cuando ves hacer la quincuagésima maleta, la séptima mudanza, y comprar el enésimo billete de avión, ya tienes que estar acostumbrada, dicen. Puede ser, y quizás por eso cambiaré el principio de esta carta: lo cierto es que nunca se me ha dado bien despedirme de ti.

Entre otras cosas porque eras tú quién siempre te quedabas conmigo a esta parte del control. Siempre has sido tú quien ha apretado fuerte mi mano mientras decíamos adiós. Y siempre era a ti a quien miraba y decía con una dulzura infinita, ahora mismo vuelve, el tiempo pasa muy deprisa, ya verás como estará bien. De esa forma, también yo me convencía a mí misma de esas palabras cuando te veía sonreírme. Pero hoy no estarás a esta parte del control. No te cogeré de la mano y te diré que todo irá bien porque… Todo eso te lo habré dicho antes. Seguro que con alguna lágrima que intentaré disimular sin éxito. Porque hoy te vas tú, pequeñaja, y yo me quedo.

Te voy a echar mucho de menos, pero eso ya lo sabes. Echaré de menos que me despiertes a deshora o que desayunes conmigo los lunes a las siete por solidaridad madrugadora. Echaré de menos que no me dejes notas entre los apuntes, que apuntes tus fechas importantes en mi agenda, que me sigas a todas partes. Que me pidas consejos de hermana del medio. Echaré de menos echarte de más. Por echar de menos echaré de menos hasta que me robes la ropa, fíjate lo que te digo. Pero sobre todo te echaré de menos a ti. Tu buen humor, tu paciencia, tus locuras, tus soluciones imposibles para, tus planes de arréglate-salimos-ya. Que me hables desde la otra punta de la casa y te conteste con un  no me grites que no te veo. Que hablemos en morse a través de la pared. Echaré de menos que vengas a mi habitación armada con tu almohada y hagamos noche de chicas. Voy a echar de menos tantas cosas… Porque esto no va a ser lo mismo sin ti, pequeñaja. Y porque seguramente cuando vuelvas, ya no volverá a ser igual.

Cuídate, M., cuídate como te cuidaría tu hermana del medio si estuviera allí contigo.
Un abrazo tan tan fuerte que ni sé,
Tu hermana, la del medio, la que contra todo pronóstico, te echa mucho de menos.

La carta de despedida

¡M.!

sin-tituloAhí está, el mundo a tus pies. Si tuvieras que pedirle una cosa, sólo una cosa a este año que comienzas, ¿qué sería? ¡Rápido! No lo pienses mucho, que los deseos verdaderos son los que primero cruzan tu mente… Y yo, creo que ya tengo el mío.

Siempre hemos dicho que cada año es como un viaje y este… Este, la verdad, va a serlo más que nunca. Este septiembre, para ti, es el momento en el que has escogido un camino. Un camino que te llevará allá donde quieres llegar, lo sé. Maleta bien cargada y billete en mano. Es momento para escoger con quién quieres ir, cómo quieres ir y cuándo vas a ir. Es momento para escoger cuántos atardeceres increíbles, cuántos viajes, cuántos paseos. Es momento para imaginar a todas aquellas personas a las que quieres conocer, las sonrisas de porque sí que vas a experimentar. Para imaginar aquellos conocidos que se convertirán después en buenos e increíbles amigos.

Vas a aprender tanto, pequeñaja, que a tu vuelta me darás lecciones a mí. Vas a querer tanto, experimentar tanto, crecer tanto, que a tu vuelta, serás casi una persona diferente. Porque todos los viajes nos cambian. Espero que este a mejor, eso sí.

Sé que tienes miedo. Porque todo lo que nos es desconocido siempre da miedo. Porque las cosas buenas siempre dan miedo al principio. Porque es bueno tener miedo, significa que estás apunto de hacer algo realmente valiente. Estoy muy orgullosa de ti. Por tener la valentía de marcharte, aún cuando te tiemblan las piernas. Por tener la valentía de echar a andar, aún cuando sabes que será difícil, que habrá momentos duros, que nos echarás de menos.

Yo no tengo tanto miedo. Sí, lees bien, tanto miedo, porque sé que volverás feliz, que es bueno para ti y que vivir significa también crecer y aprender. Y recuerda, que estaré siempre a tu lado para que cuentes conmigo. Porque no estamos tan lejos. Y si las cosas se tuercen mucho, te doy permiso para acordarte de la loca que te animó desde el principio, esa hermana del medio que te compró un billete sin vuelta, esa que tanto te quiere y que ahora mismo… ¡Pues no le pongo cara!

Cada buena elección que hacemos se merece suceder. Y ésta más que ninguna. Siempre he creído que las elecciones son deseos con alas, mensajes que nos enviamos a nosotros mismos para recordarnos qué queremos, deseamos, anhelamos hacer. Tienes suerte de poder hacer tus elecciones realidad. No desaproveches la oportunidad, vive cada instante, porque cada uno de ellos será único e irrepetible… Y piensa, de vez en cuando, con la cabeza de pensar. Tú ya has escogido, pequeñaja. Has escogido volver a descubrir una tierra mágica, que ya conoces pero que te recibirá como la primera vez… Y estoy segura de que al final tendrás el sabor de las buenas elecciones.

Cuídate mucho, pequeñaja. Cuídate como te cuidaría tu hermana del medio si estuviera allí contigo.

Un abrazo tan tan fuerte que ni sé.
Tu hermana del medio, que te quiere y te requiere.

Contrastes

Tras un julio trabajador, reto literario, planificaciones, criterios y manual nuevo incluidos, asomaba un agosto perezoso y caluroso. Y si algo le pedía a este agosto es que fuera para mí. Sólo para mí: para cuidarme y mimarme un poco. Como no lo fue el anterior, ni el anterior, ni el anterior del anterior… Sin preocuparme por nada ni por nadie. Sin pensar en nada ni en nadie. Desconectada de todo y todos. Libre. Y, a unos días de acabar este agosto, creo que lo he conseguido.

Días de norte y de sur, de frío y calor, de montañas y playas, de monumentos, de historias, de anécdotas, de apuntes en la guía, de postales sin enviar y entradas sin romper. De ayer y de hoy. De contrastes.

Atrás quedan ya los paseos a la luz de la luna llena por calles laberínticas, las gotas en el parabrisas cuando nos refugiamos empapados y sin poder hacer más que sentarnos el uno junto al otro. Atrás quedan las formas de animales mitológicos inventadas en las nubes tumbados en la hierba. Atrás quedan las noches de estrellas fugaces vividas en el capó del coche huyendo del rocío del amanecer. Atrás quedan los baños helados en el  cantábrico (el truco es pensar en el calor que hace allí abajo, el truco es pensar en el calor que hace allí abajo, el truco es…) y las botellas de agua a precios astronómicos. Atrás quedan los kilómetros que hemos hecho de más porque nunca me hacías caso en los desvíos. Atrás quedan… O quizás no tan atrás.

Tu sur y mi norte son casi tan diferentes como el día y la noche, como tú y como yo… Y en esa diferencia es donde quiero perderme. Así que en este viaje de contrastes he aprendido algo que ya me cantaban hace tiempo… Que a veces necesitamos un poco de Sur para poder ver el Norte.

Mamá

MamáEste verano me han dicho muchas veces que me parezco a ti, mamá. Que mi pelo es igual de rubio que el tuyo, que mis ojos son claros como los tuyos, que mi sonrisa es como la tuya. Que no se puede decir que no sea hija de madre. El mismo corte de cara, las mismas cejas, el mismo caminar. Incluso dicen que hay gestos tuyos que he heredado. Yo sé que exageran, porque hasta el carácter este que nunca habéis conseguido corregirme, dicen que es como el tuyo. Puestos ya a la defensiva, les falla la nariz, que algo tendré que haber sacado de papá. Ellos siguen que no, que de faltarme sólo me falta el hoyuelo en la mejilla, ese que todavía asoma cuando sonríes de verdad, aunque ya llevo años viéndote sonreír muy poco, mamá.

Por mucho que lo diga la gente, lo cierto es que a mí no me lo parece. En esta foto tenías casi mi edad. Para ser sincera, tenías tres años menos que yo. Y con tres años menos, como ya se encargan de recordarme, habías decidido a qué ibas a dedicar tu vida y habías empezado a vivir… Es por eso que esta es una de mis favoritas: papá y tú estabais de viaje, me lo contabas una y otra vez, paciente, cuando era pequeña y corría a ti para que me cogieras en brazos y me contaras historias escondidas en viejas fotografías… Historias que eran tu historia. Era entonces cuando esas historias eran para mí, cuando tú eras para mí. En esta foto, mamá, sonríes sincera y feliz. Esta foto empieza capítulo. Y en ella tu mirada me promete que ibas a vivir una vida digna de ser contada. En esa foto, mamá, reconozco la dulzura, la comprensión, el saber hacer, la dedicación, la confianza y la serenidad que el paso del tiempo y estos años a tu lado me han demostrado.

Después de esta vienen más y más. Vienen momentos congelados con mi hermano, con mis hermanas, incluso conmigo. Vienen velas de cumpleaños. Hay tardes en el Retiro, noches en la Alhambra, mañanas de playa y paseos de montaña. Navidades, veranos, cigarrillos a medias, helados de primavera y cafeterías a media tarde. Veo vida en ellas.

Este verano, mamá, me han dicho muchas veces que me parezco a ti. Pero en esos momentos, yo callaba y miraba hacia otro lado. Porque es cierto que no, yo no veo el parecido. Hoy me has preguntado por qué hacía eso. Esta tarde estabas enfadada y me has preguntado si acaso me avergüenza que me vean parecida a ti. Se me ha congelado el corazón y durante unos instantes me he olvidado de respirar. En esos momentos en los que la gente me miraba y sonreía deseaba con todas mis fuerzas que así fuera, deseaba ser como tú, mamá. Apartaba la mirada y deseaba que con el paso del tiempo pueda tener la suerte de mirarme y verte, mirarme y saber que de verdad me parezco a ti, que antes o después he conseguido algo parecido a lo que has conseguido tú.

No sabes cuánto me gustaría poder sentirlo así, pero lo cierto es que a día de hoy, aún no nos parecemos tanto, mamá.

Gastón

– Oye, te tengo que pedir un favor enorme.
– No será para tanto, va.
– Ehm. Sí, sí lo es, pero te prometo que no veo otra solución. Mira, voy a tu casa y te explico.
– Vale, como quieras, aquí estoy.

****

Y tras el horrible pitido de rigor, su voz.
– ¡Subo con un amigo, no te asustes!

¿Un amigo? Y entonces, poco después, asomó por la escalera una cabecita dorada. Gastón, que es el perro de Rafa, corría a mi encuentro y casi me tiró al suelo. Desde luego, como perro guardián, ni unas horas, porque aunque ese gesto mío que tiene el mérito de meses enteros de autoconvencimiento de que no me arrancará la mano si me descuido, Gastón quiere a todo el mundo.

– ¡Pues aquí estamos!
– ¿Y tu amigo? ¿Se ha caído por el hueco del ascensor? – Se ríe y su risa es contagiosa, cristalina, sincera.
– ¡Gastón es mi chico! Ahora te cuento.

***

– ¿Y no tienes un primo, un hermano, un amigo con chalet? ¿Y las perreras? ¿No se encargan de estas cosas? La gente que se va de vacaciones los lleva allí…- Mi voz sonaba aterrada.
– Están fuera de la ciudad. Sólo serán unos días, hasta que vuelva. Y tú tienes que superar ese miedo, ¡es perfecto!
– Pero yo no tengo ni idea de cómo cuidar un animal. Y menos un perro. Se pondrá a ladrar, a romper cosas, te echará de menos… Y también yo me pondré a ladrar, a romper cosas, a…
– No, venga, no es tan difícil. Mira, yo te he visto jugar con él y pasear con él, de todos mis amigos es a ti a quien más quiere, parece que lo tienes como hipnotizado, lo digo en serio. Y es un buenazo, no te dará problemas, me lo ha prometido.

Ahí está otra vez. Mi amigo Rafa, que no se entera de que lo que más me gusta de nuestros paseos con Gastón, haga viento, llueva, truene o caiga el sol a plomo no es Gastón. Peroquétontainaes.

– Sabes que no te lo pediría si tuviera un plan B.

Sopeso los próximos diez días. Y por un segundo me olvido de la enorme bola peluda con nombre de seductor francés en la que estoy a punto de meterme.

– Está bien. Pero tráeme algo bonito.
– ¡Que es un viaje de trabajo!
– He dicho que me traigas algo bonito.
– Tú sí eres bonita.
– Me debes una enorme enorme enorme. Enorme. Pero enorme.

Y ahí estaba yo. Bueno, yo y Gastón. Gastón me miraba sonriente y yo miraba a Gastón como un poco de reojo. Hasta que me planté delante de él, brazos en jarras, dedo índice acusador y le dije sin rodeos:

– Muy bien Gastón, normas básicas de convivencia. En esta casa nadie se levanta antes de las nueve. Así que nada de ladridos, nada de carreras, nada de pis antes de las nueve. Nada de arañazos, nada de comer a deshora y nada de pedir mimos a las tantas. Y tú verás lo que vas a hacer con todo ese pelo, que yo no lo voy a recoger por ti, ¿entendido?

Por toda respuesta recibí un ladrido.
– Espero que ése sea el ladrido más sincero que tienes.

La primera noche fue la más graciosa. Al caer la tarde, cuando ya casi me había olvidado, se acercó el pequeño Gastón con su correa en la boca para que lo sacara a pasear. Y a partir de entonces descubrí que posiblemente no iba a ser muy difícil. Que Gastón iba a ayudarme mucho…

***

– ¡Pero si no se despega de ti! Cuéntame, ¿cómo ha ido?
– A ver, hemos compartido helados de limón, paseos por la orilla del mar, hemos jugado con las olas, hemos visto atardecer, escuchado a Paolo Conte y cruzado mil confidencias… Es un chico listo, Gastón, sí.
– ¡Qué suerte Gastón! ¡Pero qué suerte tienes briboncete! Menudas vacaciones, ¿eh?

Y Gastón me mira como sólo él sabe mirar. La verdad es que a  mí también me costaba separarme de Gastón. Quién me lo hubiera dicho.

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Re… Organizando

Reorganizando ideas, reorganizando sentimientos, reorganizando pensamientos… Reorganizando.

El final de curso siempre es momento para calmarse y reflexionar. A mí aún me queda una semana para cerrarlo, es cierto, pero ustedes me conocen, yo me conozco y este verano no va a ser diferente a los anteriores. No dejaré de rellenar papeles, de crear proyectos, de inventar para no dejar de crecer para hacerles crecer. Qué claro me ha quedado. Claro que sí.

Es momento de sacar armarios, es momento de reorganizar apuntes y de estrenar algún que otro manual… Porque el curso no empieza en septiembre, qué va. El curso empieza antes, antes incluso de lo que los estudiantes imaginan.

El pequeño estante que tengo reservado en la sala de profesores ya está ordenado. He sacado a la luz apuntes perdidos meses atrás entre páginas que no les pertenecían, ideas para proyectos en las esquinas de libros y que aún no he llevado a cabo, que no se han materializado y piden que les dé forma. Cajas y cajas con fichas, juegos para poner a prueba la imaginación de mis queridos alumnos. No ha sido difícil porque pocas cosas heredé, pocas cosas desordeno y pocas cosas tengo. Qué cosas.

Y ahora es momento de ordenar los estantes, los cajones, las cajas, los archivadores que hay dentro de mí. Ya les digo que eso es algo que me va a costar un poco más. Que no será cuestión de unas horas, ni siquiera de unos días. Cerrar los ojos y pensarme dentro, muy dentro de mí va a ser tan difícil como duro. Sacar a la luz aquellos apuntes de ideas fugaces y tomadas a vuela pluma, aquellos pensamientos que encerré en libros no necesariamente de texto, sentimientos arrugados en carpetas que contienen mi esencia, cajas y cajas de emociones puestas a prueba… Y, ¿qué tiro? ¿Qué dejo? ¿Qué me llevo? No va a ser fácil y no sé qué puede salir de allí. Ni si yo saldré de allí también siendo la misma. Seguramente no. Aunque esto no tiene por qué ser malo.

Reorganizando ideas, reorganizando sentimientos, reorganizando pensamientos… Reorganizando.

Cojo aire y cierro los ojos… Allá vamos.

El otro día

El otro día leí una carta en el periódico. Y conforme la iba leyendo los ojos se me empañaban. Qué cosas, ¿eh? Porque si tengo alguna forma de expresar mis sentimientos no es con lágrimas. No suelo llorar a no ser que lo que tenga a mi alrededor me supere de verdad. Soy más de guardarlo dentro, muy dentro de mí. Es lo mismo que hacen las ostras cuando entra una piedra en su interior. Guardarla dentro, muy dentro.

Para que se hagan una idea lloré el día en el que el corazón de Sofía se cansó de latir. Lloré el día en el que tuve que despedirme de mis primeros alumnos. Lloré el primer día en el que no me valoraron profesionalmente. Lloré el día en el que me rompieron el corazón por primera vez. Lloré el día en el que cansada de todo, ya no podía  con nada.

Todas esas veces (y alguna más que me guardo dentro, muy dentro de mí) había un hecho que se clavaba en mi alma, un algo que no entendía, un algo que me paralizaba. Pero ese ‘otro día’ en concreto ningún pilar de mi vida se tambaleaba, nada iba mal, no existía aparentemente una razón para mis ojos se empañaran y rodaran gruesas lágrimas por mis mejillas.

Se preguntarán qué clase de carta leí. Seguro que imaginan una despedida, una carta de amor, con una metáfora aquí, un adjetivo allá, algo bonito, algo ñoño. Qué poco me conocen si es así. Era una carta muy directa, sin florituras, sin palabras bonitas. Era una carta sincera y era una carta de perdón. En ella, una madre anónima felicitaba a su hija por los resultados académicos obtenidos… Y le pedía perdón. Le pedía perdón porque el estudiar tanto, el esforzarse tanto para lograr su objetivo académico le había dejado sin disfrutar de su infancia.

Y entonces vi a esa niña sin poder jugar en el parque con sus amigas, sin descansar ni un sólo fin de semana, cogiendo vacaciones con la boca pequeña. Porque en ese empeño estaban también los veranos a campamentos de inglés que eliminaban la diversión de las noches de verano en la playa. Y vi a esa madre pidiéndole perdón por todos los momentos en los que dejaba que su pequeña cabecita responsable declinara los viajes de fin de curso en favor de ese viaje cultural a una capital europea, le pedía perdón por dejar que esa cabecita responsable eligiera siempre los veranos de inmersión lingüística y no los de piragüismo, senderismo y multiaventura. Maldito Pepito Grillo, maldita cabecita responsable. Le pedía perdón por hacer que su pobre niña invirtiera su tiempo, su esfuerzo, su vida… En una nota.

Fue entonces cuando no pude contenerlas y sentí las lágrimas rodar mejilla abajo.

Porque yo era esa niña. Yo me he perdido esas noches en la playa, me he perdido esas vacaciones, esas tardes en el parque, me he perdido las fiestas en la facultad, el viaje de interrail por Europa, los veranos de piraguas, las colecciones de piedras deformes, de rasguños en rodillas. Y he perdido invertido casi 15 años de mi vida en mi educación, en mi formación. ¿Y todo para qué? Ahora miro a mi alrededor y lo cierto es que yo… Me he perdido. Y parece que era el ‘otro día’ cuando peinaba unos cuantos mechones rebeldes y rubios en esta cabecita responsable.

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Querida yo del presente:

6e6cad6e5786090b109df2ef881635a6Eres un ser extraordinario. No lo olvides. Puede que estés pasando por un momento de bajón pero sigue adelante y no te rindas. Puede que tu vida no sea perfecta, que te falte algo, que nada tenga sentido. Bueno, pues haz que tenga sentido. Haz que merezca la pena vivir. Pero no te quedes sentada esperando a que la vida pase, a que las oportunidades lleguen a ti. Muévete. Al principio te costará, tendrás miedo. Pero ese miedo será tu impulso. Vive. Vive cada día como si fuera el último, vete a la cama satisfecha con todo lo que has hecho y dicho y estando en paz contigo misma. Y recuerda que después de la tormenta siempre, siempre, viene la calma.

Tienes que estar orgullosa de quien eres y de lo que haces. Si no lo estás, cambia. Tú eres tu prioridad, no te abandones por nadie ni pierdas tu esencia por nadie. Porque no olvides que siempre tienes que ser la mejor versión de ti misma y eso es más fácil si te rodeas de las personas adecuadas. Tú lo estás, así que aprovecha.

Querida yo del presente: aprende a mantener tu sonrisa en los labios, que es preciosa, que te ilumina desde dentro cuando es sincera, y debo admitir, yo que te conozco un poco que siempre lo es. Pero también debo decirte, yo que te conozco un poco, que es cara de ver.

Ama. Mucho y muy fuerte. A veces las cosas saldrán bien y a veces las cosas saldrán mal. Cuando salgan mal, sana tu corazón  y vuelve a la carga. Nadie merece que dejes de amar. Nunca hables de fracaso porque una relación no funcione. Si no funciona, es que no era la persona correcta.

Sé paciente, porque no puedes tener todo en el momento que lo deseas, porque lo bueno se hace esperar, porque tienen que pasar cosas malas para que pasen cosas buenas…. Pero nunca dejes de vivir, de explorar, de aprender, de dejar que te enseñen.

Rodéate de la gente que te quiere.

Querida yo del presente: sé feliz, sabiendo que la vida no es perfecta. Y es que precisamente eso, la hace perfecta.

Nos vemos pronto,

Abandonadas

DSC_0004Desde hace algún tiempo, acoge en su hogar a todas las palabras que encuentra abandonadas en las palabreras. Examina cada una de ellas y entre vocales y consonantes encuentra, por ejemplo, verbos que lloran después de ser abandonados por un sujeto que un día, de tan creído que era, prescindió de predicado.

Esta misma semana ha encontrado un par de adjetivos trastornados, tres adverbios muertos de frío y otros tantos de la raza pronombre, que sueñan con ser la sombra de un niño, de un hombre.

Susurra despacio las palabras que llevan más días abandonadas y se las lleva a casa. Las vacuna contra la rabia y las peina a su manera. Las trata como si fueran hijas únicas. Porque en verdad todas son únicas. Hay veces que incluso les pone a sus palabras diéresis de colores imitando diademas. Antes de llevarlas a un parvulario de relatos o canciones les da un beso de tinta y les dice, mirándolas con cariño, que si quieren ganarse el respeto nunca deben olvidarse los acentos en el patio.

Y desde lejos observa como juegan en los versos de un poema, en las letras de rayuela. Las ve crear antítesis imposibles que emparejan sonidos silenciosos, discos cuadrados, sequías lluviosas. Se ordenan y desordenan en bailes sintácticos frenéticos. Sonríe con la preposición que siempre se lleva bien con todos los demás, ríe con las interjecciones que causan sorpresa. Brillan los adjetivos persiguiendo sustantivos que sólo buscan la calma de los determinantes, que no dan mucho, pero tampoco piden nada. Cansados, los verbos, bajo el peso del mundo, hablan con los adverbios, los únicos que los aguantan entienden. Y se forman corros de circunstancias, de directas e indirectas… Y así, felices, ellas van creciendo.  Y entonces, cuando las sabe mayores, cuando las siente seguras, se despide en voz queda, sin que ellas le oigan. Casi siempre siente que crecen demasiado deprisa, que le abandonan demasiado pronto. Las escucha en bocas ajenas y se alegra, claro que se alegra. Pero también se enfada consigo misma como con todo lo que ama con cierto egoísmo.

Entonces vuelve a casa, inerte y algo vacía, acariciando aquel vocablo mudo llamado silencio. Siempre fiel, siempre consigo. Ley de vida. Y se dice a sí misma que si las palabras se atraen y se unen entre ellas, por qué aún después de tanto tiempo… Quizás necesita que alguien, más sabio que ella, venga a decirle bajito: Tranquila, que el que ama puede estar equivocado de sujeto, pero nunca de verbo. Tranquila, que ya me armo de tinta para ti. Tranquila, que aún tengo un capítulo en tu historia por escribir… Tranquila.

Tranquila y a brillar, que son dos sílabas.

Lágrimas de mar

28a98990937d198ddba92d6d1ca8e180Cuando tengo un problema mi padre siempre me dice que me vaya a la playa a ver el mar, porque el mar cura las heridas. Yo siempre le miro escéptica y él siempre me responde de la misma forma: recoge las lágrimas de mis mejillas con su dedo meñique y me pide que las pruebe.

– Saben a sal, papá.
– Exacto, dice él. Como el mar. Las lágrimas te curan y el mar también lo hará.

Y hoy… El mar. Otra vez el mar. Siempre el mar. Las olas y el viento de levante. Y la arena en los pies y los rayos del sol en la piel. El mar. Y es que esas tres letras esconden heridas, amaneceres, besos y lágrimas. Esas tres letras, como no puede ser de otra forma, esconden una historia.

Una historia de sal escondida en el alma bajo llave.

***

Aquel día, el último día, acariciaba el viento de poniente y me llevó a la arena bañada en salitre. El marinero en tierra también me acariciaba con un plan establecido.

Me tumbé a su lado y me dio un beso. Sabes a sal, dijo. Fue entonces cuando me di cuenta de que aquello no funcionaría. Que el salitre no llega al invierno. Que en septiembre la piel deja de saber a sal. Tras las gafas de sol miré al infinito marino. Y me puse a contar olas, una por cada día que estemos juntos hasta que me interrumpa, me dije. Y mientras, una lágrima de mar se deslizaba silenciosa por mi mejilla, confundiéndose con el agua en mi piel, resbalando hasta mis labios. Sabía a sal.

23. Vinieron veintitrés olas. Rompeolas en el 24. Veinticuatro días más necesitó para volver a romperme.

Qué poco se equivocó el mar. Otra vez el mar. Siempre el mar.

***

Y así, bañada en salitre, floto en la memoria de los días grises. Una silueta sobre el arrecife y sube la marea. He cerrado los ojos detrás de las gafas de sol. Como aquella tarde. Y he contado sin ver las olas que se acercaban a la orilla hasta que… Al agua. Porque las lágrimas de sal se camuflan mejor dentro del agua. Y allí me he hecho una promesa de sal a mí misma: No, este verano no. Este verano no va a haber más lágrimas de mar.  Y he dejado que el mar, como siempre, cure despacio todas mis heridas.

Second.

– Nos vamos de concierto. Te quiero lista en 30 minutos. 59, 58, 57, 56…

Y a esas ideas yo ya no me resisto. Para qué si tengo las de perder. Así que me arreglé. En 30 minutos. Vaqueros (hipsters), suéter (hipster), pegote de rímel (hipster) y una hermana loca (y hipster).

Llegamos justo en el momento en el que el cantante salía al escenario. E inmediatamente nos pusimos a bailar. Cierto es que yo no me sé la gran mayoría de canciones. Que no recuerdo todos los cantantes, ni todos los grupos y mezclo canciones. Pero lo cierto es que Second me gusta mucho. El cantante tiene una voz muy muy dulce y las canciones se parecen a la poesía de esos autores que estudio con mis alumnos. O eso me digo yo. Así que estas, me las sé.

Es una sensación casi embriagadora, toda la sala gritando a la vez, saltando a la vez, coreando a la vez… Sintiéndose parte de algo único y mágico. Casi indescriptible.

Y ya me sentía yo perdida en medio de un océano, invisible y dejándome llevar cuando…
– Disimula. Pero hay un chico cinco personas más para allá que no para de girarse para mirarte.
– ¡Qué dices loca!
– Es muy guapo.
– Que no, que no, es el efecto oscuridad. No me líes.

Y yo seguía cantando, saltando, bailando y dejándome llevar. Invisible. Pero no podía evitar de vez en cuando mirar a la izquierda…

– No te gires, no te gires, no te gires… Pero creo que el chico guapo viene a hablar contigo.
– ¡No te oigo! ¿Qué dices?
– ¡Sonríe!
– ¡Hola! ¡Me llamo Javier!

Javier y siento una descarga en la espalda producida por unos ojos azules. Y me quedo muda. Pero entonces me salvan unos acordes de guitarra. Imposibles de ignorar. Mi favorita. Y él levanta los brazos conmigo. Y dice la canción que hay alguien allá arriba que lo está pasando en grande con lo que pasa conmigo. Que te pone en mi camino cuando no estoy preparado. Que me envía las señales pero luego las esconde. Que me siento al nivel de un inexperto cuando tú desde lejos, me observas distante. Que cuando voy a un concierto cualquiera, las letras se me clavan en la espina. Así que yo pienso que ese maldito cantante ha debido de espiarme o quizás ha hablado de más con un hombre alado sin sexo. Que tengo un nudo en la garganta…

Y ahí está él. Saltando, gritando y bailando conmigo. Amanece y cuando abro los ojos me asalta el recuerdo de Javier. Porque tenía los ojos azules más bonitos que se han cruzado con los míos en mucho, mucho tiempo. Pero yo, en Nivel Inexperto, nada pude hacer salvo sonreír.

JHYUIK

Aventureros

TE - Personajes Aventura

Para este relato se elegirán tres personajes.Tendréis que describirlos a través de una Ficha (nombre del personaje, profesión y rasgo característico). Será uno de ellos quien será protagonista de la historia, los otros dos serán secundarios, pero es obligatorio que aparezcan también.

El relato, de extensión máxima de dos caras de folio, tendrá que tener un narrador en 1ª persona y comenzará de la siguiente forma:

Yo no sé qué hago aquí. Si yo siempre he sido más de (libros). Si lo más lejos que he llegado en toda mi vida ha sido… Ha sido… Ha sido… Pues no creo que haya sido muy lejos. Y ahora me dicen que vamos a buscar el (códice). Ese del que hablan todos los (libros polvorientos y amontonados) a lo largo de las (estanterías infinitas) de mi (biblioteca).

Recordad: si el escritor disfruta escribiendo, ¡el lector disfrutará leyendo!
¡Feliz escritura!

¡Corre!

Cordones. Cascos. Llaves. Escaleras. Calle. Estira… ¡Corre!

Hace unos años decidió empezar a moverse, pasaba demasiadas horas sentada estudiando y pensó que sería bueno. Ella siempre tan racional. Aunque cierto es que jamás se rigió por normas demasiado estrictas, ni dietas demasiado severas, ni siquiera estaba obsesionada por la operaciones bikini de turno. Sólo quería despejarse un poco en realidad, porque lo cierto es que nunca fue competitiva.

De hecho, en más de una ocasión le han comentado que no pensaban que aquello fuera a durar tanto. Un capricho pasajero, decían. Al igual que pensaban que nunca encontraría el ‘juego’ adecuado. Porque mira que probó cosas extrañas. En equipo y sola. Con vistas y sin vistas. En seco y en mojado. En aeróbico y anaeróbico. La cosa estaba difícil. Hasta que un día acompañó a alguien a correr y se sintió cómoda.

Desde entonces cada segundo que arañaba al crono se convertía en una pequeña victoria, una que nadie conocía, una que a nadie le importaba, pero que irremediablemente era su pequeña victoria semanal (o mensual). El ritmo alto y el pulso acelerado le hacían sentir que su corazón estaba lleno de vida. Y casi casi esperaba ese momento diario de soledad, de descanso, de calma, donde detrás de un paso… Venía otro. Detrás de un paso… Venía otro. Detrás de un paso… Venía otro.

***

Hoy se ha puesto las zapatillas y ha salido a correr, como todos los días. Pero ha forzado un poco más. Sus músculos han querido ir un poco más fuerte, más lejos, más rápido. La respiración demasiado agitada, los latidos demasiado inquietos. Y algo no iba bien. Hacía calor, pero sentía frío. Un frío que calaba hasta los huesos. El aire se negaba a entrar en sus pulmones y ha frenado casi en seco. Garganta seca, latidos en las sienes y un dolor incisivo en el costado que le ha arrancado lágrimas que quemaban en las mejillas.

Y entonces, se ha dado cuenta: no corría, estaba huyendo. Pero sin saber de qué.

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Back to London

IMG-20160403-WA0015Gloria, ¿y cómo se dice en inglés… ? Gloria, ¿y cuánto cuesta…? Gloria, ¿y cuántos euros son…?¡Gloria una foto! Gloria, es que soy alérgica. Gloria, mi DNI está en la maleta y la acabo de facturar. Gloria, los ingleses le ponen mantequilla a todo. Gloria, ¿los pendientes pitarán en el arco? 

Hay veces en las que nos embarcamos en aventuras que no sabemos dónde nos llevarán. Que enseñan cosas que ni siquiera sospechamos. Que nos descubren cosas que no sabíamos de los demás o de nosotros mismos. Que nos sorprenden.

‘¿Qué me va a enseñar Inglaterra a estas alturas?’ Supongo que ese fue el tímido pensamiento que cruzó mi mente en algún momento desde que me dijeron que compraban un billete para mí. Así que me dediqué a estudiar el plan establecido, nombres y apellidos de mis niños, las actividades que viviríamos, las rutas, los pueblos a visitar… Olvidándome de que las mejores aventuras no se pueden planificar. Ni intuir. Ni prevenir. Y que sólo así son únicas. Y sólo ahora sé cantidad de cosas que aún tengo que aprender.

La verdad es que si destacara un sentimiento de este viaje sería el de guía. He tenido la enorme suerte de viajar y disfrutar viajando. Para la mayoría de ellos era la primera vez. Yo conozco Inglaterra, aunque sea un poquito. Y eso me da ventaja. Esperad, que la foto bonita está a la vuelta de la esquina. Mirad allí,  ¿lo veis? ¡Cuidado con los coches, que vienen por el otro lado! Sed prudentes en casa. Aprended. Disfrutad. Y todo esto mientras… ¡No os mováis: 22, 23, 24, estamos todos!

Los consejos se sucedían y me parecían pocos. Queríamos que fuera un viaje inolvidable, que lo pasaran bien, que aprendieran a viajar, a ver, a escuchar. Han vuelto felices. Felices y hambrientos, todo hay que decirlo. Pero el balance es positivo en general. En particular, bueno, ningún mar en calma hizo experto marinero, que dicen. Así que para ellos y para mí… Ha sido un buen viaje. Uno que ninguno olvidará, que es de lo que se trata. Gracias por darme la oportunidad de vivir este viaje, gracias por este regalo, gracias por ese billete, gracias por esa sonrisa y gracias por mi compañero de viaje, sin el que esta aventura… No hubiera sido lo mismo. Porque, aunque parecía imposible, he vuelto con la mochila más cargada.

¿Y qué veremos? ¿Y qué vamos a visitar? ¿Y cómo es? ¿Y qué es lo que más te gusta a ti?DSC_1122

Viviréis con una familia distinta a la vuestra. Conoceréis otras costumbres. Hasta os habituaréis a beber leche que sabrá distinto y tendréis que ponerle mantequilla al pan. Es diferente. Pero es un diferente bueno. Aunque ahora no os deis cuenta creceréis, porque aquel que viaja es un poquito más sabio cuando regresa.

¿A mí? A mí me gusta todo, pero lo que más me gusta es perderme en esta ciudad enorme sabiendo que nunca estaré sola. Respirar en esta ciudad que tan bien me conoce, que guía mis pasos, que me enseña sin querer. Una ciudad que ya es vieja amiga. Que me ha visto crecer. Que siempre tiene un momento de tregua para mí en sus cielos grises. Que siempre me calma. Que siempre encuentra las respuestas que he perdido. Que siempre echo de menos. Que siempre, siempre… Me espera.

I. La extraña invitación

Es viernes y está nublado. La chica no se encuentra del todo bien, el frío se le ha metido en los huesos y aunque no lo quiera reconocer, puede que se esté resfriando. Ella y su manía de no tomarse nada. La chica de hierro le llaman. Pero quizás sólo sea cabezonería suya. Esa creada por culpa sus dos hermanas farmacéuticas.

Se siente un poco mareada como si un gigante hubiera agitado una de esas bolas de cristal donde siempre es invierno. Entra en el portal y se enfrenta a los cinco pisos sin ascensor. Es lo que tiene vivir en el centro. Gira la llave y escucha el murmullo de la radio. Sólo la apaga por las noches. Echa un vistazo al correo mientras se va desprendiendo de su kilométrica y asfixiante bufanda: extractos del banco. Facturas. Publicidad. La piscina. Y de pronto, un sobre.

Ese tipo de sobre y un horrible presentimiento.

Ya debería haberse acostumbrado a ellos. Varias de sus amigas se han ido casando estos últimos años. Lo abre como si fuera una bomba. La caligrafía es cursiva. De trazo grueso, preciosa. Como una imprenta del XVI.

Que sea una invitación a una cacería con Felipe II o a algún acto de la Facultad, piensa. Que sea una invitación a una cacería con Felipe II o algún acto de la Facultad. Que sea una invitación a una cacería con Felipe II… Apuesta consigo misma y se inclina por lo segundo, aunque nunca se sabe. Se atreve a mirar el remitente.

Ojalá fuera Felipe.

Observa más detenidamente el tarjetón. Ese papel grueso, crudo. La poca luz del recibidor le da un toque aún más elegante. Más impecable. Lee… Y al levantar los ojos el espejo le devuelve la mirada.

– Tendré que buscar vestido.

Aunque en realidad sabe que lo que tendrá que preparar será el corazón.

Aquí también es 21 de febrero

Hoy es tu cumpleaños, aunque no voy a felicitarte.

A estas alturas, ¿te sorprende que me acuerde? Supongo que sentirás una mezcla de nervios e ilusión. Quizás algo de desespero por no saber si me dejaré caer por tu ‘gran’ fiesta. Esa a la que me has invitado por si me apetece pasarme por aquí. Esa que seguro has montado porque un día es un día, como siempre dices. ¿Cuántas veces te has preguntado hoy si me acordaré? No mientas. Han sido unas cuantas, confiesa. Te conozco lo suficiente. Como también es cierto que tú también me conoces lo suficiente como para saber que nunca olvido una fecha. Y eso que aquí, tú siempre fuiste el profe de Historia y que además sabes que yo nunca les pido a mis alumnos que recuerden las fechas exactas de publicación de libros, de comienzo de periodos literarios, de efemérides varias de escritores varios… Porque yo soy la primera incapaz de recordarlos. Ya sabes: de letras, no de números.

Hoy es tu cumpleaños. Y no sé si te sorprenderás de que no te felicite.

A estas alturas igual piensas que me he olvidado. Pero supongo que es más un no quiero recordarlo. Y a fuerza de no recordarlo quizás te olvide a ti también. Aunque lo más probable sea que ya te hayas olvidado tú de mí. En el fondo sólo fui una más, ¿verdad?

Hoy es tu cumpleaños. Y qué difícil es todo.

A estas alturas, ¿por qué no podríamos simplemente vernos? ¿Dejar la cabeza y el corazón en un lugar ajeno a todo? Sonreír sin más y saber del otro. Igual deberíamos intentarlo. No será que no hemos probado de todo. La verdad es que siento que no pasaría nada, que te miraría a los ojos y te vería, con todo lo bueno y todo lo malo. Con tu eterna serenidad iluminando tu mirada. Con esa sonrisa que iluminaba las noches más oscuras de por aquí. Con una palabra bonita preparada para ser disparada. De esa munición, chico de las guerras, entendías demasiado. Asomaban a tus labios y yo temblaba. ¿Te acuerdas? No importaba cómo fuera realmente, podía ser una palabra cualquiera, una palabra inquieta, una palabra romántica, una palabra irónica, o quizás aturdida, despistada… Todas causaban el mismo efecto en mí si eran tuyas.

Por eso ahora, la ausencia de palabras te lo dirá todo de mí. Por eso ahora, ya no las busco, no porque no quiera encontrarlas, no porque les tenga miedo o tema mi reacción. No. No las busco porque ya no me dirían nada. Nada que no supiera, nada que quiera saber.

Hoy es tu cumpleaños y créeme…

…si te digo que espero que estés bien, que empieces uno de tus mejores años de vida. No tendría motivos para desear lo contrario. Quisiera pensar que tú tampoco. Pero no voy a felicitarte. Ya no estamos juntos aunque siempre lo estaremos. Curioso, ¿eh? No voy a felicitarte porque ya no te espero aquí. Porque ya no no estamos aquí. Porque ya no existe el aquí. Porque te encargaste de que no quedara nada por aquí.

Pero sea donde sea ahora mismo tu aquí… Espero que seas feliz. Y que por primera vez no te olvides de pedir un deseo.

HB

Eco

Esta historia empezó con un acorde de guitarra. Un sol, para ser exacta. En un concierto al que no pensaba ir. Sacamos las entradas sólo un día antes. Y si bien no me sabía las letras, me arriesgué, poco había escuchado, pero en su mayoría no me disgustaba.

Esta me golpeó. Metafóricamente claro. Era incapaz de parar de bailar y moverme al compás de esas notas que no había escuchado antes. De dar palmas, de mimar aquellas palabras, de querer que no parara en toda la noche. La comparto, porque aquella promesa de compartir todo lo que me gusta, me conmueve, me hace sentir viva.

27 años de soledad, edad de recapacitar, citarme con cualquiera era suficiente la verdad. Dadme paz que pido guerra, he raptado a una sirena enamorada del viento entonces mereció la pena. Eco, he cosido en mi cabeza besos, esos que se dan sin preguntar, sin miedo, he dormido lunas de cristal y me recuerdo cuerdo y a la vez loco de atar. Sin miedo…

He cogido la maleta, camisetas, pantalon y un jersey por si refresca
He contado las palabras que me faltan por cantar, y aún olvido alguna letra
He comprado mi billete con destino por fijar y dejé la vuelta abierta
He corrido demasiado y ahora no puedo parar, y mi voz rebota contra el mar.

Esta vez en vez de disparar parare el mundo en seco. Se comenta por el parque que todo me empieza a dar igual, igual me escapo a otro lugar garganta y voz a cuestas, estas avisada guapa paga tu que yo me marcho sin pagar…

Por ese junio de Mujeres de verde.

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Dormían

Allá en el fondo dormían. Dormían todas las palabras que nunca dije. Dormían las que no supe decir y esperaban su turno. Dormía la pena, la risa, el llanto. Allá en el fondo… Dormía también yo.

La chica se armó de valor. Horas después no sabe aún de dónde pudo haberlo sacado.

– Mamá. Necesito hablar contigo. Necesito que me entiendas pero no necesito que me des la razón. Sólo escúchame.
– Claro que sí. Dime cariño.

Y como siempre, su madre escuchó paciente. Así que ella consiguió desgranar los años de sentimientos amargos. De sentirse sombra. De sentirse demasiado del medio. De sentir que no hacía nada bien. Que cualquier paso era observado, medido y frenado. Incapaz de tomar decisiones. Sintiendo que tropezaba y tropezaba una y otra vez. Sintiendo que no era suficiente. Que por más que se esforzaba, estudiaba, trabajaba, ayudaba, callaba, cumplía y cedía… Nunca era suficiente. Siempre había quien se dedicaba a rebajar, dudar, criticar. Quien se empeñaba en oscurecer, en ignorar, en menospreciar.

Salió todo de golpe. Apenas sin respiraciones. Porque no hubiera sido capaz de hacerlo de otra forma. Y al terminar… Explotó en llanto. Lloró todas esas veces que había sido fuerte y había mirado hacia otro lado cuando dolía. Entonces, su madre, sin saber qué decir la abrazó.

Y después de tanto tiempo de silencio… Se sintió más libre. Más en paz. Y supo que a partir de entonces todo sería diferente.

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Luz

Hoy ha sido un día especial. De esos en los que respiras un poco y te paras a reflexionar, a ver, a sentir lo que sucede alrededor. Qué poco se necesita, ¿verdad? Son esos momentos que me sirven para llenarme, para sentirme parte, y por qué no, para sentirme viva, para sentir que sí, que de verdad mi corazón palpita bajo capas y capas de piel.

Mirar a mis compañeros y saber que estamos juntos, que luchamos en la misma dirección y que esa dirección es la que quiero. Y por supuesto, que hay alguien que nos guía, que lleva mucho tiempo guiando, que no nos dejará apagarnos. Qué sencillo, pensarán. Pues no, no lo es. Sentirse seguro, sentirse querido, no es fácil.

Se han ido encendiendo unas pequeñas luces a mi alrededor. Luces a las que en la oscuridad podré acercarme, estoy segura. Y… Entre mis manos también había una luz.

Luz para iluminar, para guiar, para enseñar. Como me iluminan, me guían y enseñan a mí.

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Ser sol

– Me gusta la gente que sabe ser sol…

¡No Irene! ¡Ahora no! La miraron extrañados. Claro. Todos pensaron que era otra de esas frases extrañas que decía al azar, con la mirada un tanto perdida en un punto indeterminado del horizonte. Una de esas frases que normalmente no significaban nada para nadie más que para ella misma. Flashes tremendos. Una irenada en toda regla. Mira que le tengo dicho que esas reflexiones, cuando estamos todos es difícil que lleguen a buen puerto.

Pero yo, que soy muy observadora sabía que detrás de esa irenada, había algo, así que cuando salimos a la calle la busqué con la mirada y hablé con ella.

– ¿Gente sol?
– Sí. Gente sol.
– Pero, ¿cómo sol? Irene, explica.
– ¿Qué te voy a explicar que no sepas? ¿Aquí la profe no eres tú? La gente sol sabe iluminar y dar calor. La gente sol siempre está aunque no la veas. La gente sol que aparece cuando la vida está nublada… Sí. La gente sol. Gente sol. De esa que no hay mucha.
– No, no hay mucha gente sol, cierto. Pero, ¿sabes qué? Que hay más de un tipo de sol.
– ¿Tipos? ¿Cómo más de un tipo? Gloria, explica.
– Hay soles que iluminan. Hay soles que actúan. Hay soles eclipsados. Hay soles que ciegan. Hay soles que curan. Hay soles que queman. Hay soles que secan. Hay soles que cicatrizan. Hay soles a media noche… Y no todos necesitamos el mismo sol. Ahora mismo yo necesito un sol tibio, de esos de principios de marzo, que bañe mi piel y me diga que todo irá bien, que me reconforte y me abrace sin quemarme. Dulce. Suave. Como un sol de invierno. Sí, exacto, como un sol de invierno, el más difícil de todos, creo.
– Tú y tus metáforas… Ya sabía yo que al final me ibas a dar la lección tú a mí.

Es un leve parpadeo, pero yo los he visto, los he recordado. Aparecen unos ojos que me sonríen. Alguien que aún sin saberlo tiene mucho de sol para mí. Y durante un instante siento algo más de calor en este frío invierno. Sonrío.

– ¿Sabes qué, Irene? Que a mí también me gusta la gente sol.

Gloria

Como el de tus ojos

– Nunca olvidaré a la chica imposible de olvidar.

Son ocho. Ocho palabras. Ni una más ni una menos. Ocho. Y te quedas ahí plantado. Mirándome. Esperando que diga algo.

¿Qué quieres que te diga? ¿Que yo tampoco te he olvidado? Si eso ya lo sabes. Sabes que desde hace un tiempo te veo en cualquier sitio, te oigo en todas las conversaciones y tu nombre aparece siempre sin pedir permiso.

¿Que mis mañanas todavía saben a tu café? Sí, tu café, el café de tus ojos. Ese café con el que me despertaba mañana sí, mañana también. ¿O quizás querías escuchar que nadie me ha besado de verdad desde la última vez que me besaste tú? No te extrañes, porque en eso te aseguro que tenemos algo así como un récord.

No puedo decirte nada porque tú ya lo sabes todo. Y juegas con eso. No puedo decirte nada porque eres un extraño. Y cuando dos extraños se encuentran por primera vez sus ojos mienten y sus palabras suenan vacías. Tu piel, tus manos, tu sonrisa, tu mirada… Todo es igual, pero nada es igual. Eres tú, pero no eres tú. No puedo decirte nada porque no quiero decirte nada.

¿Te acuerdas cuando te dije por primera vez que tus ojos eran como el café? Me preguntaste porqué pensaba eso. Te contesté sin pensar y me salió del alma: ‘Porque estoy segura de que sería capaz de pasarme la noche despierta mirándolos hora tras hora’. ¿Te acuerdas? Eso fue lo que te dije. Sigo creyéndolo, es cierto, pero es que ya no quiero.

Y puede que tengas razón. Que los dos seamos inolvidables. Juntos y por separado. Que querer olvidar sea inútil. Que mi piel te guarde en cada caricia. Que mi corazón te reserve un rincón un tanto alejado. Que mis labios no puedan desaprender tus besos. Que mis ojos sigan ahogándose en los tuyos irremediablemente… Pero ya basta.

Invento algo, mentirte ahora se me da mucho mejor:

– Perdona, es que he quedado para tomar un café con…

Vaya. Café. Como el de tus ojos.

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Y entiendes…

Entiendes por qué sí y por qué no. Entiendes que hayas llegado hasta aquí. Entiendes que sólo quieras disfrutar y dejarte llevar pero que quieras hacerlo con cabeza. Y con corazón. Entiendes que estés cansada. Entiendes que te dé por reírte sin motivo aparente y llorar recordando sin querer.

Entiendes también tu eterna tristería. Entiendes que desde hace un tiempo prefieras el atardecer al amanecer. Entiendes que busques en lugares nuevos nuevas historias. Entiendes que no puedas soportarlo más y huyas, aunque curiosamente huyas al epicentro del dolor. Entiendes tus deseos de gritarle al mundo lo que sientes. Pero flojito, no vaya a molestar a alguien. Y los deseos de brindar por el ayer que no nos gustó, por el hoy que vivimos, por el mañana que aún es promesa.

Entiendes… Y te das una tregua. Porque no puedes más. Porque llevas corriendo demasiado tiempo. Porque quieres volver… Volver… Volver.

Volver a sentir. A ilusionarte. A emocionarte. A sonreír. A sorprender y a sorprenderte. A mirar. A escuchar. A entender…

Y aguantas la respiración porque durante una fracción de segundo todo es perfecto en su imperfección: los colores del atardecer invernal, el murmullo del agua del estanque, los latidos agitados de tu corazón… Y reconoces ese momento con sabor a único, con sabor a eterno.

 

Time to…

Ha sido imperceptible para el resto. ¿Quién iba a sospechar de alguien que en un gesto desenfadado mete las manos en los bolsillos de la chaqueta? Estaba sonriendo y nadie ha percibido el cambio. Porque ha seguido sonriendo, por supuesto. Sólo ese brillo en sus ojos. Ese quiebro imperceptible en su voz. Esa mirada profunda de esos ojos verdes y esa mandíbula apretaba… Que nadie, salvo yo, que la conozco bien, ha vislumbrado en ella.

Respira y cierra los ojos. Se siente serena, tranquila, fuerte.

Se sacude la arena de las manos y decidida, cierra la puerta.

Time to…

Como el cristal

Últimamente se preguntaba muchas cosas. A sí misma y a los demás. Y tras respuestas evasivas, desafortunadas o mudas, se dio cuenta de que preguntar es molesto. Que mejor dejar las cosas como están. Que a veces la gente no tiene respuestas o se conforman con mirar hacia otro lado y hacer como que no han escuchado. Esto último le duele porque ella siempre intentó responder y ser sincera por mucho que costara, por muchos secretos desvelados, por muchas opiniones que debió guardarse… Ella fue, ante todo, transparente. Ahora piensa que tal vez habría sido mejor haberse mordido la lengua. Pero lo cierto es que en algún momento pensó que ir a corazón descubierto era buena idea. Pero la forma más cruel ha aprendido una sabia lección: cuando pones el corazón en algo, te lo pueden romper.

Darse cuenta de que las personas en las que confiaba no eran como pensaba, era duro. Darse cuenta de que las personas en las que creía no eran como pensaba, era duro. Darse cuenta de que las personas que la rodeaban no eran como pensaba, era duro. Pero darse cuenta de que ya no estaban ni volverán a estar… No es tan duro, es curioso. Ahora acepta calmada los vaivenes del tiempo. Sabe que no volverán. Ya no.

Durante mucho tiempo fue una valiente estúpida y guardó el secreto. Pensaba que el peor lugar del mundo para esconder un secreto es otro ser humano. Pero lo cierto es que esos lugares eran los seres humanos en los que ella escond-ía, cre-ía y confia-ba.

Lo cierto es que aunque dentro está lloviendo… Ella sabe que ya ha empezado a elegir mejor.

Vuelta al cole

Este año he vivido una experiencia del todo nueva para mí: he vivido una vuelta al cole de verdad. Mi primera vuelta al cole en esta edad adulta que dicen que vivo empezó un 30 de septiembre y mis alumnos ya estaban calmados y felices. La segunda, debo reconocer, fue un auténtico desastre, un 3 de septiembre del todo impersonal y vacío, quién lo hubiera pensado, ¿verdad? Lo cierto es que para una persona como yo, que observa, reflexiona y piensa demasiado… Fue abrumadora y desalentadora. Este año, sin embargo, ha sido diferente porque este año he vivido una vuelta al cole muy especial. Y lo cierto es que para una persona como yo, que observa, reflexiona y piensa demasiado… Ha sido maravillosa.

He visto y participado en ese cariño desde el que se enseña en mi colegio, ese ofrecimiento, ese compañerismo y ese ‘saber hacer’ que tanto persigo. La verdad es que estoy nerviosa. Tengo un miedo, vago pero miedo, a no estar a la altura. Y es que la enseñanza es una profesión tan apasionante como difícil y a veces me da por intentar cambiar en el mercado negro alguno de mis títulos por unos cuantos años de experiencia.

Esta mañana han aparecido los adolescentes hormonados hasta las cejas, aunque por mucha hormona asomándose, yo los he visto felices e ilusionados. Y no ha ido mal del todo. Ayer fue diferente: hubo lloros, gritos de alegría y también muchísimas sonrisas y abrazos. Y no sé muy bien cómo pero acabé, entre otras cosas, guiando a los niños de 4 años al patio. Breve pero intenso para mí.

Y es que a mí, las hormiguitas me daban un miedo terrible, no sabía qué hacer con ellas, me ponía a temblar cada vez que una amiga o un familiar me decía: ‘¿te importa cogerla?’, ¿échale una miradita, quieres?, ‘¿puedes quedarte con ellos un segundo?’. Lo prometo, yo rezaba para que no se pusieran a llorar, se abrieran la cabeza o fueran abducidos por extraterrestres en ausencia de madre… Y de repente tenía a una de estas hormiguitas cogida a mi mano y toda una fila detrás mirándome. Todos han empezado a contarme lo que llevaban en sus mochilas de Spiderman y lo contentos que estaban de venir al cole… Para ser sincera, en realidad a esto he ayudado yo, intentando tranquilizarles, y decirles que les habían preparado una sorpresa muy muy especial. Las hormiguitas me han escuchado, porque las hormiguitas sí escuchan, y claro, no podían esperar. Los tenía a todos queriendo colarse por los huecos que dejaba la gente. Perfecto, lo más importante era que no se giraran y vieran a los de 3 años berrear porque no querían entrar en su aula. Que no se contagien, que no se contagien, que no se contagien… Porque es verdad lo que dicen: vienen llorando y llorando se van.

Y yo, que hace unos años de niñera tenía poco… Al sentir esa manita cálida y confiada, al ver esos ojitos que me decían que ya eran unas mujercitas valientes que no lloraban por ir al cole, no he podido evitar sentir cierta responsabilidad, cierto orgullo de que aunque sea en una parte muy pequeña de su educación, casi un arañazo al tiempo, en el que no recordarán mucho de lo que les expliquemos, al igual que ninguno hicimos, pero aprenderán de nosotros, al igual que todos hicimos.

Así ha empezado el curso para mí. Con la mochila bien cargada de ilusión por ofrecer mi mejor versión. A nivel profesional y a nivel personal. Porque hay mucho de nosotros en cada clase que impartimos. Y ya sé que habrá altibajos, habrá días en los que me estalle la cabeza, habrá días buenos y días no tan buenos. Días en los que parezca que todo sale bien y otros, en los que desearé que exista en la nueva ley un punto 12.1.9 Apartado 15 Párrafo 2 que me de la OPCIÓN de tirarlos uno a uno por la ventana… Aún así, quiero vivirlos todos. Aún así, merecerá la alegría, que no la pena, vivirlos todos.

Feliz curso a todos. Os deseo uno de esos en los que se crece y se hace crecer…

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Querido Septiembre:

Hoy empiezas, Septiembre.Y Septiembre, tú sabes que eres un mes muy especial para mí. Eres el mes de los principios, si es que podemos hablar de principios, de finales, o siquiera de en medios. Con el tiempo he aprendido que nada empieza y nada acaba. Que simplemente… Es. Y que no podemos poner límites al tiempo, sólo vivirlo.

Pensé esto hace unos días, cuando me di cuenta de que algo importante en mi vida no tenía la fecha que todos creían, ese lapso que todos vaticinaban, que todos sabían a la perfección: esto empezó tal día y acabó tal día… No era cierto. No me entiendes, lo sé. Disculpa el embrollo Septiembre, será la resaca del ayer.

Pero sí es verdad que si pudiéramos salir de nuestra mismedad (algo que siempre he deseado, verme desde fuera y decirme a mí misma, ai rubita…) y analizar nuestras acciones, veríamos que las personas, los momentos, las acciones que hoy nos definen, que hoy nos rodean, llevaban planeando por nuestra vida mucho tiempo antes de que nos diéramos cuenta: una compañera de instituto, un chico en un semáforo, un profesor en una tienda de libros. ¿Existen los principios? Claro que existen.

Hoy, yo misma, he empezado un nuevo curso, ¿sabes Septiembre? Y ciertamente parecerá un principio. Pero mi carrera empezó hace mucho. El momento exacto en el que decidí, de corazón, pero no de palabra, que sería profesora. En ese momento ni siquiera sabía que aquello sería el principio de mi vida, aunque se empeñara en guiarme un poco… A lo disléxico. O yo me empeñara en no seguir las señales y andar campo a través. Es curioso, ¿verdad?

Me gustaría poder gritar que hoy también es principio para una chica feliz, luchadora, renovada. Pero es que esa chica lleva viviendo en mí mucho tiempo. Y yo la he visto tomar decisiones, sonreír en los momentos más duros y cambiar, mejorar.

Hoy sólo voy a confiar en ti, Septiembre. Y en la vida, que se encarga de poner las cosas en su lugar. Día a día. Como esos que espero vivir a partir de ahora. Sin prisas, disfrutando del paisaje, y de ti, Septiembre.

Y sí, es cierto, hoy tengo un inequívoco sabor amargo en el alma, ese que conozco bien aunque no quiera, que me araña algunas lágrimas, algunos latidos, que me tuerce algunas sonrisas. Y aún así,  bienvenido, Septiembre, porque sé que traes muchas cosas buenas escondidas en tus días, perdidas en tus segundos, en tus amaneceres y en tus atardeceres, sé que escondes aún días de playa, tardes de cine, terrazas de mediodía. Y lo sé porque también yo estoy escondida en tus hojas de otoño y tus últimos retazos de verano. Y los quiero. Así que nos entenderemos como siempre nos hemos entendido. Bienvenido Septiembre, porque sé que jamás me has fallado… Y que las mejores cosas de mi vida… No sucedieron en ti, es cierto, pero empezaron en ti.

Sé feliz, Septiembre. Y así, me harás feliz a mí.

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Cómo dejar de…

(Toc, toc)
Los golpes son suaves, como sin querer molestar, como si quisieran de verdad ser dados pero evitaran ser escuchados.

– ¿Sí?
– Sólo venía a…
– ¿Sí?
– Pues venía a… En realidad no lo sé, no esperaba que estuvieras, ni que abrieras. Supuse que volvería por donde he venido, así que…
– ¿Así que…?

Mantienen la mirada unos instantes, por los que pasan años. Por los que pasan recuerdos, sonrisas, momentos, lágrimas, carreras, trenes, playas, estrellas, besos, peleas, gestos, caricias.

– Adelante, perdona el desastre, no esperaba visita.
– Cuánto tiempo.
– Sí. Han pasado años ya. ¿Cómo estás
– Bien, bien, la vida me trata bien. ¿Y tú, cómo va todo?
– Ya sabes, liada, mil cosas entre manos siempre.Son dos completos desconocidos con muchos recuerdos en común. Muchos.- ¿Te gustaría que eso cambiara?
– Pues no lo sé.
– No, no lo sé. No esperaba ya que vinieras, ni que llamaras a la puerta. Supuse que debía rehacer mi vida, así que…

Pero en ese momento apartas la mirada y recuerdas. Una playa, un mes de abril, una conversación importante. Un chico helado con los pies llenos de arena. Un paso adelante que sólo tú percibiste. Un beso que no se dio con los labios…

– ¿Así que…?

Me pregunto, y es una tontería, lo sé, pero  me pregunto ¿cómo dejar de querer lo que un día empecé a querer sin querer?

De menos.

– Que echaría de menos hablar contigo.
– No lo dices en serio. ¿De verdad? ¿Es eso lo que jamás te hubieras imaginado hace unos meses?
– Me prometiste que nunca te echaría de menos.
– ¿Y no lo he cumplido? Estoy aquí.
– Sí, sí estás aquí. Pero, ¿estás de verdad? Si estuvieras para mí no echaría de menos hablar contigo. Simplemente hablar. De las cosas de la vida. Y echo de menos hablar contigo. De todo, de nada, de mis clases, de mis sueños, de mis retos, de mis miedos, de mí. Estás tú, sí. Tus todos, tus nadas, tus clases, tus sueños, tus retos, tus miedos. Pero yo no estoy.
– ¿Y qué hacemos?
– Yo nada. Yo no estoy. Yo no estaré. Estoy de más.

El día de la audición

El día de la audición estaba más que nerviosa. Porque lo cierto es que ella es teórica. Los intervalos se le dan de miedo y las tonalidades, aunque costaron, otro tanto. Lo de los dictados empieza a fallar y las clases de flauta… Bueno, ya se sabe. Tres horas por cada una y el problema es el tiempo. Tac… Tac… Tac… Tac… Como bien marca el metrónomo. Ese tiempo que no tiene ni para estudiar, ni para ensayar ni para ser.

El día de la primera audición le temblaba todo. Incapaz de sacar una escala completa, se dejó vencer por el nerviosismo y dejó de tocar. Subiría, saludaría y volvería a bajar. Así se le pasó el susto.

Y cuando escuchó su nombre, alto y claro, se levantó, subió al escenario y se armó de valor. Se había engañado a sí misma, y no había ido nada mal. Puso la partitura en el atril. Estaba a punto de hacerlo, respiró profundamente y empezó a interpretar la melodía. Alargó la última nota tal y como le había dicho su profesor y se saltó el da Capo a propósito. Sonrió. Saludó. Recogió la partitura y bajó del escenario.

No lo hizo bien. Claro que no. Lo sabía. Se acercó bastante, eso sí. Para lo poco que llevaba, todos decían, no iba desencaminada. Y ella sonreía. Una sonrisa sincera, verdadera, radiante. Lo había hecho fatal, pero no le importaba. No le importaba nada en absoluto. Lo que aquella chica había conseguido era incuestionable y ninguna nota lo podría valorar. Su profesor lo sabía y por eso se acercó a ella y le dijo algo que nunca olvidaría:

– Primera audición superada. Y lo mejor de todo es que como poco segurísimo, mejorará.

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Una vez…

Una vez conocí a una chica que decía que el mundo podía ser transparente. Una vez conocí a una chica que confiaba tanto en las personas como le gustaba que confiaran en ella. Una vez conocí a una chica que sólo quería ayudar. Una vez conocí a una chica que no quería hacerle daño a nadie porque sabía que la vida ya era lo suficientemente dura. Una vez conocí a una chica buena.

De buena que era nadie creía que su bondad no escondiera nada.

Una vez y casi de casualidad, entendí que todas sus lágrimas eran sinceras (las de alegría y las de tristeza), y aprendí a diferenciar cuando lloraba de las primeras y cuando de las segundas. Pero por desgracia no vivía en un mundo bueno, y también vi que su bondad caía golpe a golpe en una espiral de decepción que la dejaba sin habla durante un tiempo. Siempre la admiraré por su capacidad de levantarse y seguir sonriendo pese a todo. De levantarse e ignorar lo que sucedía alrededor. Lo que escuchaba, lo que le decían, lo que soñaba. Su vida, me dijo un día, se regía por una regla sencilla: “Sé exactamente igual a la persona noble y buena con la que te gustaría cruzarte alguna vez en tu vida.”

De noble que era nadie creía que su nobleza no escondiera nada.

Cansada de perder sin saber porqué, harta de no entender los motivos por los que no encontraba su lugar, triste por no ser capaz de seguir adelante, lo intentó una vez más. Sólo una vez más. Si los demás hubieran sabido que sería la última vez… Pero eso no se puede saber, claro. Y un día, de pronto, se dieron cuenta de que hacía mucho tiempo que la chica buena y noble no estaba. Día a día las cosas no cambian, pero es curioso como un día miramos atrás y todo ha cambiado.

¿Saben qué? Al final, fue la chica buena y noble quien se escondió.

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Y yo…

Me dejas sin aliento.
Me dejas sin saberlo.
Me dejas sin tenernos.
Me dejas…

Y yo… No quiero.

Queridos Reyes Magos,

813_mpSupongo que se habrán dado cuenta de que he apurado hasta el último momento para escribir mi carta. Quizás ya ni la esperaban. Pero nunca es tarde, ¿verdad? Y ustedes son magos… De todas formas, no se apuren, que no les va a costar mucho cumplir mi petición de última hora.

Este año he intentado ser buena. Que sí, que yo sé que lo saben. Intentarlo, lo he intentado. Pero ha habido veces en las que no he podido. En las que la situación, por más empeño que yo pusiera, no salía bien. Ha habido otras en las que he hecho daño a la gente que quiero, todas sin querer. Y ocasiones en las que por pura rabia e impotencia he debido lastimar a alguien. Sin embargo, yo sé que tendrán en cuenta cada una de las situaciones, cada uno de los empeños, cada una de las veces en las que también he sido buena.

He estado preguntándome desde hace muchos días qué es lo que iba a pedirles este año. Y me he inquietado al saber que no hay nada ya que pueda desear, que puedan concederme. Lo cierto es que era mucho más fácil cuando de niña pedía libros, muñecas o juegos de mesa. Debo reconocer que ahora lo cierto es que siempre espero que me sorprendan. Siempre espero que sepan qué necesito. Para eso son ustedes los magos… Y, además, yo me conformo con poco.

Debo agradecerles el detalle que tuvieron el año pasado conmigo porque me regalaron justo lo que pedí: Tiempo. Que yo sé que en aquello algo tuvieron que ver. Déjenme que les diga que acertaron como ningún otro año, (más que aquel del arco y las flechas, más que aquel de los patines en línea, y muchísimo más que aquel del batín fucsia) y no había tenido oportunidad de agradecérselo.

Espero este año poder averiguar qué es lo que me regalan, aunque no venga envuelto, aunque no llegue mañana antes del desayuno, aunque tarde un año en darme cuenta…

Cuídense mucho y abríguense esta noche, será fría y larga.

Un abrazo enorme,
Gloria.

Caos ordenado

Últimamente no tengo mucho tiempo. Qué sorpresa, ¿verdad? No importa que sea Navidad, sin saber cómo siempre me encuentro con mil cosas que hacer. Y si no, me las invento, que diría mi abuela. Eso significa que sigue habiendo días en los que ni siquiera voy a comer a casa, que llego tarde y que no hay respiro para hacer siesta. Eso significa que hay días en los que cuando me acuesto, a penas sí puedo murmurar un buenas noches antes de dormirme. Eso significa también que no tengo tiempo para dejar las cosas en su sito y mantener a ralla el polvo de mi habitación.

Si en alguna de mis conversaciones llega a salir el tema, todos me miran incrédulos, incapaces de concebir que una chica como yo tenga la habitación desordenada. Pues sí, oye, la tengo, qué le voy a hacer. Nadie es perfecto. Aún así ellos, siguen: A saber lo que llamas tú desorden. Pues… Desorden, desorden es desorden.

Mi desorden consiste en libros de consulta sobre la cama. Exámenes, listas de alumnos y redacciones a medio corregir esparcidos por mi mesa. Bolígrafos, cables y libros de lectura en precario equilibrio en la mesita de noche. Bufandas, guantes y jerséis dejados caer sobre la silla. Papeles por el suelo. Y más papeles.  Y muchos más papeles. Angustia. Desorden. Caos.

Pero no se crean, que yo siempre encuentro lo que necesito. Que cuando salgo de casa y hago recuento lo tengo todo en el bolso, los bolsillos o en la cabeza… Una vez alguien me dijo que nuestra habitación, nuestra casa, nuestro espacio de trabajo, es un reflejo de nosotros mismos. De cómo somos, de cómo nos encontramos, de cómo nos sentimos. Antes mi habitación daba envidia a esas habitaciones de los catálogos, monocromáticas, pulcras e imposibles de desordenar. Donde todo está donde debe estar, donde ni siquiera gozas respirar y para qué intentar vivir, porque todo el mundo sabe que vivir desordena. Pero eso era antes. Desde hace unos meses yo vivo en un caos. Y puede que yo misma sea un caos. Igual mi vida siempre ha sido un caos ordenado y yo no lo sabía o no me di cuenta. Igual es que tengo que vivir en un caos ordenado durante un tiempo para que todo encaje desordenadamente y en algún momento tenga sentido.

¿Saben qué? Que no he podido ordenarlo en quince días y ahora la velocidad que estoy a punto de coger me va a impedir ordenarlo. Conviviré con este caos una temporada más. Y seguro que al final le cogeré cariño. Es que… Es mi caos ordenado.

Desde el principio

3288b7c48cfd1986e1842949a055cb90Ayer me preguntaron por qué la noche de Fin de año es especial. Por qué el deseo de medianoche del 31 de diciembre es especial. Por qué es importante que todo salga bien. Lo cierto es que no lo sé. Supongo que los seres humanos nos contagiamos de lo que vemos alrededor. Y no hay nada que se contagie más que el intento de ser feliz.

Con el paso de los años me he dado cuenta de que no me equivoco, han leído bien: el intento. Porque todos brindamos por la promesa de un año mejor, de una nueva oportunidad de hacerlo bien, de salvar los obstáculos impuestos, muchas veces, por nosotros mismos. Nos convencemos de que lo mejor está por llegar, de que podemos ser más felices… Un año tras otro, un año tras otro… Un año tras otro.

La verdad es que para mí no es algo tan especial. Desde hace un tiempo que pido deseos a medianoche. Estoy empezando a saltarme las reglas. Y busco, busco en las cicatrices de los  días ese segundo que no pertenece a nadie para pedir mi deseo a las estrellas. Claro. Sólo es uno, y siempre ha sido el mismo. ¿Y saben qué? Que los deseos se cumplen. Si voy a recordar 2014 por algo es por haber cumplido mi deseo.

Qué afortunada, pensarán. Nada más lejos de la realidad. Que los deseos se cumplan no significa que sepamos hacerlos realidad. Es curioso como, a veces, cerramos los ojos a lo evidente, a lo que deseamos en lo más profundo de nuestro corazón. Como nos conocemos tan poco. O al menos, ese es mi caso.

Anoche no fue una buena noche en casa. Fue un caos. Las cosas no salían como esperábamos y fuimos incapaces de ver el lado bueno, si es que lo había. Y esos treinta segundos, esa grieta del tiempo, fue una pesadilla. No estaba preparada… Y lo peor: fui incapaz de pedir mi deseo. No importa, pensarán, si según su teoría, todos los días… Pero no. Los principios son importantes. Y lo primero que he hecho este año ha sido tropezar. En serio. Literalmente. Menudo presagio, ¿verdad?

No soy supersticiosa, pero debo confesar que ahora tengo miedo. Por muchas cosas, además. Miedo de saber que en el fondo ya no puedo desear mi deseo. Miedo de que no sea un buen año. Miedo de no saber quién soy. Miedo de equivocarme, porque no sé cuántas oportunidades más me quedan. Miedo de estar haciendo lo incorrecto. Miedo de perderme un poco más. Miedo de que la promesa no se pueda cumplir. Miedo de que año que viene vuelva a brindar por un año mejor, incapaz de haber sabido disfrutar este. Miedo de no saber cómo hacer este inolvidable. Miedo, como siempre.

Y es que hay cosas que no cambian. Como que todas las historias comienzan por el principio. Así que hoy he despertado al amanecer, y desde el verdadero principio, con la ciudad dormida a mis pies,  escribo que ahora sí es un nuevo año. Que empieza donde yo quiero. Y empieza aquí, ahora. ¿Por qué no? Sigo sin estar preparada, porque la vida no avisa, pero cierro los ojos, cojo aire y deseo… Deseo, como siempre, que los míos se queden, que haya también nueva gente, nuevas alegrías, nuevos sueños, nuevos deseos, nuevos sentimientos, nuevos viajes, nuevos paseos, nuevos amaneceres, nuevas tristezas y, sobre todo, nuevas oportunidades. Deseo, desde mi principio, disfrutarlas todas. Porque este es el principio de lo que yo quiera. Y por encima de todo, deseo seguir creyendo que algo maravilloso está a punto de suceder…

Detalles

Si aprendí algo de mi abuelo fue esto:
– Ni siquiera el gesto más pequeño de amor pasa inadvertido. Somos lo que queremos y todo lo que se hace en una vida está condicionado por el amor… O por su ausencia.

Mi abuelo no fue universitario, ni bachiller, ni sabía muchas cosas de las que yo aprendía en el colegio; pero a mi abuelo le encantaba hablar de la vida. Le encantaba ‘raonar’ y llegar a sus propias conclusiones. Y eso es mucho más de lo que algunos universitarios aprenderán. Yo tenía siete años cuando me habló del amor por primera vez y aunque no entendía nada, me gustaba mucho escucharle.

f13ffacc5e3ac4071a8ae9c88f160ccaSi recuerdo algo de él es que hablaba con todo el mundo. Hasta con los árboles.
– Verdolaga que lleves, ja no està.
– ¿Por qué le hablas al naranjo, iaio?
– Porque quiero que sepa que me preocupo por él. La vida no tendría sentido si las personas no se interesaran por los demás y los cuidaran, ¿no crees?
– Pues yo creo que no te oye, me atreví a decir.

Me miró en silencio, como sólo las personas mayores saben hacer. Fueron unos segundos, pero para mí fue como si de pronto hubiera parado el tiempo.

– Claro que me escucha, sabihoncilla, me contestó mientras arrancaba un par de brotes bordes al naranjo. Todo el mundo necesita que le quieran.
– ¿Y cómo sabrán ellos que les quiero?
– Ellos lo verán en tus pequeños detalles y tú en los suyos. Observa a la gente que te rodea en silencio, como si fueras invisible, como hace el iaio cuando la iaia se enfada. Así, sin que te vean, podrás entenderlos y comprender sus reacciones. Todo el mundo tiene un motivo para hacer lo que hace, entenderlos te dará ventaja para vivir a su lado. Para quererlos. No les desprecies aunque no los entiendas, están tan perdidos como tú.
– Iaio, ¡que los árboles no oyen!
– ¿Estás segura?

Y sin más se bajó silbando por la acequia, camino a casa. Yo me quedé un momento allí, mirando al árbol, ustedes se reirán, pero antes de salir corriendo recuerdo que me despedí del naranjo.

El invierno llegó poco después. Mi abuelo estaba enfermo, pero yo, dede mis siete años pensaba que viviría más de cien años. Una noche se quedó dormido, su enorme y cansado corazón no tuvo la fuerza suficiente para despertarlo de nuevo. Hoy hace algún tiempo, uno de mis mejores amigos estuvo a mi lado cogiéndome de la mano y mirándome como sólo un miope puede mirar. Sólo entonces y de pronto, entendí lo que mi abuelo quiso decirme: que todos necesitamos que nos quieran y se preocupen por nosotros. “Y lo verás en los detalles, sabihoncilla, en los pequeños detalles”.

La lección

Este curso apenas he visto a Via y cuando me cruzo con ella la situación es muy incómoda. Es como si me estuviese juzgando. Sé que no le gusta mi nuevo aspecto. Sé que no le gusta mi nuevo grupo de amigos. Ella no ha cambiado. Y a mí tampoco me gustan los suyos.

Lo cierto es que no hemos llegado a discutir, simplemente nos hemos ido alejando. El otro día me di cuenta de que hablamos mal de Via: que si es una mojigata, que si esto, que si lo otro. No se merece que seamos crueles con ella, pero es más fácil olvidarla convenciéndonos de que es ella la que nos ha hecho algo malo.

La lección de August, R. J. Palacio.

No mires atrás

Hoy he vuelto a escuchar esas tres palabras. Supongo que este curso es lo que me toca. No… Mires… Atrás. No-mires-atrás… Nomiresatrás. No mires atrás.

Al escucharlas, he bajado la vista y he contestado con otras tres palabras: Es muy difícil. Y es verdad, para mí lo es. Hasta ahora me he encontrado con cosas muy fáciles, fáciles y difíciles. Pero al final, supongo, siempre han ido saliendo. Esto es diferente. Esas tres palabras, salvando todas las distancias, me recuerdan siempre a Orfeo y su historia. Historia que, como todas las historias, nace del corazón. Y es que Orfeo…

3c34a4c14940f1bccecdd527c919169b…Se enamoró de Eurídice. Perdidamente, claro, como sólo saben enamorarse en la mitología griega. Y todo iba bien hasta que  una serpiente mordió a Eurídice en el tobillo y el veneno acabó con su vida. Roto de dolor, como sólo saben romperse los griegos, Orfeo bajó al Inframundo para recuperar a su amada esposa. Orfeo era músico y utilizó la música para pedirles a Hades y Perséfona una segunda oportunidad, para convencerles de que Eurídice no merecía abandonar el mundo de los vivos tan pronto. Orfeo debió hacerlo bien porque logró convecer a Hades, dios maligno y oscuro donde los haya.

Pero de lo maligno y oscuro le puso una condición al pobre: Orfeo debía caminar siempre delante de ella y no mirar atrás hasta que ambos estuvieran completamente bañados por la luz del sol. Malignidad en estado puro. El camino de regreso fue terriblemente largo para Orfeo, quién sabía que su amada esposa estaba a sólo unos pasos de él. Cuando ya casi lo habían conseguido, Orfeo, desesperado y creyendo que todo había pasado, se volvió y miró a Eurídice cuando ésta aún tenía un pie en la sombra. Esa fue la última vez que la vio. Y volvió a perderla.

Orfeo miró atrás y yo debería aprender la lección. Pero este año, más que nunca, entiendo a Orfeo. Es difícil caminar sola y sin vacilar mirando hacia delante, es difícil creer ciegamente que más allá está la salvación. Porque, ¿qué clase de corazón no miraría atrás?

Que escriba

Enamórense de una chica que escriba. Que llene las facturas con metáforas. Que tenga la cabeza llena de ideas, de vidas, de imaginación. Que se acueste a las tantas con la ‘última idea’. Que encienda de madrugada la luz de la habitación para anotar algo. Que observe la vida, que la viva intensamente. Que recuerde describir hasta el más mínimo detalle.

Primero vivirá su historia. Y pase lo que pase después, ella les convertirá en literatura (créanme que lo hará). Y no habrá vuelta atrás: serán inmortales. 23d089d2ff7db5f7dd4d75ed02dd639f

El hilo rojo

resize-hiloVerás, hay una antigua leyenda china que habla de un hilo invisible. Es una historia bonita y aunque hayas dejado hace tiempo de leerme, te la voy a contar, por si vuelves. Esta leyenda cuenta que existe un hilo rojo e invisible que conecta desde su nacimiento a las personas destinadas a encontrarse. No importa realmente el momento de sus vidas en el que vayan a tropezar, lo importante es que se conozcan, porque ellas ya harán para mantenerse juntas. Ese hilo rojo puede tensarse, apretarse, deshilacharse, enredarse… Pero jamás deshacerse o romperse. Es el vínculo que existe entre ellas y el símbolo es, ni más ni menos, este hilo rojo irrompible.

Lo que más me gusta es que mantiene cerca, unidas, conectadas y destinadas a esas dos personas que deben encontrarse sin ni siquiera nosotros saberlo. Y que es más fuerte que el tiempo que permanezcan separadas. Y que es más grande que el espacio que hay entre ellas. ¿Por qué tanto interés en contártela, te preguntarás? Porque pese a que ya no estés, quizás entre tú yo sólo dista algo tan sencillo como un hilo.

Un hilo. Rojo. Irrompible. Y tú sin darte cuenta.

Seguramente no leerás esto y seguramente jamás te preguntarás si existe un hilo rojo que laberíticamente cruza la ciudad para tirar de nosotros dos hasta que lleguemos a encontrarnos. Y yo que soy, si es posible, más cabecita loca que tú, sí lo creo. A estos hilos me los imagino anudados en mi muñeca, una suerte de pulsera, no sé porqué. Y sí, en plural, sé que hay varios porque a lo largo de mi vida he sentido a veces que había personas a las que debía conocer. Como también sé que hay algún hilo del que desconozco su procedencia. Quizás algún día me deje guiar por ese hilo. Quizás algún día me esperes en el otro extremo.

Quizás mi cabo suelto seas tú.

Gorgonzola

– ¿Y el gigante? ¿Cómo se llamaba el gigante?
– No… No recuerdo el nombre de… El gigante.
– ¿Pero cómo… No va a tener nombre nuestro gigante? -se me daba muy bien escandalizarme, sí – ¡Todos tienen nombre! En todos los cuentos siempre les pones nombre. Bolthor, Angurdoba, Argenk… Venga, ponle nombre, ¡pobrecito! Los demás gigantes se burlarán de él.

Pero a ti no se me ocurría ningún nombre para gigante.

– Claro. Sí… Sí. En realidad el gigante tenía un nombre muy… Muy de gigante, ya sabes. Un nombre que imponía mucho… Y que con su voz ronca de tanto gritar atemorizaba a todos los que…
– Va, no te enrolles. ¡El nombre, el nombre!
– Claro. Sí… Sí. El gigante se llamaba… Gor… – te interrumpí.
– ¿Gor? ¿En serio? ¿Gor? -me eché a reír- Pobre gigante. Daba más miedo antes, ¡sin nombre era más misterioso!

Pero entonces te levantaste y te pusiste a gruñir como lo haría un auténtico gigante. De los de verdad. Y vaya si tenía nombre, el gigante.

– ¡Gor… gon… zo…la! ¡Goor… goon… zoo…laa!¡Goooor… goooon… zoooo…laaaa!

Y reí aún más fuerte. Lo acababas de conseguir otra vez. Llegaste con el cuento hasta el final y Gorgonzola, como en todos los cuentos que inventabas para mí, se volvió bueno. Le devolvió a los campesinos lo que les había robado y la princesa al reino, que es que la había secuestrado en su cueva, claro.

Ojalá pudieras contarme historias de gigantes otra vez, como cuando era pequeña, aunque tengan nombre de queso italiano, aunque después se vuelvan buenos. Contarme historias… Como si nunca hubiera crecido.65cba9eba859461fea530295cf5cf4ad

¿Y ustedes?

Voy a hacerles una pregunta incómoda. Lo siento. Lo bueno es que no tienen que escribirme para responderme, ni llamarme, ni nada por el estilo. Lo bueno de la pregunta es que yo la hago y ustedes la piensan. Se contestan a sí mismos, o en voz bajita en su habitación, donde nadie les oiga. Sólo quiero que piensen. Detenidamente. Despacito. Pensando bien.

Yo lo hice. Y después lloré. Pero antes de que la cosa pasara a mayores, me enseñaron un vídeo, el que tienen a continuación. No hagan trampa y lo vean primero. No sean así, vamos a hacerlo bien. De momento sólo quiero que contesten a una pregunta muy sencilla: ‘Si ahora mismo pudieran cambiar una sola cosa de su cuerpo… ¿Cuál sería?’

Reunieron a 50 personas para hacerles esa misma pregunta. Y este fue el resultado:

Comfortable

Entonces me pregunté: ¿Cuándo dejé de pensar así? ¿Cuándo dejé de creer en la magia, en los imposibles? ¿Cuándo mi imaginación empezó a traicionarme? ¿Dónde dejé mi cola de sirena, mis alas para volar?

Ya no quiero cambiar nada… Porque ya no sería yo si no fuera como soy, por dentro… Y por fuera.

¿Y ustedes? ¿Qué cambiarían?

 

One & only

Hoy me he preguntado por la existencia del one and only. Ya saben, pensamientos intempestivos entre cucharadas de cereales aburridos e insípidos.

Lo cierto es que yo nunca creí en las almas gemelas. No al menos en el sentido romántico de estas. Pero debo admitir que hay personas con las que congenias, con la que te llevas bien sin saber porqué. A veces ni se comparten gustos, ni aulas, ni trabajo, ni siquiera parada de metro. Y te das cuenta, un día y de pronto, mientras estás haciendo el tonto, que es con esas personas con quién te sientes cómoda, con la que puedes ser tú, abiertamente. Hay gente que a fuerza de tiempo y momentos compartidos se convierten en tu yo más profundo. Gente que ríe contigo de tus bromas, que termina tus frases. Que sabe que cuando digas ‘pingüino insomne’, habrás proferido el mayor insulto del mundo mundial y estarás verdaderamente enfadada. Gente de la que eres incapaz de desprenderte, que viajan allá donde vas porque las llevas dentro, muy dentro. Personas que te meterías en la maleta porque son como tu libro favorito, como esa camiseta que te da fuerza sobrehumana, como la piedra de la suerte. Me gusta la idea de saber que hay alguien ahí fuera esperándome o alguien a quien sin saber espero. Simplemente para hablar, para sentirse comprendido, para sentirse bien aunque sea por un instante. Como si estuviéramos destinados a conocernos aunque sólo sea por ese único instante.

Me he dicho a mi misma, ya saben, entre cucharada de cereales y cucharada de cereales, que sería mucha casualidad que la hubiera encontrado. O que pudiera encontrarla. ‘Fíjate Gloria, me he dicho, cuantas personas viven en esta ciudad, en este país, en este mundo. Aún quitando a toda la población rusa del planeta (ya les avanzo, que rusa, mi alma gemela, no va a ser) aún te salen unos cuantos’. Y hasta puede que mi alma gemela ni siquiera sea de este planeta. Mi hermana dice que no hay bicho vivo que me aguante. Aun tendrá razón y ese metafórico hilo rojo que nos une con nuestra alma gemela a mí me une a… a… ¿a una medusa? ¿Tendré tanta mala suerte?

Alma gemela… Cuando de pronto llega alguien y le da por cambiar tu vida, por hacerla un poco menos complicada. Poco a poco, día a día. Sonriendo y confiando en que lo mejor está por siempre por llegar… Así que espero.

Perdón, te espero.

¿Conclusión? Quizás debería cambiar mis cereales por… ¿Tostadas?

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El dinosaurio verde de mi tío

Hoy te he visto. Y es curioso, porque hace mucho me preguntaba cuándo aparecerías. Quizás haya sido por eso. O simplemente porque ya estoy más relajada. Quizás me hayas sentido menos abrumada, más capaz de enfrentarme. Más valiente, más yo.

O quizás haya sido que tenía que explicar sintaxis. Lo sé. Sé que era otra clase, sé que han pasado muchos años, sé que no estás, sé que no estarás. Sé que no estás a mi lado para decirme “¡Te lo dije!”. Y sé que no estarás para que te diga “¡Tendrías que habérmelo dicho!”.Pero, ¿sabes? Igual si hubieras estado aquí no me hubieras dejado volver. Quién sabe.

Por un segundo iba a olvidarlo, iba a poner cualquier otro ejemplo. Por un segundo no he querido compartirte. Por un segundo he necesitado estar sola. En esa clase. Con esa tiza en la mano. Por un segundo he querido que ese momento ‘dinosaurio-verde-de-mi-tío’ fuera otra vez sólo nuestro. Pero no. No estaba sola, aunque tú no estabas conmigo. Y éstos, incapaces de reconocer una regla mnemotécnica ni aunque bailara flamenco en sus narices, me han mirado raro. Raro. Ya empezaba a arrepentirme de haberte compartido cuando te he visto.

Estabas allí, de pie. Sonriéndome. Con quince años y tu eterna trenza despeinada, preguntándome si el dinosaurio era un dinosaurio feliz.

– Si no es feliz, Gloria, no pienso analizar la frase.
– Esto es una oración. Las oraciones llevan verbo. Va, que eso ya te lo he explicado.
– Vale. ¿Es feliz? Porque si no es feliz, Gloria, no pienso analizar la oración
– Claro que lo es, mira: ‘El dinosaurio verde de mi tío es feliz como una perdiz’. Tira.

Y entonces nos echábamos a reír. ¿Te acuerdas?

– Oye. Tú deberías dedicarte a esto. Eres muy buena explicando. Deberías ser profe de Lengua.
– ¿Tú crees?
– Claro que lo creo. Vaya que si lo creo. Eres la mejor que conozco y tus clases serían una risa…

***

– Pero ya no soy la misma, Sofía. Ni ellos son como nosotros. ¿Todavía lo piensas? ¿Todavía lo crees?

Y por única respuesta…

– ¿Qué hace poniendo ese ejemplo?

… Desapareces.

Mi arco iris

Uno de los problemas de trabajar en un cole grande es que hay mucho espacio, hay muchos rincones que los profesores no conocen, hay recovecos, huecos de escaleras, clases vacías y armarios aparentemente cerrados.

Una de las ventajas de trabajar en el cole donde estudiaste es que conoces cada escondite, cada clase vacía, cada armario aparentemente cerrado. Así que no me asusté cuando escuché unos sollozos que parecían no salir de ningún lugar.

Era un niño y no tendría más de cinco años. Con lo poco que me gustan a mí los niños. Pero lo cierto es que me partía el corazón verlo allí sentado, con las manos tapando su carita, el babi puesto a lo Superman y nariz llena de mocos. No sé porqué pero me salió un instinto maternal que ni siquiera yo reconocí.

– Hola Víctor – Ya no era un niño cualquiera, ahora era Víctor, me lo acababa de chivar el babi a lo Superman, no se piensen – Me llamo Gloria, ¿puedo sentarme a tu lado?

No contestó. Pero al menos dejó de llorar y empezó a mirarme con curiosidad.

– ¿Sabes que de todo el cole este es mi sitio favorito? Cuando estoy triste vengo aquí, porque aquí nunca me encuentran hasta que no salgo yo cuando quiero.
– ¿Y vienes mucho?
– ¡Nooooooo, no puedo! Si no, descubrirán mi escondite y tendré que compartirlo con mucha más gente!
– ¡Ah bueno! Mejor. Yo hoy estoy triste. Por eso estoy aquí creo.
– ¿Por qué estás triste, Víctor?
– Porque Cristina me ha dicho que Lucía le ha contado que Pablo dice que soy raro porque escribo raro. – Y volvió a echarse a llorar.

Después de situarme en su círculo de amigos, deduje que ese tal Pablo era malvado, pero que Lucía y Cristina no se quedaban atrás, menudas cotillas las dos. Hay cosas que no cambian. Pobre Víctor, pensé.

– ¿Que escribes raro? ¿Cómo se puede escribir raro?
– Sí, dicen que no escribo como ellos. ¡Pero mi letra es mucho más bonita! Si tuviera un papel te lo demostraría.
– Yo te creo, Víctor. ¿Y sabes qué más creo? Que puede que tengan envidia y por eso te han dicho eso. Pero tú eres su amigo, ¿a qué sí? (Asintió con tanta fuerza que yo creía que se iba a partir el cuello) Entonces lo que vas a hacer es demostrarles que les quieres, dibújales algo muy muy bonito y sólo para ellos, así verán cuánto te importan. Yo me apuesto mi dedo meñique a que funciona.

Empezó a sonreír.

– Claro, tienes razón. ¿Y qué dibujo?
– Pues no lo sé. ¿Qué se te da bien dibujar? – Yo esperaba que me contestara que un león, una montaña, una casa con chimenea… Pero no la contestación que me dio a continuación.
– El arco iris. Me sale super bien. Sí. Además mi mamá me ha dicho que después de llover, cuando se van las nubes siempre sale el arco iris. Y como nos hemos peleado eso es como la tormenta. Y ahora yo les doy el arco iris. ¡Gracias!
– ¡De nada, Víctor! Venga a hacer ese dibujo! ¡Choca!

… Y chocó con la izquierda. Sonreí. Víctor era zurdo.

Lo mejor de esta historia sucedió dos días después. Dos días después volví a pasar por el mismo rincón y me asomé al acordarme de él. En el suelo había un papel. Un dibujo. Un arco iris.

Víctor me había dibujado un arco iris.

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A las tres…

… Serán las dos, dijo el señor del Tiempo, retrocederán los relojes y olvidarás.

Hubo un año que me quedé despierta hasta las tres de la mañana decidida a cambiar la hora a todos los relojes de la ciudad. Para que a las tres, fueran las dos de nuevo. Esa noche me dio por prometerme que todo lo que pasara en esa hora jamás sería real y podría olvidarlo sin más. El señor del Tiempo iba con sombrero, corbata y cigarrillo humeante entre los dientes, estaba enfadado y acodado al final de la barra, sin quitarme ojo de encima y sin poder hacer nada. Muy Michael Ende. Hicimos un trato. Yo debía regalarle los recuerdos de esa hora, olvidando así lo que sucedería en los siguientes 60 minutos y él me prometía más tiempo cuando llegara el momento, al final de los finales. Tiempo a cambio de una hora de olvido. Me parecía ganar con el pacto, a fin de cuentas, sólo era una noche más y por lo que veía a mi alrededor, no iba a ser distinta de cualquier otra. Accedí.

Yo sonreía con esa sonrisa que esconde un secreto y te vi acercarte. Y se me paró el corazón durante un segundo.

Sonreíste. Una de esas sonrisas sinceras, puras, francas… O eso creí ver yo en ella.

– ¿Qué tendría que hacer un chico como yo para conocerte mejor?

Sonreí. Una de esas sonrisas nerviosa, inquieta, inocente. O eso creí decir yo con ella.

– Tienes una hora, te dije. La que te regalan los relojes esta noche.

95be0b926feef8c83f9eabd5539eed0f-1En el peor de los casos, pensé, la olvidaría. Pero en esa hora, aturdida como estaba, no conseguía ubicarte. No sabía quién eras, ni por qué te habías acercado. Esperaba que dijeras algo que me hiciera reconocerte como uno más y cualquier cosa hubiera servido: un gesto, una sonrisa, una palabra… En el fondo deseaba que fueras uno más esa noche. Pero simplemente estabas allí, delante de mí, esperando que el misterio fuera desvelado. Tranquilo, sereno y sonriente. Y eso me desconcertaba. Así que por primera vez en mucho tiempo me guié por mi intuición y di un paso más. Aunque la promesa todavía quemaba en mi piel y había saltado sin red. En una hora me sacaste a bailar, me llevaste a la orilla del mar, me leíste entrelíneas y me prometiste un cielo estrellado. En una hora me convenciste, lo admito, y lo hiciste bien.

Pero lentamente y a cada minuto, maldecía la hora en la que aquel diablo, me había dado la llave. La promesa era un eco cercano. Quedaban unos minutos más. ¿Qué pasaría con los besos, las caricias, los abrazos? ¿Podría robárselos al tiempo? Ese eco me gritaba que iba a llevárselos, lo sabía: una promesa, era una promesa. Y el tiempo gana siempre, nos hace envejecer, crecer, olvidar. Pero por una vez quería ganarle la batalla. La llave del tiempo estaría durante unos segundos en mis manos. Podría hacerlo. Sólo necesitaba quedarme con los últimos segundos de esa hora para que fuera siempre mía… Te miré profundamente a los ojos y te besé como se dan los primeros besos, sin pensar.

Campanadas. A las tres debían ser las dos. Suspiré y me aparté de ti. Con mucho cuidado fui retrocediendo minuto a minuto, girando la llave despacio. Al llegar al final estaría en el principio y sería como si nunca hubiera pasado nada… O al menos haría como si nada de aquello hubiera pasado. Pero, ¿realmente quería olvidarte?

La llave del tiempo, fría como el hielo en mis manos… Y tú tan cálido  y cercano a mi lado…

Confieso que hice trampa. Confieso que le robé al tiempo un segundo. Pero no lo pude evitar, no lo quise evitar, no quise olvidarte, no podía perderte. La hora que retrasé en el reloj tenía 59 minutos y 59 segundos. A la 1.59 am  estaba apoyada en una barra y al segundo siguiente en la orilla del mar, bajo un cielo estrellado… Sonreí y me sonreíste. Con esa sonrisa tan sincera, pura y perfecta. Y en ese segundo supe que había ganado la partida al tiempo.

Las campanadas volvieron a sonar. Y a las dos… Tiempo infinito, dijo la misteriosa desconocida.

!

So I became

Y allí, quieta y con carita de ángel, veía las horas pasar. Se dedicaba a observar. Pero no importaba en realidad, ¿verdad? Nadie la veía y nadie le prestaba la menor atención. Porque nadie espera que sea un ángel quien prenda fuego al mundo.

Que el infierno está vacío. Que todos los demonios están aquí.

Dicen

¿Saben? Hace un tiempo eché a correr. Y con cada zancada pensé que estaba más cerca, pero en realidad me engañaba a mí misma: cada zancada me estaba alejando más y más del sitio al que deseaba ir.

Dicen que hay caminos que dan rodeos. Y que cada tren nos lleva a un lugar, que previsto o no, al final siempre entendemos como nuestro. Que no importa dónde se esté, porque si verdaderamente se quiere ser feliz, el lugar ni importa ni nos debe preocupar. Dicen que donde te estás, te encuentras. Dicen.

Que siempre sale el sol.

Me pregunto cuántas veces me he equivocado en mi vida. Y haciendo recuento, si soy sincera, sólo son dos. No está mal. Y de perfecta no tengo nada, créanme. ¿Pensaban que la lista era más larga? Es que hay veces que me da por creer que esos pequeños errores que cometo: confiar en alguien, olvidar la lluvia de septiembre, saltarse un semáforo, equivocar la carrera o los sueños, son pequeñas lecciones que debía aprender. Si soy honesta y miro atrás todos estos años, todas esas decisiones, me han enseñado algo, me han llevado a algo, aunque no me gustara en su momento, aunque no lo entendiera bien, aunque no lo sintiera bueno… Todo se me hace imprescindible ahora.

Pero estaba hablando de mis errores. De los grandes, de los gordotes, de los de verdad. Y debo confesar que el primero lo cometí por hacerle caso a mi corazón. El segundo por ignorarlo. Es curioso, ¿verdad?

cd86ad1ab94c83a81f84d149c62fdac7El primero fue hace tres veranos. A todas luces la situación decía que no, los míos decían que no, mi razón gritaba niseteocurrarubita (ella siempre tan poco razonable). Mi corazón me susurró: adelante o te arrepentirás. Y como era lo que yo quería hacer, sentir y vivir, pues… Después me enfadé, claro. Le llamé cafre. Y decidí no volver a confiar en él.

El segundo es más reciente. Hace tres meses. A todas luces la situación decía que sí, los míos decían que sí, mi razón gritaba porsupuestoquesí (ella siempre tan poco razonable). Pero mi corazón me susurró: no lo hagas o te arrepentirás. Así que como estaba perdida hice lo peor que podía hacer: dejar que otros decidieran por mí… Ahora está enfadado, claro. Me llama cafre. Y ha decidido no volver a confiar en mí.

Dicen que al final, todo el mundo encuentra su camino. O hacen suyo el que han elegido. Dicen que al final, todo el mundo es feliz. Pero me han dicho ya tantas mentiras que al final…

Como el cristal

Como cuando rompió el jarrón de cristal del salón. Si existía la perfección, ese jarrón estaba muy cerca de ella. Tenía cinco años y fue sin querer. Sí. Vio como al tocar el suelo se deshacía en mil pedazos y se le paró el corazón. Más porque el jarrón era precioso que por el castigo. Estuvo observándolo hecho añicos unos minutos antes de decidirse y recoger los cristales rotos con muchísimo cuidado. Los llevó en sus manos hasta la cocina y apenas pudo decir nada, cuando su madre se giró ella ya estaba llorando. Su madre se asustó porque ella nunca lloraba.

– Lo siento mucho mamá, ha sido sin querer.
– No te preocupes mi vida, no pasa nada. Lo arreglaremos. Sólo es un puzzle, ¿lo ves? Esta pieza con esta, y esta otra aquí…
– Pero no quedará bien. No volverá a ser el mismo.
– Lo arreglaremos, te lo prometo.

Antes de que se cortara, su madre dejó los pedazos encima de la mesa. Pero ella sin saber cómo, supo que era imposible, que no podrían arreglarlo y el jarrón desaparecería. Se guardó un cristal, para no olvidar. Como esperaba, a la mañana siguiente no había ni rastro del jarrón. Ella no preguntó. Y aprendió, quizás demasiado pronto, que hay cosas que no vuelven. Que cuando algo se rompe en mil pedazos, aunque sea sin querer… Se ha roto. Y que es inútil intentar salvarlo.

Esta mañana, sabiendo bien porqué, se ha acordado de esta historia y ha buscado el cristal que escondió de niña. Sabía dónde buscar, claro que lo sabía. Y lo ha sostenido entre sus dedos. Se ha cortado sin querer. Es lo que tiene jugar con cristales rotos. Mientras apretaba la herida con fuerza se ha echado a llorar. Como aquella tarde. Y se ha asustado porque ella nunca llora.

Hoy ni siquiera puede pedir perdón y ayuda para que la piezas vuelvan a su sitio. El perdón no le corresponde a ella y las piezas no volverán a encajar. Hoy no puede ni siquiera intentar resolver el puzzle. Hoy no puede escuchar una promesa ni calmarse sabiendo que todo irá bien. Es lo que tiene crecer, que te quedas solo frente a ese momento en el que lo hecho añicos no vuelve a ser perfecto. Que a veces ni siquiera vuelve.

Hay heridas, traiciones y ausencias que duelen. Y silencios que cortan como el cristal.

And goodbye!

– Perdona un segundo, que no me pueden ver hablar contigo.
– ¿Cómo?
– Ahora vuelvo, tranquila.

No, no, si yo, tranquila estoy. Y tan tranquila, vaya. Tanto, que no te espero. ¿Pero qué digo? Mejor no te molestes en volver, maja.

Había visto, escuchado y hecho muchas cosas en mi vida. Muchas. La gente se cruza de acera o se para en un escaparate. Hay personas a las que pronto les suena el teléfono con una llamada imposible de rechazar o quien recuerda que tiene ese mensaje importantísimo que contestar. He visto cruces de cara y ‘notes’ muy evidentes, he visto disimular para no reconocer a un antiguo compañero de colegio, profesor de instituto o familiar indeseable.

¿Y cuando reconoces a alguien pero no recuerdas exactamente de qué? Ui… Esas son peligrosas.

Yo siempre saludo a todo el mundo. En el peor de los casos, estaré sonriendo a un desconocido que no volveré a ver jamás.  Pero sé que a veces no te apetece o no te sientes en la cima del mundo para enfrentarte a esas situaciones. Y no pasa nada, yo suelo ser muy comprensiva. En esos momentos sonrío y lo hago sin maldad, de verdad. No me siento incómoda ni vulnerable. No me da pena, no me duele. Sigo adelante caminando, esperando al autobús, leyendo o haciendo el canelo. No me pongo nerviosa, me encojo de hombros y no le doy mayor importancia.

Hasta hace unos días. Puedo entender que la situación no sea la ideal. Puedo entender que las cosas sean raras. Incluso puedo entender que es todo un poco más raro de lo normal. Soy muy comprensiva. Y, créanme, lo comprendo pero no lo comparto. Y esta vez puede que haya notado cierta punzada incómoda. Me estaré haciendo mayor.

Y es que, ¿qué le dirían a alguien que finge no hablar con ustedes…? Yo creo que tendría que poner mi versión más dura, más arisca, más estúpida para dar a entender que ya está bien, que no  debería tolerar cosas como esas. Un poquito de dignidad, por favor. Pero, ¿quieren saber qué pasará? Que ahora estoy enfadada pero se me pasará. Y dentro de unos días estaré hablando como si tal cosa. Como si no pasara nada. Como si nunca me hubiera dolido. Para no discutir, ¿qué más da al cabo de los días? Ya me ha pasado antes. ¿Creen que debería plantarme? ¿Dar un portazo y decir aquello de and goodbye? Supongo que nadie tiene la culpa de ser la gota colmadora. Pero yo sí me merezco estar con quien me quiere a su lado sin avergonzarse. Al menos sí me merezco eso.

Pues puede que sí. Lo dicho. Sonreiré and goodbye.

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Bailando bajo la lluvia

Ayer fue un día completo. Y tan completo. Empezó a las doce de la noche, con el deseo de rigor. Al asomarme a la ventana para darle las buenas noches a la Luna se me olvidó el sueño en alguna parte. Me dormí a las tres de la mañana. Minuto arriba, minuto abajo, ya me entienden. Y a las siete en pie. Minuto arriba, minuto abajo. Estos fueron demasiado abajo. Me encontré a las 7 y 17 minutos cepillándome los dientes. Tarde. Llegaba tarde.

Menos mal, no era al cole. Era a la facultad. Y allí… Bueno, a y diez aún no había llegado el profesor. Qué bien. En algún momento de las dos horas siguientes me di cuenta de lo mucho que me gusta CL, que se pronuncia con muchas eles al final, (así es como los pollos de cuarto llaman a Comentario Lingüístico y Literario). Hay que pensárselo dos veces para pegarse el madrugón sólo para escuchar a una mujer desconocida hablar sobre el tema, rema, progresión temática y macoestructura. Y aunque a mí me encanta, me solidaricé con mis alumnos del año pasado y el Caste a las ocho de la mañana. Sonreí.

Después de la odisea de encontrar sitio para aparcar en la puerta de casa, me esperaba una tal Melibea, que me contaba unos rollos sobre un tal Calisto y una abuela que los quería juntar así a lo bruto, que yo, en la vida, de verdad…

Tema 46. Teatro renacentista. La Celestina. Fernando de Rojas.

Y yo con un dolor de cabeza… Después de eso y de una comida más bien pasada por chaparrón vocálico que incluía dos o tres ‘Es que tu hermana…’ por tres líneas de discurso, me fui a la particular de rigor.

– Mañana tengo examen, Gloria. El profesor es tonto y no explica.
– Pero, Carlos, ¿no será que tú no atiendes?
– No. A ver. Él explica, pero yo no lo entiendo. Habla raro.
– Ya. Bueno, ¿qué entra?
– No lo sé. Tú sabrás.
– ¿Yo sabré?
– Tú eres profesora, ¿no?

Coge aire y no lo estrangules, Gloria, es demasiado joven. Almadedios.

Después me pasé de parada. Eso fue divertido. Hacía tiempo que no viajaba en metro y mis oídos no escucharon el nombre de mi estación. En serio, no fui yo, fueron ellos, más lerdos… Así que llegué tarde a clase. Suip. Yo. Que no llego tarde casinunca.

Pero esperen, que hay más. Cuando a las nueve salí de clase (había olvidado la sensación relajada de estar sentadita en una silla, recibiendo la información, callada y sin pensar más que lo justo y necesario…) se puso a llover. ¡Perfecto! ¡Justo lo que necesitaba y me apetecía! El cielo me conoce muy bien y yo no llevaba paraguas… Qué suerte tengo.

Hubo un momento, mientras intentaba sortear charcos con los hombros encogidos para ocupar menos superficie vital, en el camino que separa mi casa de la parada de metro dije… A la mierda.

A la mierda, ya está bien. ¿Quién se ríe de mí a estas horas? Pues yo me río más fuerte. Y fui paseando por medio de la calle, esquivando siluetas que corrían a mi alrededor, consciente de que me estaba empapando y que me tildaban de loca… A la mierda.

Llegué empapada a casa, pero no me importó. Sólo es un poco de lluvia, sólo es un poco de agua. En medio de todo caos siempre hay un resquicio de luz, de esperanza, de pureza. Y dejé que esa pureza me limpiara, me llenara, empapara hasta el último rincón de mi alma. Se llevara este día gris por siempre jamás.

Así fue como ayer recordé que la vida no es más que aprender a bailar bajo la lluvia. Y reírse de todo. Y llorar por nada. Porque antes o después, saldrá el sol. Bailen bajo la lluvia. Rían bajo la lluvia… Y sobre todo, sean felices bajo la lluvia.

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¿Recuerdas?

¿Recuerdas cuando nos conocimos? ¿Recuerdas cuando nos miramos, cuando nos sonreímos, sin querer? Cuando te chocaste conmigo, cuando me crucé contigo, cuando me invitaste a beber. Cuando preguntaste por mi nombre, por mi marca de nacimiento, por mis cicatrices. Cuando sin querer, no te lo podías creer. Cuando queriendo, no te lo querías creer.

¿Y recuerdas cuando, en medio de tanta gente, de tantas estrellas, de tantas cosas por hacer, sólo estábamos nosotros? ¿Recuerdas cuando nos reímos la primera, la segunda, y hasta la última vez? Cuando contamos tantos chistes, recogimos frustraciones y hasta cuando supimos que aquello no tenía razón de ser.

Cuando no lo quise ver y te pregunté qué pensabas, que sentías, que querías, aunque fuera sin querer. ¿Recuerdas cuando me explicaste el porqué? ¿Recuerdas mis ironías, tus gestos, mis manías, tus ofensas, mis decepciones y las tuyas? ¿Recuerdas cuando, a pesar de todo, de ella, de él, encontramos calor? Cuando hablamos de tantas cosas, de ellos y de ellas, de ayer, de antes de ayer, del ojalá, del quizás, y nunca del mañana. ¿Recuerdas nuestras conversaciones? ¿Tus silencios? ¿Y los míos?

¿Recuerdas el paseo Bonanova, tu camiseta y su perfume, perfume amanecer? Cuando nos evitamos, nos buscamos, nos alejamos, nos acercamos, susurramos y bailamos? Cuando te apartabas, me acercaba, te intimidaba, me desesperaba. ¿Recuerdas mi habitación, nuestro sillón, nuestros abrazos infinitos, que surgían sin querer?

¿Las noches en vela, las recuerdas? Todas sin querer. Y lo que más me gustaba, lo que más odiabas, lo que te encantaba, lo que ignoraba y lo que nunca llegaremos a saber. Tu sonrisa, tus dedos entre mi pelo, las canciones, las fotos, los kilómetros de angustia.

¿Recuerdas la factura del teléfono, la de la nostalgia, la del miedo a no volverte a ver? ¿Y recuerdas el presentimiento, y la esperanza que deposité en tus ojos, sin apenas darme cuenta, sin querer? Recuerdo cuando ni siquiera lo quería reconocer. Cuando te escondías, sin querer. Y tus dudas a través del espejo, mi obsesión congelada en cubitos caprichosos, que nos esperaban, siempre puntuales, a las tres.

¿Recuerdas nuestra despedida? ¿Nuestro último abrazo, nuestra última mirada, en la que nos dijimos tantas cosas sin apenas decir nada? ¿Recordarás todo lo que nunca me confesaste, lo que nunca vivimos?

¿Me recordarás… Aunque sea sin querer?

Y sé que no tengo derecho, pero lo cierto es que te echo de menos P, y mucho.

Algo me aleja de ti

Te vi salir cuando yo entraba al jardín de los imposibles.
Estabas allí pero tu mente volaba a miles de km de mí.
La orquesta tocaba Moon River y el viento dejó de mentir.
Creo recordar que entonces dijiste: ‘Algo me aleja de ti’.

Algo… Me aleja… De ti.

Te vi mezclar a partes iguales las comas y los puntos y a parte.
Te vi lanzar monedas al aire sin saber la dirección que tomar.
Pusiste en el crucigrama la P de poema y puñal.
Al acabar dijiste en voz baja: ‘Algo me aleja de ti’.

Algo… Me aleja… De ti.

Quique González – Algo me aleja de ti

Prisionera del viento

Cuando todo se convirtió en ceniza, cuando nada más podía pasar…

La chica apoyada en el marco de la puerta esperaba quizás un milagro. Se sentía estúpida. Cuando los alumnos se percataron de que ella serena y sin prisa, esperaba un silencio que por más que quisiera no se iba a producir, se sentaron. Una nueva clase de Literatura. Sería un año largo, pensaban. Ella y ellos.

La profesora había sido muy estricta y a la vez muy divertida; muy trabajadora y muy decidida. Sí. Había sido. Ahora parecía que  sus labios habían olvidado cómo sonreír y su mirada era infinitamente triste. Qué lástima. Se habían perdido a la chica feliz, apasionada y especial. Es más, esa chica parecía no haber existido nunca. No había ni rastro en su voz, en su caligrafía, en sus escritos. ¿Dónde quedó el Quijote en cómic? ¿Los caligramas musicales? ¿Dónde vivirían ya los determinantes, nunca más con Gran Jefe Nominal? ¿Que había pasado con las exposiciones sobre zombis? ¿Y las Reuniones de Estado? Ya no… Ya no estarían nunca más. Los olvidó en algún punto en la carretera que separaba su ciudad del primer sueño.

Ella lo sabía. Se daba cuenta de que en realidad lo que le pasaba era que les echaba de menos. Se daba cuenta de que hacía tiempo que no sonreía sin querer. Que no creía en los deseos de media noche. Que el cielo era gris. Que la ilusión había hecho las maletas. Que su pasión se había ido de vacaciones. Pero se dejaba llevar por el oleaje de los días. Un día más es un día menos.

Se abandona y se cree que no es capaz de tomar decisiones, ni es valiente, ni puede. La hirieron en batalla y batiéndose en retirada tiene la guerra perdida. Lo ha aceptado ya. Es prisionera de si misma y es su peor carcelera. Ha decidido que no va a luchar, que no habrá vuelta de hoja. Lo que es es, lo que no es, no queramos que sea. Así esperaba tranquila porque creía que nada peor podría pasar. Que después del incendio poco dolor más iba a sufrir. Pensaba, eso sí, en el resurgir de sus cenizas con el tiempo, en la salvación después del fuego. Se equivocaba.

… Un día que andaba descuidada llegó el viento. Se llevó las cenizas y lo borró todo. Sin querer se la llevó con él.

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– Te apartaste de mi porque te apartó de mí, ¿no te diste cuenta?

– Claro que me di cuenta. ¿Cómo no iba a darme cuenta? Pero, ¡el amor no es una competición! No se trata de ver quién quiere más ni quién quiere mejor.

– Ya… Si no es una competición dime entonces por qué siempre se gana o se pierde algo. Dime entonces por qué te perdí.

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Hace un año

Hace exactamente un año mi vida estaba a punto de cambiar. Hace exactamente un año estaba temblado de cabeza a pies. Hace exactamente un año hice una entrevista de trabajo. Recuerdo que era lunes y empezaba el Curso Escolar. Unas cuantas páginas de títulos, un currículum actualizado y mucha tila en el cuerpo era lo único que me acompañó hasta la puerta del colegio. Volvía al cole. Un cole que es ya más mío que aquel en el que estudié trece años. ¿Que cómo lo sé? Lo sé. Hay cosas que se saben. Igual que hay cosas que no se olvidan.

Tuve que esperar, pero no me importó, las cosas buenas se hacen esperar y… Esta iba a ser muy buena, así que un poco de comprensión. Llegué justo a la hora del recreo. ¡Bien por mí! Las hormonas con patitas bajaron al patio justo donde yo estaba esperando.  Los vi bajar por las escaleras. O ellos me vieron esperar al pie de las escaleras. No lo sé.

“No les mires directamente a los ojos. No les mires directamente a los ojos. No les mires directamente a los ojos.”

Pero les miré. Sí. Tenía tantas ganas de convertirme en su profesora de Castellano que quería conocerles incluso antes de tiempo. Y sonreí.

Las directoras me recibieron con una sonrisa y una voz muy dulce,  creo que nunca podré olvidar ninguna de las dos. Ni a ninguna de las dos. Nunca olvidaré a las primeras personas que a mis 25 años de no experiencia confiaron en mí. Nunca olvidaré aquella llamada dos días después que cambió mi vida. Exagerada, pensarán. No. Yo lo sé, me cambiaron la vida y lo hicieron para siempre. Nunca olvidaré lo mucho que les debo. Nunca olvidaré todo lo que viví durante nueve meses en esas paredes, a la sombra de un ficus enorme, latiendo junto a un corazón más enorme aún. Nunca olvidaré lo que significaron las horas de clase, las horas de no clase, las horas de correcciones, de reuniones, de risas entre compañeros, de comidas pasadas por griterío, de reflexiones, de alguna discusión, de algún miedo, de algún escalofrío.

Es cierto que cometí muchísimos errores. Pero el error más grande, el que nunca me perdonaré, es el pensar que llegué para marcharme. Sólo ahora sé que ese era mi sitio. Pero supongo que tenía que marcharme para darme cuenta de lo muy feliz que fui allí. No creo que vuelva a ser tan feliz en ningún sitio. Sin ser mío del todo no creo que pueda ya considerar ningún otro cole como mío, porque en ningún otro cole seré capaz de volver a ser yo misma. Y es que ese cole, esos niños, esos profesores, sacaron mi mejor yo.

Y yo sentía que no debía marcharme. Yo… No quería marcharme. ¿Por qué me marché, se preguntarán? Pues… Es algo que ni siquiera yo entiendo. Que ni siquiera yo sé. Maldita sea. Maldita seas. Ahora confío en el plan secreto que esconden las cosas que no entiendo. Ya les contaré. De momento ese plan no va bien. Nada bien.

Me marché… Y desearía darle la vuelta al tiempo… Volver a decidir de nuevo con esta lección aprendida. Volver a celebrar con ellos. Volver a escuchar sus bromas, sus dudas, sus preguntas. Volver a sentir los mismos nervios, las mismas esperanzas, las mismas alegrías. Sé que es irracional, pero es lo que siento. Y por primera vez sé lo que siento. Sé lo que quiero.

Volver. Y volver para quedarme. Aunque sea un deseo imposible, extraño, estúpido. Aunque sé que es pedir en vano… Deseo volver… Con todo mi corazón.cd15bdd8f5a304623c5f7b64bf40b8f5

Número 100

5c38e317ff7d86a34c3eacb309bce75dNo sé si me creerán, a mí, sinceramente, me cuesta creerlo.

Siempre creí en la casualidad. De hecho muchas veces, cuando me pasaba algo bueno (remarco el tiempo pasado) siempre creía que era por casualidad, no porque me lo hubiera ganado, no porque me lo mereciera. No. Casualidad. ¿Que en un examen caía el único tema que me había estudiado? Casualidad. ¿Que el día que llegaba tarde a trabajar encontraba todos los semáforos en verde? Casualidad. ¿Plaza dentro de un organismo público? Casualidad. ¿Plaza dentro de un organismo privado? Casualidad. ¿Un oasis en medio de este desierto? Casualidad.

Bien. Si fueran, queridos lectores, al principio de esta aventura en la red y empezaran a contar todas las entradas que he publicado durante estos tres años llegarían hasta 99. No sonrían, no. Esta es la entrada número 100. Y no es el primer 100 que he visto en menos de 24 horas.

Son historias protagonizadas por personas valientes, luchadoras, tímidas, reflexivas, impulsivas, tristes, alegres, alocadas, heróicas; personas perdidas y encontradas en sitios lejanos, cercanos, en lugares demasiado extraños o demasiado conocidos. Relaciones infinitas, amistades rotas. Saltos desde acantilados, entradas de cine, billetes de avión, fotos en blanco y negro robadas al tiempo. Cocodrilos en fosos y princesas rebeldes. Deseos de Cenicientas canarias, sueños inalcanzables, oportunidades perdidas y noches en blanco. Restos de naufragios, mapas de tesoros, brújulas despistadas.

99 suspiros que responden a 99 lágrimas que se convirtieron en 99 sonrisas.

99 teorías que guardan 99 explicaciones que atesoran 99 recuerdos.

99 instantes descritos en 99 historias guardadas en 99 botellas.

Aunque a estas alturas creo que ya no puedo engañarles: son las 99 formas diferentes que he encontrado para describirme.

99 casualidades me han traído aquí. Que me han acercado un poco más a mi destino. 99 casualidades y 1 destino. Porque lo cierto es que al igual que de otras muchas cosas, no necesito más. Sólo uno.

La número 100… ¿El número 100?

¿Será sólo una casualidad más? Tú, que no sabes nada de esto todavía, dices que está escrito, que es el destino y lo acompañas de una estrella fugaz. La verdad, no lo sé… Pero sí sé que quiero saber cuál será la siguiente historia. Quizás la número 100, perdón, el número 100, es ese 1 que necesito.

Así todo irá bien

Va a ser un curso largo. Qué digo. Ojalá sólo fuera a ser largo. Un curso largo podría soportarlo. Este no va a ser largo. Este va a ser un curso… Vaya, discúlpenme, es que ni siquiera encuentro la palabra. Y cuando no soy capaz de encontrar las palabras, algo va mal. Lo cierto es que tiene lógica, también hacía tiempo que no me encontraba tan perdida, tan sola, tan lejos. Sí, supongo que lejos, aunque parezca mentira, es el calificativo. Qué cosas, ¿verdad? Sobre todo cuando me prometieron estar más cerca.

Lejos de mi sitio, lejos de mi vida, lejos de mí misma. Tan lejos que no me encuentro, que no me reconozco, que no soy yo. Lejos de todo lo que construí en nueve meses y que era mío, que yo me gané, día a día y hora a hora. Y no saben cuánto lo echo de menos. No saben cuánto me echo de menos.

¿Saben esa sensación? ¿Ese nosequé queseyó que seré toda mi vida incapaz de describir? ¿Será quizás que aún doy gracias por vivir con mamá y papá? Si no este mes -y el que viene gracias a un contrato basura que vaya si sabían desde hace meses- no tendría dónde caer muerta. ¿Será quizás que se junta la sensación  extraña de devolver las llaves del piso? ¿Será quizás que mis nuevos compañeros no son capaces de ver que yo no tengo la culpa? ¿Será quizás que todo me recuerda demasiado a mi yo de hace diez años?

Será quizás que en este juego que es mi vida, alguien se ha comido mi ficha, ha contado veinte (eufemismo para aquel ‘bailaré sobre tu tumba’) y ahora me veo de nuevo en la casilla de salida. Será, quizás.

Lo cierto es que ya me da igual todo. Es que ya no creo en nada. Ni en nadie. Sí, leen bien y es cierto, tampoco creo en mí. ¿Para qué? Cuando más me necesito me fallo a mí misma. Un momento, miento. Por supuesto que creo. ¿Quieren saber en qué creo? En los peces de colores. Sí. Los peces de colores y en la voz.

No se piensen que estoy delirando. Un esquizofrénico por clase, por favor.

Ustedes le llamarán de otra forma… Pálpito, corazonada, intuición, presentimiento, ojo… Llámenlo como quieran. Yo le llamo voz. Porque es cierto. Esa voz está. Esa voz existe y está dentro de cada uno de nosotros. Y, aunque la verdad, se pasa la mayor parte del tiempo callada, no se pierde ni una de esas decisiones importantes, en ellas está allí para susurrarte: ‘Me da a mi que esto es lo mejor para ti’, o exclamar: ‘¡No lo dirás en serio! ¿Dónde vas loca? Ni se te ocurra’.

Ningún profesor, ningún familiar, ningún amigo, ningún sabio podrá decirte nunca qué es lo mejor para ti y lo peor que hay en esta vida es seguir los pasos de los que ya han caminado, de los que ya han vivido. Si lo hacen así, queridos lectores, no pondrán su corazón, pondrán otro corazón, que no será el suyo, y por ese, por ese sí que no pondrán responder. Quizás por eso no soy yo, quizás por eso no me encuentro, porque no lucho con todo mi corazón. Porque no pongo mi corazón.

Lo cierto es que normalmente escuchamos a ese profesor, a ese familiar, a ese amigo, y ella, que es más importante que todos estos juntos, se nos olvida. Pero ella, que no es más que el reflejo de uno mismo, es quien mejor lo sabe, créanme. Y habría que hacerle más caso del que le hacemos.

Ahora la mía está callada. Debe estar muy enfadada. Me da un poco de miedo hablar con ella, debe haberse cansado de tanto gritar este verano sin que nadie la escuchara. O puede que se esté mordiendo la lengua, como yo, que también soy ella, intentando no gritarme esas tres palabras. Porque no necesitaré más que tres. Tres.

’Te – lo – dije’.

Quizás no las dice porque sabe que entonces dolerá el alma.

 Sí, así de negro lo veo. Aún así, lo cierto es que yo sonrío al desear los buenos días. Y explico como si nada. Corrijo con palabras amables y pido silencio por favor. Como aprendí cuando era pequeña. Ustedes guárdenme el secreto. Si nadie lo nota, si nadie lo sabe, si nadie lo ve…

… Todo irá bien.

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Desmudanza

Esa fue la noche más extraña de su vida.

Llaves en mano porque debía recoger todo lo que había llevado hasta ese momento. Y quería hacerlo rápido, sin que le diera tiempo a pensar demasiado, a sentir demasiado. Llenar cajas, desmontar muebles, enrollar alfombra y envolver unos pocos recuerdos.  Hacerlo de forma inconsciente y sin ningún tipo de sentimiento. Deshumanizada. Automática y desprovista de vida. Quería olvidar cómo había imaginado una cena de inauguración que ya nunca se celebraría. Una película con amigas y palomitas. Tardes de lluvia leyendo con un té calentito a mano. Copas de vino hasta las tantas. Peleas de harina en la cocina. Mañanas de domingo de no hacer nada. Sobre todo historias, muchas historias. Pero ya no tendrían ese escenario.

Quería olvidar aquellos nervios en el estómago, revoloteando, mientras ilusionada construía sin saberlo, los cimientos de una vida que por falta de presupuesto ahora se parecía más a un esqueleto de hormigón a medio terminar. Cuatro maderas mal puestas y sin tornillos.

Cuando empezó a oscurecer ya lo tenía todo preparado. Unos cuantos viajes en coche y el piso quedó vacío otra vez.

Vacío. Otra vez.

Vacía. Otra vez.

Se apoyó en la pared, mareada por ese pensamiento. Las rodillas no querían aguantar su peso así que se escurrió y se quedó sentada en un salón vacío que dejaba entrar la luz de la calle. Se aferró con fuerza a las llaves que todavía sostenía en las manos. Pero no pudo prometerse lo que deseaba prometerse. Harta de no poder cumplir sus propias promesas no pudo evitar echarse a llorar. Caminó entonces hacia el centro de la estancia y se tumbó, mirando al techo, intentando tranquilizarse, imaginando el cielo, las constelaciones y viendo sin ver el brillo de la Estrella Polar, justo encima de su cabeza, su eterna guía.

Empezó a calmarse y se quedó dormida. Despertó unas horas después, antes del amanecer. Aún estaba oscuro pero la estrella había desaparecido. Abrió los ojos lentamente, esperando que sólo fuera una pesadilla. Deseando que en realidad ese largo verano sólo fuera un sueño, que podría empezar de nuevo, que podría… Pero no.

e03f8e56db3b7b3181c85737772f860eSe levantó y cerró la puerta a todo lo que podría haber sido, a lo que podría haber vivido, a lo que podría haber sentido. Cerró la puerta porque ya no era posible ni ser, ni vivir, ni sentir.

Cerró la puerta y volvió a casa antes de que despertaran. Todos sonrieron, porque sólo así sería correcto. Sólo así estaba bien. Y ella se iba dejando. Aún las sostenía en la mano cuando se quedó sola en su habitación. Qué gran ironía. Hacía mucho tiempo que había perdido su llave entre una inmensa multitud. Y ahora deberá convencerse a sí misma de que es capaz de volver a encontrarla.

 

Justicia

Mi clienta afirma señoría, que si hay algo que le supera es el no cumplimiento de las tradiciones milenarias y por eso actuó como actuó. Lo tenía muy claro, las iba a cumplir con o sin él. En el fondo, ella sabe que él quería cumplirlas pero se lo dijo sin decírselo una noche menos oscura que las demás, a la luz de las velas.

¡Protesto!

Vaya, qué romántico ha quedado. No era mi intención, señoría. Si les contara qué velas eran…

Cuando mi clienta, señoría, se giró para mirarle, no había maldad en su gesto. En aquella mirada, mi clienta expone que quería tranquilizarle, señoría, decirle que lo entendía, que no debía preocuparse. Si bien es cierto, señoría, que tampoco va a mentir y una parte de sí misma no quiere aceptar ese echar de menos, ese estar lejos. O al menos no ahora. Pero eso, sostiene mi clienta, sonaba tan egoísta, que calló. O dejó de mirar, vaya.

Pero sí es cierto, señoría, que no calla ahora para decirte que hay una niña rubia corriendo por ahí, atrapada para siempre en esas calles empedradas sonriendo por todas esas historias que inventaba el demandante. No podía nadie imaginar que la escritora acabaría siendo ella, ni siquiera ella misma podría imaginarlo. O de cómo el demandante se adelantaba por el camino, dejándole sola a traición para esperarle cogiendo moras en una revuelta y ofrecérselas al pasar.

Asimismo, mi clienta sostiene que nunca se olvidará del día que la lanzó a la balsa, qué asco. O de cómo convenció a su madre para quedarse dos semanas más y así recoger higos para merendar. Los higos se recogen en septiembre, señoría. Mi clienta apuró tanto ese verano que una tarde estaba recogiendo higos y la mañana siguiente estaba perdida en un mar de pupitres y tizas. Confiesa que nunca se ha sentido más Mogli en su vida. Además, añade, que no se olvidará de cómo descontaba campanadas para que se quedara más tiempo de noche. Y de cómo le engañaba diciendo que no beber de la fuente de la iglesia al pasar daba mala suerte.

Dice también mi clienta que no olvidará las tardes de lluvia incomunicados, ni las de ensayos interminables. Y quiere saber si se dio cuenta de aquel verano que esperó paciente sin pasar una sola página del libro que tenía entre manos. Se disculpa diciendo que si el demandante la sabía lectora tocaba mejor.

Si bien todo esto es importante pero más bien anecdótico, señoría, mi clienta dice que no se olvidará tampoco de las cacerías de estrellas fugaces. Así se le recuerda que era él quien aprovechaba cada instante que ella no miraba para sorprender con una nueva presa y así robar deseos de medianoche. Afirma que su capacidad de observar el cielo nocturno es nula y por tanto es deudor de unas cuantas promesas sin cumplir…

¡Protesto!

El abogado defensor hizo lo que pudo, pero su clienta seguía teniéndolo difícil. Cuando el abogado de la acusación se levantó para defender la postura del demandante sus miradas se encontraron y volvieron a decirse tantas cosas sin decir nada… Ya no hacía falta.

El juez la declaró culpable. Los cargos impuestos excedían la pena máxima. Sólo existía una única forma de conmutar esa pena, pero era imposible, ambos lo sabían. Se miraron una última vez antes de que el silencio y la distancia se impusieran entre ellos dos.

Antes de esconder su mirada, su memoria traicionera la llevó a un lugar en concreto, a un momento en concreto. Cuando él la guió a su asiento sola y llena de miedos en un auditorio catalán. Cuando se dio cuenta de que estaba enamorada de sus manos, de su sonrisa, de su mirada azul y transparente. Y ese, sin querer, sería su último recuerdo. Por supuesto, ella también se declaró culpable.

Te echaré de menos… Pero es lo justo siendo lo más injusto.

¿De vuelta?

No voy a decir que he vuelto porque sólo vuelven los que se van y yo nunca me he ido. Es que yo no puedo irme. Irme significa abandonarte y yo siempre estoy aquí contigo. En realidad debo confesar que es mejor todavía: tú siempre aquí conmigo. Porque en este par, tú eres el que más escucha sin escuchar, el que más comprende sin comprender, el que más espera sin esperar.

El que me permite cicatrices de caligrafía y lágrimas en la piel. Comprende mis tachones, mis vueltas de página, mis anotaciones en el margen. El que sabe que hay páginas que me gustaría arrancar, arrugar y olvidar. El que conoce los capítulos que leo y releo. El que entiende mis apuntes con mala letra y mis nervios cuando no dejo el lápiz quieto sin escribir una sola palabra.

Si no fuera por ti, yo no estaría aquí, lo sabes. Yo no me he ido, porque no podía marcharme. Y tú tampoco, pero sí has esperado. Confieso que estoy menos inspirada que otras veces, igual esta inspiración, cansada de drama, me ha abandonado y yo intentando recuperarla te destrozo un poquito, lo siento.

Ha sido un mes… Intenso. Sí. Intenso. Y como buen amigo que eres, ¿esperarás a que esté preparada? Siento abusar de la confianza. Dame unas horas. Déjame pensar y pensarme. Llegará, sabes que tengo historias entre manos.

No estoy de vuelta, porque nunca me fui. Y tú tampoco… Pero, eso sí, por fin volvemos a ser dos.

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De viaje

Por fin me voy de vacaciones. Por fin voy a dejar de pensar en este año intensísimo y feliz que acabo de vivir y en decisiones desafortunadas que propiciarán seguro otro año intensísimo y fel… Ehm sí, que viviré a partir del próximo septiembre.

El destino no lo tengo claro del todo aún. Tenemos una ruta trazada con líneas discontinuas que me da muy mala espina. Es un viaje más a la aventura que otras veces. Por no tener claro no tengo claro ni el tiempo que va a hacer, así que, como comprenderán no puedo hacerme la maleta (pienso batir mi récord de diez horas, he dicho). Esperemos que no nieve. Esperemos. Que. No. Nieve. Sé que habrá playa y montaña. Dos capitales y muchos pueblitos. Faltará cobertura la mayor parte de los días y a lo mejor veo alguna cabra (más seguro es aún que hagamos el cabra)… Quizás la mejor parte sea la vuelta. Si la ida ya la espero buena, la vuelta… Ai la vuelta. Porque a la vuelta habrá parada obligada en la noche de cazar estrellas fugaces, de pedir deseos mientras murmura el río a lo cerca, noche de no dormir hablando de todo, hablando de nada. Noches de verano. Como las de hace años. Prométeme que vendrás, ¿eh? Si tú no vas yo sola no voy a mantener las tradiciones milenarias, señorito. Vamos a ver, es cosa de dos.

No quiero un antes y un después. Quiero descansar, disfrutar, divertirme. Espero que sea suficiente.Espero que algún deseo me sea concedido. Espero volver a ser valiente otra vez para pedirlos. Espero…

Nos leemos a la vuelta.

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Reflejo

Aquella noche iba a salir de fiesta. Salir+de+fiesta. Hacía mucho que no salía, por eso no esperaba poco de la noche, la verdad. Necesitaba desconectar, crear un paréntesis. Ya había reflexionado demasiado durante demasiado tiempo… Nada de lo que hacía le calmaba, le ayudaba. El viaje no la había tranquilizado, ni los paisajes, ni los nuevos rincones, ni los cafés en sitios distintos. Ni tampoco el paso del tiempo. Una llamada de una amiga a la que hacía mucho tiempo que no veía y un ‘¿por qué no?’ hicieron el resto. No se le ocurría nada más. Quizás no quería pensar más.

Empezó a arreglarse. Al maquillarse y enfrentarse a su reflejo pasó lo que tenía que pasar. Que se encontró consigo misma. Y, locuras aparte, se puso a hablar con… Ella.

– Vamos, no pongas esa cara, será divertido.
– Sí claro, pero yo te espero aquí. Para cuando vuelvas.
– Vaya, lo dices como si me fuera a descontrolar. Como si fuera a volver hecha un… No sé.
– No, para nada. Si yo sé qué va a pasar. Pasará que volverás cansada, maldiciendo los pisotones y los mendrugos que te querían invitar a algo. Preguntándote qué esperabas encontrar y con la sensación de vacío que sientes cuando te arrastran a esos sitios.
– Qué bien me conoces. ¿Sabes qué es lo mejor? Que tienes razón. Pero… Es que me apetece.
– Ya, eso también lo sé. Por eso te digo que mejor la sombra verde, que resaltará tus ojos.
– Gracias.
– Bueno, al menos acuérdate de pedir que no te pongan limón en la copa, que somos fuertes, pero no tanto.

Y la noche pasó. Zapatos en mano e intentando no hacer ruido fue a desmaquillarse.  Quizás no hacía falta. Simplemente borró la poca pintura que se había puesto en las mejillas. Se sostuvo la mirada y durante un momento pensó no decirse nada. Pero…

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– Tenías razón.
– Sabes que no quería tenerla.
– Lo sé.
– Lo siento.
– Y yo.

Se abrazó a la almohada. Odiaba conocerse tanto para unas cosas y tan poco para otras. Seguramente aún tenía que crecer un poco más.

Hasta que despiertes

Si sabía algo de ella era que disfrutaba observando la ciudad dormida. Le gustaba la calma de la noche, la tranquilidad del silencio y le encantaba sentirse observadora de un mundo que no era el suyo, que no le pertenecía.  En invierno se sentaba en el enorme ventanal, con una taza de té en las manos. Y en aquel corto verano, se apoyaba en la barandilla del pequeño balcón sin cortinas. Por no tener no tenían ni cortinas. No importaba, porque ellos, sin más, se bastaban. De eso hacía ya algunos veranos.

Pero por primera vez en mucho tiempo y en ese preciso momento, la ciudad se convirtió en testigo callado de su vuelta. Él se despertó en un mar de sábanas y no la vio acostada a su lado. Sólo se tranquilizó al levantar la vista y verla como tantas otras veces allí sentada. Observando la ciudad dormida. Otra vez.

No le dijo nada. Quería saborear aquel momento, perderse en el presente y no más en los recuerdos. Congelarla en aquel instante para siempre. Su melena rubia caía por la espalda, y los rizos dorados, ahora despeinados, se teñían de un color cobrizo, sin duda a causa de la luz anaranjada que desprendían las farolas. En ese momento ya no necesitaba ser escultor para dibujar su silueta, ni pintor para colocar las mil y una estrellas en el firmamento que desde su cama no podía ver, no podía contar. Sus manos surcaban de verdad su piel y sus ojos compartían por fin el brillo de los de ella. Porque ahora la tenía allí, frente a él, y la observaba callado, feliz, tranquilo.

Ella giró la cabeza lentamente, en ese movimiento tan suyo, y serena le devolvió la mirada. Se sentó junto a él y le acarició la espalda desnuda, hundió los dedos en su pelo y le dio un suave beso en la mejilla. Él se incorporó y la abrazó con toda la ternura de la que fue capaz. Como si tuviera miedo de que se desvaneciera, de que su torpeza la hiciera desaparecer de nuevo. Quería demostrarle que esta vez sí. Que esta vez iba a cuidar de ella, que no le haría daño nunca más…

– Quédate aquí, quédate conmigo, en este instante y para siempre. – Le susurró estremeciéndola.
– Claro que sí, claro que me quedo… – Pero ella esbozó una sonrisa triste – … Me quedaré contigo hasta que despiertes.

Las primeras luces del alba empezaban a despuntar. Amanecía.

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El invierno (casi) eterno

No iba a escribir nada sobre Frozen. Es más, ni siquiera fui a verla al cine. Es más, ni siquiera pensé que pudiera estar a la altura. Ahora tengo que pedir mil perdones. El otro día recordé que allá por enero prometí verla y en una tarde calurosa de este extraño verano me fui de viaje en versión original a los fiordos helados.

Mi reacción ante ella ha sido la de encontrarme frente a quizás, la mejor película de dibujos animados que he visto hasta ahora. Sí, lo sé, ¿Y Brave? ¿Y Toy Story? No tiene nada que ver, lo siento, incomparable y de lejos superada. No estoy hablando de romper con lo anterior, ni de originalidad. Estoy hablando de la historia y ésta ha conseguido conmoverme, emocionarme. Y sí, me ha hecho llorar. Yo no soy tan fuerte como la rubita de la película. Me ha hecho llorar porque es tan perfecta como los paisajes mágicos con carámbanos incluidos. Tan perfecta como una banda sonora que hace crecer a los personajes. Tan perfecta como los juegos de luz en la nieve. Tan perfecta como la elegancia y majestuosidad de Elsa, que no puede sentir nada, que no puede dejar a nadie entrar en su corazón. Tan perfecta como una hermana mayor que siempre cuidará a su hermanita. Tan perfecta como la geometría del palacio de hielo o como la geometría de un copo de nieve. Tan perfecta como la imperfección de Kristoff, noblote y simpático pero lejos del atractivo Hans. Tan perfecta como un muñeco de nieve parlanchín, gracioso y enteramente tierno que le da veinte mil vueltas a un reno un tanto confuso.

 Tan perfecta como dos hermanas inseparables.Little_Anna_and_Elsa_with_Olaf

Y seguramente tanta perfección es debida a que me dejo llevar por todo lo que me ha pasado este año, lo sé, adopción incluida. Pero lo que sí es cierto es que aplaudo la valentía de poner por delante de la búsqueda del encantador príncipe encantado el amor incondicional de dos hermanas. Porque soy de las que cree que una hermana es para siempre jamás y me alegro de que cuando las niñas crezcan hayan tenido un poderoso punto de referencia en su imaginación de lo que es el amor… Y de lo que no es el amor. ¿De la mano de un muñeco de nieve filósofo? Sí, lo sé. Pero lo sabrán, que es lo importante.

Elsa_elsaAunque imagino que ahora todas esas niñas sólo querrán ser Elsa, sin saber que ser Elsa es muy difícil. Elsa es poderosa, es independiente y ¡por Dios! ¡Que tiene una capa de cristales de hielo! ¡Hasta yo he querido siempre tener una capa de cristales de hielo! Pero además de todo eso, hay algo mucho más importante: aunque como todas al principio tiene miedo, Elsa lucha por ser fiel a sí misma. Y esa es una de las cosas más difíciles que hay. Elsa es fuerte y no le importa estar sola porque no quiere hacerle daño a nadie. Pero esa fortaleza y esa soledad, son duras. Y ese no querer hacer daño a nadie pasa por apartar a su hermanita pequeña, tan dulce, tan inocente, tan buena, tan impulsiva, tan sincera, tan incansable. Incansable por el amor incondicional que le profesa: Anna confía en su hermana, cree en ella, la quiere, la respeta…. Y la necesita. Porque por encima de todo eso la echa de menos. Le falta algo tan intenso, tan fuerte y tan puro… Como el amor de su hermana mayor.

Son dos personajes antagónicos sí, el frío y el calor que Olaf se empeña en juntar en un verano imposible. Pero lo que más me gusta es que no son heroína y villana. Son dos hermanas que crecen juntas, que viven en constante conflicto consigo mismas. Dos chicas diferentes, que luchan por lo mismo: tomar las riendas de su vida.

Cuando Elsa se aleja, (¿quién no se ha alejado alguna vez?) cuando ella creperfect elsae que todo está bien así, apartada en su perfecto palacio de hielo, escondiendo su poder… Aparece Anna y deshace ese corazón helado, le enseña que aceptarse a sí misma no viene en forma de querer hacer lo que quiere ni tampoco de obligar a los demás a aceptarla como es. Le enseña que su propia aceptación viene al asumir la responsabilidad tanto de hermana como de reina: viene a través de su entrega a los demás, usando su magia para traer la alegría y la belleza a las vidas que le rodean. Y la invitación a sus súbditos al patio real no es otra cosa más que Elsa dejando que la gente entre en su corazón y ofreciendo lo que tiene, lo que sabe, lo que es.

La magia es algo que todos llevamos dentro, que todos transformamos como podemos para mostrar al mundo quiénes somos en realidad. Sólo se necesita saber qué es eso que nos hace especiales, únicos, mágicos y encontrar la forma de mostrarlo a los demás. Sólo hay que buscar bien. ¿Lo entiendes ahora?

No seré yo quien te lleve la contraria, hermanita, porque sabes que me encantaría ser Elsa, pero en realidad si te fijas bien, las dos tenemos un poco de Elsa y un poco de Anna, te habrás dado cuenta, eres una chica lista. A veces me parezco peligrosamente a Anna y otras soy muy Elsa. ¿Y sabes? Lo cierto es que ahora quizás yo también necesito un muñeco de nieve que dé abrazos calentitos. Aunque sea difícil. Aunque sea verano, por favor… ¡Hazme un muñeco de nieve!

Porque… Yo era de las que solían creer que por muy difícil que pareciera, las hermanas… Siempre encontraban la forma.

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Let it go…

Eso parece. Parece que lo tengo que dejar marchar, quemar puentes, cerrar puertas, mirar hacia delante. Dejarlo ir. Es difícil, ¿saben? Sobre todo cuando se ha sido tan feliz. Sobre todo cuando el límite ha tenido que ponerlo uno mismo y sin libertad de movimiento. Nadie entenderá nunca por qué me cuesta tanto. Nadie entenderá nunca por qué no quiero dejarlo marchar. Y eso también me duele, que no entiendan. Pero, ¿qué más da? Ahondar en las razones ya no me sirve.

Lo suyo sería crear una historia bien bonita, donde la protagonista se enfrentara a sus miedos, donde ella cogiera las riendas de su propia vida y decidiera vivirla a su manera, qué sé yo, en un palacio de hielo. Que tuviera tiempo para pensar y alguien, pongamos una hermana medio pelirroja, fuera a aclararle un poco las ideas. A rescatarla. Una vez hecho esto, se salvaría a sí misma, sería fiel a sí misma y triunfaría. Claro que sí. Porque sería su decisión. Y en ella pondría todo su empeño.

La historia llega tarde. Una semana tarde. Y si vuelvo a la realidad, ese dejarlo marchar me está costando mucho, porque dejo mucho atrás. Sé que todo lo importante se viene conmigo. Pero también sé que he renunciado a tantas ytantas cosas. A veces, lo más necesario no está en los números, ni en los kilómetros, ni en las oportunidades. A veces lo importante está en las personas que te rodean a diario y lo demás, qué más dará. Aunque lo cierto es que esto no dolería si allá donde voy… Bueno. Ya saben. Es duro tener que renunciar a la vida que me había imaginado.

Me concentro en el Let it go. Y esta vez, no lo traduzco como un ‘dejarlo marchar’, que sea como el de la película. Deseo que toda esa belleza que llevamos dentro, en un tiempo… Pueda ser compartida.

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Las hermanas mayores…

La verdad: hoy estoy triste. Bueno, hoy es una forma de escribir. Llevo así una semana. Desde que me dieron la mejor y peor noticia de mi existencia hasta ahora. Aquel “contamos contigo para el próximo curso” doble que se convirtió en una carrera contrarreloj para intentar cuadrar horarios y tomar una decisión que ha sido tan definitiva como imprudente. Qué cosas.

Les contaré un secreto. Llevo 26 años haciendo siempre lo que se espera de mí, tanto a nivel personal como profesional. Será por culpa de esta cara de angelito que tengo. Pero les aseguro que 26 años es mucho tiempo. Y muchas lágrimas. “Estas optativas son mejores. Este Bachiller te lleva a una carrera de Ciencias, que por supuesto, es mejor que una de Letras. ¿Periodista? No me hagas reír, mejor Comunicadora, que tiene más salida. ¿Que tú querías contar qué… Historias y ser escritora? No. Vuelve a Ciencias. Arquitectura suena fácil y puedes sacarla, con lo inteligente que eres.”

Mi vida es un dejarse llevar por el oleaje, por las buenas intenciones de todos y un Pepito Grillo a modo de conciencia exprimidora que no me deja respirar ni un momento para disfrutar de las vistas. No vayan a ser demasiado bonitas. Marioneta de una conciencia demasiado prudente, previsora, sabia, adulta…

¿Pero y yo qué? ¿Qué es lo que quiero? ¿Qué es lo que deseo? Por supuesto que no es trabajar codo con codo con mi archienemiga. Ni enfrentarme a una asignatura maldita (si siempre me confunden con guiri inglesa. IN-GLE-SA. No francesa, he dicho. Je suis désolée, je ne parle pas…). Que este cole de aquí es más grande. Que hay más oportunidades. Que ya te conocen. Que te brindan la oportunidad que esperabas el año pasado. Que te hacen un hueco. Que aprenderás a saber cómo funciona un cole enormemente enorme. Aprenderás a trabajar con un Claustro enormemente enorme, a compaginar actividades, a aportar y recibir ideas. Que lo tienes al lado de casa. Que no gastarás gasolina. Que, que, que, que, que. Que. ¿Qué? ¡Qué! ¡QUÉ!

¿Pues saben qué? Que a mí qué. Yo era feliz. Sí. Pese a todo. Pese a que por ahí más de uno levante la ceja. Ya sé que no iba a ser lo mismo. Ya sé que el ficus del patio no puede crecer. Ya sé que la plaza del pueblo es un hervidero de rumores… Ya sé que aún así no era para siempre. Ya sé que me estancaba. Ya sé que el sol que entra por las ventanas refleja. Ya sé que todo iba a ser igual pero diferente. Ya lo sé. Lo sé todo… Pero es lo que deseo. Perdón, lo que deseaba y ya no puedo desear. Por eso esperaba todas las noches, en esos segundos de nadie entre las cicatrices de los días, donde la magia del cambio me hace pesar que todo es posible durante menos de lo que dura un segundo… A pedir el mismo deseo. Todas las noches. Desde hace ya mucho tiempo. Y el deseo se concedió. Prométanme que cuando las noches estrelladas les regalen un deseo concedido sonreirán y lo disfrutarán.

¿Pero ahora? Ahora… Lo correcto. Lo bueno. La apuesta por el futuro. Un futuro que veo negro. Muy negro. Negrísimo… Porque no voy a ser feliz.

Lo correcto, claro. ¿Pero quién sabe qué narices es lo correcto? Yo no, desde luego. Yo sólo se que… Si no me hace feliz, no merece la pena. Y ahora mismo tengo unas ganas terribles de empujar a Pepito por un acantilado. Con piedras afiladas saliendo de la pared vertical. Corrientes en el fondo. Cocodrilos marinos (claro que existen, hombre ya) esperando en el abismo. Aguas congeladas. ¡Ah! Y un dinosaurio en el fondo también, claro.

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Pero mírenlo, es que el muy muy cae de pie. Y sonriendo. Pero qué mala suerte tengo.

El problema es que ya es demasiado tarde. Que entre la espada y la pared no se decide bien. Que este contrato tiene demasiada letra pequeña que no leí. Maldita sea. Por eso, supongo que estoy así. Porque me siento engañada. Porque me siento tonta. Me siento marioneta. Me siento… Menos yo. Y no es una sensación agradable. Y la verdad: hoy estoy triste. Muy triste.

… No siempre encuentran la forma. Y no sabes cuánto me duele.

A las estrellas

Hace mucho que se dio cuenta de que los libros no son lo único que se puede leer. Fue casi por casualidad, ni siquiera quería, simplemente, un día todo encajó y ya no hubo secretos. Empezó a saber mirar. Empezó a leer en los ojos de la gente sus historias de sueños, de promesas, de corazones rotos, de miedos, de ilusiones. Sus historias de cambios, de recuerdos, de olvidos.

Aprendió a bucear en la vida de las personas, a llegar allí donde las anclas se agarran a las piedras. Donde la luz del sol no llega y los deseos se convierten en secretos que jamás se cuentan, que saben a sal. Allí donde escuecen las heridas.

Inspiró confianza sin querer y le regalaron las bombonas de oxígeno que sólo les dan a las personas que merecen bajar hasta allí abajo, llegar hasta lo más profundo. Lo cierto es que la mayoría se ahoga por bajar demasiado deprisa, o lo pierden mientras señalan con el dedo los arañazos del casco. A todos nos han traicionado y todos hemos tenido un mal día de pesca. Pero ella no. No se entretenía, no perdía oxígeno.

Aprendió a tener cuidado con los caprichos, porque van y vienen con la marea, porque empujan a los barcos contra las rocas afiladas. Entendió que no hay capas de pintura que arreglen los desperfectos causados por el tiempo pasado en alta mar. También entrevió que para poder hablar del verdadero color del mar hay que ir más allá de donde no cubre. Y descubrió que el Norte no siempre está donde indica la brújula.

Y ella aprendió a saberlo.

Entendió que hay quien ha perdido la esperanza tras la última tormenta, que hay quien guarda en el bolsillo mapas sin tesoros, que hay quien ya no escribe en su diario de abordo y quien ha saltado hace mucho por la borda. Igual que supo, sin más, que los cantos de sirena no se pueden bailar y que los lobos de mar sólo aúllan por la Luna.

Y ella lo sabía, sí. Aun sin saber cómo lo sabía.

Cuando dejó de leer a las personas, se leyó a sí misma y desde hace un tiempo le da por pensar que al separarse él se quedó con el mapa y ella con la brújula. Él no sabía qué dirección seguir y ella… No tenía tesoro que buscar. Sin rumbo, a la deriva, suspiraba a la luz de mil millones de estrellas… Espera. Las estrellas. Exacto, las estrellas. El mapa del cielo. De los sueños. De los deseos cumplidos. Se calmó, sonrió y paciente, empezó a observar de nuevo. Quién sabe, quizás hoy caiga una estrella.

Un día especial

superman-shieldHoy es un día muy especial para mí. Y para ti. En realidad, más para ti que para mí. Si estuviera aquí Brave te diría como me dijo a mí cuando tenía tu edad: “Cuidado con las arrugas, que empiezan a marcarse”. Derroche de simpatía. Pero yo te digo todo lo contrario: disfruta de tus arrugas inexistentes, de tus años cumplidos, ríe con ganas hasta que te salten las lágrimas, embárcate en mil y una aventuras, salta desde el acantilado más alto, viaja, sueña, comparte, vive intensamente todos y cada uno de los días de este año que estrenas y… ¡Deja de robarme ropa! Hombre ya.

Ya sabes que yo en aquel entonces no me enteraba mucho de las cosas. Además, hacían Superman en la tele. ¿Qué esperabas? Pues yo vi Superman. Al día siguiente me despertaron temprano aunque era verano. Seguí sin entender nada. Fuimos a verte.  Soy sincera y te digo que sigo sin acordarme mucho, no te creas. Pero sí recuerdo que me auparon para que pudiera asomarme y conocerte. Eras una cosita pequeña, sonrosadita y estabas durmiendo. No hacías mucho, la verdad. Abrías tus ojitos azules, los cerrabas, llorabas un poco, los abrías otra vez… Y seguiste sin hacer mucho más y yo seguía sin entender mucho más. Y como no te entendía no podía jugar contigo. Y como no te entendía convivíamos pacíficamente. Yo intentaba no molestarte mucho y tú hacías lo propio. Pero ibas creciendo.

MaríaCuando empezaste a formar parte de mi día a día fue diferente. Íbamos juntas al cole y al principio tú te querías quedar conmigo, ¿te acuerdas? Y yo, con mi minimochila verde decorada con un dinosaurio morado sonriente, te decía ‘es que yo soy mayor y tú no, ja’. Así quedaba resuelto el conflicto. Y,  ¿te acuerdas del día que llegábamos tarde, a la mamá no le dio tiempo a cambiarte y me acompañaste en pijama? En pijama. Sí. Te lo prometo. O cuando te pusiste malita en el cole, me llamaron a mí y hasta que vinieron a recogernos sentí que lo más importante del mundo mundial eras tú, que tú estuvieras bien. Creo que en ese momento me di cuenta de que te quería mucho, muchísimo. ¿ Y te acuerdas cuando te saludé a través de la ventana de tu clase aquel día de examen de cálculo mental? Toda la bronca que te echaron a ti me la echaste después a mí, pero eras tan enana que yo me moría de risa, hasta que dijiste lo de ‘¡Por tu culpa, tonta, que cuando era pequeña me diste en la cabeza!’ Huala. Ahí me diste miedo. Sí. Aunque recordé los arrebatos de Superman y me tranquilicé. Un poco. Poco. ¿Y el día del garbanzo? ¡Ese día yo no tuve nada que ver, conste! Sí tuve que ver en la desaparición de la Combi. Odiaba esa muñeca. Siempre estaba sucia. La escondí en el lavavajillas. Lo sieeeeeeeento. Luego me olvidé y empezamos todos a buscarla, yo también, porque eras incosolable, pero no aparecía. No aparecía. Que no aparecía… Y cuando te olvidaste de ella, al cabo de los días, apareció. Ese día fue fiesta nacional. Y entonces me acordé vagamente de que fui yo quien la puso allí…

Y es que aunque debes RES-PE-TAR a una hermana mayor porque siempre se acordará de todas las tonterías que hiciste de pequeña… Las que yo he hecho contigo también son dignas de ser material granada: tú lo lanzas y después ya estallará la carcajada.IMG_7279

Y es que desde hace veintiún años has sido mi hermanita pequeña, mi amiga y compañera en esta aventura. La inmensa mayoría de los recuerdos que tengo son contigo, en viajes, en despedidas, en bienvenidas, en fotos, en regalos, en bolis robados, en locuras varias… Son contigo. Y lo cierto es que no soy capaz de imaginarlas sin ti. Sin tus: Gloria espera, que ese no es mi perfil bueno; Gloria, ¿me dejas…?;  Gloria, ¡yo no camino más!; Gloria, tengo sed; Gloria, ¿te presentas por mí?; Gloria, explícame-sin-pegarme esto de Lengua; Gloria, vente conmigo a… Va, que yo te maquillo; Gloria, admítelo, nos hemos perdido; Gloria, cuéntame la historia del carrillón; Gloria, eso es el mar. Gloria, te he cortado el flequi mientras dormías.

Y es que lo haces todo sencillo y fácil. Creo, incluso, que me has enseñado más cosas tú a mí que yo a ti. Y esos ojitos azules han estado siempre a mi lado, para calmarme, consolarme, tranquilizarme, simplificar y ayudarme a relativizar. Han estado para reirse conmigo, para caminar conmigo, para inventar conmigo, para crear conmigo, para hacerme fuerte, para recordarme que no debo rendirme, para inspirarme. Desde siempre has estado conmigo y muchos dirán que porque es lo que toca. Yo sé que no. Eres única y te quiero con locura. Y doy gracias no sé bien a quién o a qué porque estás conmigo, porque estás a mi lado, porque eres mi hermana. Porque es que… De verdad, mano en el corazón, eres mi superheroína favorita. Tengo muchísima suerte de que seas mi hermanita pequeña. No sabes cuánta. Gracias… Por ser tú.

Y si pudiera desear algo hoy, que sí, que cuela, que las hermanas lo comparten todo… Desearía que este año 21 sea un gran año. El mejor hasta ahora. Y que me sigas soportando cerca. Haciendo locuras locas y eso… Sí.IMG_7735¡Ah, sí! Casi se me olvida. Necesito que estés preparadísima a las ocho. Eres la invitada de honor de una fiesta de mariachis. No puedes faltar. Repito: NO puedes faltar. Tienes que soplar las velas de un flan de cumpleaños. El mejor que he cocinado nunca. Sí. Flan de cumpleaños.

¡Felicidades, María! De todo corazón…

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Sexto sentido

Los seres humanos tenemos un sexto sentido. Lo he comprobado. No juzguen mi manera de hacerlo porque ha sido muy divertido. Y nadie se ha sentido mal. Creo. Como mucho habrán pensado que estaba un poco loca. Pero no me importa. A mí no.

Locuras a un lado, sexto sentido, decía. Redoble de tambor… “Los seres humanos somos capaces de percibir que estamos siendo observados”. Y no me hablen de que es casualidad. De que las miradas se cruzan porque tienen que cruzarse. De que distraídamente vamos posando la mirada cual mariposa sobre lo que nos rodea. No. Nos damos cuenta cuando alguien nos mira. Y punto.

Todo empezó con una casualidad casual. Me quedé mirando a un chico en un semáforo. Un chico guapetón, se entiende. Mea culpa. No creo que fueran más de treinta segundos. De repente se giró y me devolvió la mirada. La aparté en el acto. Si existen los nanosegundos, están a años luz de mi rapidez. Yo me puse roja y verde el semáforo. Piernas para qué os quiero.

La segunda vez fue caminando por la calle. Se iban acercando madre e hija riendo, medio sonreí al pensar en la última vez que había acompañado a mi madre de compras. De pronto me miraron las dos a la vez. Aparté la mirada y seguí mi camino.

En un patio enorme, lleno, llenísimo de gente y de mil conversaciones, me encontré con unos ojitos azules y me sonrieron. Pero de esta vez no estoy del todo segura, debe tener parte de culpa la telekisis. ¿Tú crees que esta cuenta?

Esta sí, en un andén. Una de mis favoritas además. El metro de esta preciosa ciudad está imperfectamente pensado. Los trenes dividen el andén y no al revés. Así que un abismo de direcciones opuestas me separaba de un ejecutivo con traje, corbata y maletín. Era el único de mis opuestos que no tenía el teléfono en la mano. Estaba leyendo. Diez minutos para mi metro y el aburrimiento hizo que me quedara mirando. Era gracioso, estaba enfrascado en la historia. Hacía pequeños gestos de sorpresa, levantaba las cejas, carraspeaba, se rascaba la nariz. Y entonces sin motivo levantó la vista y me miró.

Yo escribía. Y el personaje se parecía mucho a mí, como siempre, vaya. Por demasiado revelador tachaba lo escrito y volvía a escribir. Sin saber porqué no estaba cómoda, no me concentraba. Sin saber porqué la historia no salía, no tomaba forma. Y entonces… Sexto sentido. Estabas ahí, te vi a través del cristal. Mirándome. Sonriendo. Piel de gallina. Lo prometo, estabas allí de pie, mirándome y sonriendo. Te vi. Eras tú.

Sexto sentido. Créanme. Comprobado.

Más allá

Todos guardamos ausencias en el corazón, agujeros en el alma, vacíos correteando por nuestras venas… Ausencias de la gente que ya no está,  agujeros de los que estuvieron demasiado, vacíos de los que se asomaron tímidamente y nunca llegaron a estar del todo.

Pero hay ausencias que duelen más que otras. Hay vacíos que pesan más que otros. Hay agujeros más grandes que otros. Todo depende de la ilusión, las ganas y el tiempo invertido.

Que otro llegará. Otro. O-tro. Claro. Como los autobuses. Como si ese otro alguien especial fuera a tener las mismas dimensiones que este roto de aquí que me acaban de dejar, fresquito pero con los bordes humeantes. Sí, claro. Otro. Que venga aquí el mentecato que ha dicho que hay más peces en el mar, que me lo como vivo. Por mucho que diga que me gustan los peces de colores. No-me-lo-cre-o. Pero esta vez no lo lleno con otro, no señor. Ya está bien, hombre. Esta vez lo voy a llenar de mí. De todas esas cosas que hacen de mí quien soy. De lo que me gusta y de lo que voy a hacer que me guste. De sueños, de viajes, de historias y de olas de mar. De mí y después de mí un poco más. Y es que tengo un defecto: que dejo de pensar en mí más a menudo de lo que debería.

O igual no. Igual no lo lleno todavía y lo dejo al aire un tiempo. Que estoy rebelde. Quizás deba analizarlo. Conocerlo. Saber por qué. Sí. Puede que no sea bueno tapar agujeros siempre e inmediatamente. Que las heridas se curan al sol, me enseñó mi madre, aunque escuezan.

Que seré yo. Que el problema es mío. Que siempre doy demasiado y recibo demasiado poco. Pero, ¿les digo una cosa? Que no me importa. No, no y no. No me importa porque al dar, recibo más de lo que se llevan. Seguro.

Estoy enfadada, lo habrán notado. Pero, ¿saben qué? Que estoy comprobando que a través de los agujeros, de las grietas, se respira la vida más allá.

Luces y sombras

La sombra se proyectaba en la pared. El sol caía, pero él no miraba la puesta de sol. En realidad estaba concentrado en su sombra. La que día sí, día también, le giraba la espalda, desaparecía, se desvanecía. Hasta la última fracción de segundo del día estaba con él, pero su vida, en una fracción de segundo, se fundía con la nada.

Hasta entonces. Ese entonces lo cambió todo. Harto de no saber de su sombra. Harto de verla desaparecer a vivir otra vida nocturna, trazó un plan. Descabellado, por supuesto. Como suelen ser los planes de sombras. De pocas luces y muchas sombras. La iba a retener. Quería retenerla. Y por eso la estudió.

¿Cómo se estudia una sombra? De día todo era aparentemente normal. Le seguía, le acompañaba e incluso le imitaba. Pero al llegar la noche… Se esfumaba. ¿Dónde? No lo sabía y eso le inquietaba. Y hacía que la temiera cada día un poco más. Temía a su propia sombra. Vivía en la angustia, el desconocimiento, la impotencia… La soledad. Sin saber que su sombra siempre estaba con él.

Hasta entonces. Ese entonces se decidió a retenerla. No pregunten cómo pero él mismo se fundió con su sombra. Agarró su mano, cerró el puño. Y no se esfumó. Iba, por fin a liberarse de la pesadilla, a salir de ella. La sombra, que sí le estudió a él, se lo explicó:

– Tengo que estar contigo, no puedes deshacerte de mí. Soy tu sombra, sé qué piensas, qué no y cómo vas a actuar, qué pasos vas a dar. Simplemente te imito. Pero también te cuido. Te acompaño, un paso por detrás en cada decisión que tomas. Por si te caes. Y desde aquí, desde atrás, te impulso, te empujo a vivir lo que quieres vivir. Soy… Luz en tu sombra.

A partir de entonces, para no olvidarla, un puño negro lo acompañaría siempre. El mismo que le unió a ella. Ella y él. Siempre.

Para estar a-sombrado para siempre.

Casi las cinco

Cursor parpadeante en la pantalla en blanco. No se me ocurre otra cosa cuando no puedo dormir. No soy muy original. No, al menos, cuando estoy triste. Son casi las cinco y aún no he conseguido que venga Morfeo y me acune con su sueños. Las noches en blanco, las bauticé. No sé porqué pero me calma escribir. Me calma saber que podría haber alguien al otro lado de la pantalla, leyéndome. Aunque puede que esto no sea verdad del todo. Pero ya saben, siempre he sabido conformarme con poco.

Dicen que cuando no puedes dormir sin motivo aparente es porque hay alguien que está pensando en ti, que te roba el sueño porque te piensa, porque desearía que le calmaras o simplemente, desearía que estuvieras cerca. Quizás sea eso lo que me pasa a mí: que hay alguien en este mundo enorme que me piensa, que me necesita, que me echa de menos. ¿A las cinco de la mañana? ¿Y por qué no? Igual también te esté pasando a ti, igual también estás esperando a Morfeo sin saber porqué.

¿Te imaginas? Quizás tú también estés pensándome.

¡Ayuda!

Y es que cuando una de mis amigas grita socorro, no sé si tardo yo menos en acudir o ella terminar de pedirme el favor. Esta vez es una tarde de chicas en vaqueros cortos, camiseta ancha y disposición a mover libros, ropa y muebles. Muchas cajas y mucho papel de burbujitas.

– ¿Hay que vaciarlo entero?
– Pues… Emm… ¿No? De momento sólo los libros, la ropa, las fotos… Y después ya me apañaré yo con los muebles, tranquila.
– No, no te preocupes, si a mí esto me encanta.

Y lo cierto es que me gusta de verdad. Me gusta clasificar, ordenar, guardar… Supongo que a falta de montar la mía, me gusta desmontar vidas ajenas.  Aunque seré yo, que siempre le busco el lado romántico a todo. Si hay algo verdaderamente cierto es que siempre me imagino lo que se esconde tras los objetos que pertenecen a los demás. Ahora mismo, por ejemplo, me imagino a la prima de mi amiga leyendo este libro que estoy guardando con una taza de té en invierno, tapada con la manta de colores que descansa sobre el sofá. O me da por pensar en la pareja perfecta que me sonríe desde el marco de fotos que estoy apunto de envolver.

– Oye… ¿Y por qué no te ayuda tu prima? ¿Por qué no lo hacen ellos? Al fin y al cabo…
– Pues… Porque… Ellos ya no son ellos. Y ahora ella no soporta ver todo esto. Así que tenemos que hacer dos grandes bloques. Uno para guardar y el otro…
– … ¿Para quemar?
-Exacto. Sabía que lo entenderías.

Y entonces empezamos a hablar, hablar y hablar. Cada una con su historia detrás, disimulando que no nos importa guardar jarrones que contuvieron flores regaladas, fotos de viajes y fotos de porque sí, bufandas, relojes, pañuelos. Entradas de cine, libros dedicados, collares, historias. Cartas manuscritas en sobres de colores y notas de buenos días pegadas en la nevera. Copas que un día estuvieron llenas de vino y cenas interminables.

Clasificamos, ordenamos y separamos como nos hubiera gustado que clasificaran, ordenaran y separaran por nosotras. Los viajes a la furgoneta, con cajas llenas  me ayudan a suspirar y dejar de fingir la sonrisa. Me da muchísima pena. Me pregunto si algún día lucharé igual por no enfrentarme a mi pasado de esta misma forma.

La casa deja de ser un hogar para convertirse en cuatro paredes que ya no sostienen recuerdos. Conforme se vacía me doy cuenta de la luz que entra a raudales de este segundo sin ascensor. De que el color de las paredes es más bonito de lo que pensé en un principio y de que siempre me gustaron las puertas blancas. Sin querer pienso dónde pondría mis libros, dónde mi escritorio. Cuál sería mi rincón de pensar, lo mucho que me gustan los ventanales del comedor… Y prometo que ha sido sin pensar, sin querer, pero creo que he pronunciado las que hasta ahora son las cinco palabras que más van a cambiar mi vida:

– Me gusta mucho esta casa… – Digo inocente, mirando alrededor.
– Oye…  ¿Y a ti no te interesaría quedártela? Ahora mismo… Está vacía.

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Despedidas

Hoy era el día. Prometo que me he ido mentalizando desde que me dijeron que hoy era el día. Lo prometo. Pero no ha funcionado. Y yo que pensaba que algo de mujer de hielo tenía, igual es que ese título es sólo tuyo. Creo que un poco de eso tengo, aunque un cada vez menos, pero es que… Ha sido mucho tiempo, muchas horas, muchos momentos buenos y algún que otro momento menos bueno. Han sido muchos consejos, bromas, muchas risas, muchas sonrisas, muchos mensajes en clave y mensajes clave. Han sido muchas horas, compañeros. Muchísimas.

unnamedY os quiero dar las gracias por todas y cada una de ellas. Se me escapa alguna, pero quiero daros las gracias por escucharme, por aconsejarme, por secarme alguna que otra lagrimita. Gracias por aguantarme, por trabajar conmigo, por tratarme como una más, como una igual. Gracias por ayudarme, por animarme, por confiar en mí. Gracias, de todo corazón.

Y es que, aunque esta mañana me he dicho a misma eso de ‘Ni se te ocurra llorar, rubita’, ha sido revisar y reflexionar todo lo que he hecho este año y saltárseme las lágrimas. Porque hoy era el día.
Pero es que… He sido muy feliz en el cole. Mucho. Y aunque yo sabía que tenía fecha de caducidad, aunque es bien cierto que más de un día, más de dos y más de tres, he llegado llorando a casa… Ahora sólo me vienen a la mente buenos recuerdos. Me acuerdo de la foto ficus, me acuerdo de la excursión a Moixent, de la primera Convivencia, me acuerdo del momento de Oraciones Paranormales. O de cuando expliqué en 50 minutos la Sintaxis de la Compuesta. O cuando aprendí que los peces podían sonreír. ¿Y el Código Morse? ¿Y el primer día? ¿Que en el cuadrado mágico no encontraba nada pero veía ficus por todos lados? O la odisea de las Martas, Marías y Noelias de Tercero. Creo que ha llegado el final y aún os confundo chicas, lo siento. Y así, podría seguir hasta el infinito. Infinito, como ese libro que hemos pedido prestado por tiempo infinito. Cuídalo bien, ¿me lo prometes?

Hoy era el día. Y la verdad, también hoy es el día de deciros que me alegro de haber sido compañera vuestra durante todo este tiempo. Ojalá no tuviera que despedirme. Ojalá os pudiera tener siempre. Os guardo cerquita y os recordaré con mucho cariño, a todos y cada uno de vosotros. Habéis hecho que mi paso por el cole haya sido inolvidable. Gracias, de todo corazón.

Y sí, la rubita ha llorado, y mucho, no lo ha podido evitar. Pero es que…

Si no lo veo…

Si no lo veo no lo creo, dice el refrán, ¿verdad? Pues vaya. Pues que bien. Pues sí, yo lo he visto. Con estos ojitos. ¿Y ahora qué? ¿Qué hago? No me apetece nada eso de creérmelo ahora, la verdad es que no. Me da muchísima pereza. Y puede que sea porque siento que es algo cruel, ¿no les parece a ustedes? A mí sí. A mí no me parece bien. Pero si soy sincera conmigo misma, lo cierto es que me da mucha lástima, me da mucha pena. Quizás porque he vivido más. Puede que porque lo veo desde fuera. Desde segunda fila. Igual es porque soy capaz de ver quién mueve los hilos y lo muy retorcido que es. Qué lástima. Las cosas no deberían ser así. Cosas como ésta son las que me dan rabia. Pero a la vez me crean una gran impotencia. Y ni la rabia ni la impotencia son sentimientos buenos. Así que intento eliminarlos. Sé que el sentimiento pasará. Pero también me conozco, y sé que si elimino el sentimiento seré incapaz de recuperar el anterior. Así que… Era cierto. Y yo sin verlo.

Sé también que las lecciones más importantes se aprenden en los momentos más difíciles. Pero vaya con la lección. Y vaya con el momento difícil.

  … Y aunque no quiero creerlo, tengo que hacerlo, porque lo he visto. Con estos ojitos.

Salto de Longitud

Recuerdo cuando vivíamos aún todos juntos y nos pasábamos los días de verano en la playa. Me gustaría mucho volver a aquellos momentos y verlos desde fuera. Desde la perspectiva de todas aquellas personas que pasaban por la orilla y se quedaban de piedra al vernos medio enterrados en la arena o lanzándonos bloques de arena más grandes que mi cabeza. Correr hacia el agua como alma que lleva el diablo o saltar olas al grito de tonto el que salpique. La perspectiva de volver y vernos felices.

Y es que cuatro hermanos, cada uno más loco que el anterior (les recuerdo que yo soy la tercera) dan para muchas anécdotas playeras. Muchas.

Scan0001Hoy ha sido día de mar. Y como estoy algo nostálgica, entre baño y baño he recordado mis días infantiles de playa. Y me ha asaltado sin cita previa uno de los recuerdos que tengo de mi hermano. Hace poco menos de quince años, que se dice pronto, mi hermano y yo creamos lo que ahora ya mundialmente se conoce como Salto de longitud Modalidad Orilla del Mar. Mi técnica, como han previsto, no era buena (y sigue sin serlo), yo corría y cuando llegaba a la línea, frenaba en seco, juntaba los pies y saltaba. Salto profesional donde los haya. Saltaba poco, debo admitirlo. Mi hermano reía mucho, aunque jamás lo admitirá. Pero aquella tarde se apiadó de mí, pensó que el Salto de Longitud era una de esas cosas que toda señorita que se precie debe saber y me enseñó a saltar. Supongo que él pensaba que estaba entrenando a la próxima medallista olímpica, se le escapó que a mis diez años, no entendía nada de zancadas, saltos a ras de línea, saltos aéreos y saltos nulos. Pero me dijo algo que aún hoy recuerdo: “Déjate llevar: cuando saltes, déjate llevar con toda la fuerza de la carrera, cierra los ojos y disfruta de ese instante porque en ese momento, estarás volando”.

Volando. Estarás volando.

Y, ¿saben qué? Que es cierto. Que me ha dado lo mismo que la gente se haya quedado de piedra al verme. He marcado una línea en la orilla del mar. Me he alejado de ella despacio. He cogido aire y he empezado a correr como alma que lleva el diablo. Al llegar a la línea he dado el que hasta ahora ha sido mi mejor salto. Quince años después he batido mi propio récord.

No está mal, nada mal para empezar el verano. Les ahorro lo que significa para mí en este momento de mi vida. Quizás no les interese y no me puedo permitir que pierdan su valioso tiempo.

El del sueño

Hoy he tenido un sueño extraño. Y sé de quién es la culpa. Aunque no diré nada, no señor. Allá él con el cargo de conciencia. Porque lo he pasado mal, de verdad. Empezaba muy real, eso sí. Yo sentada en el escritorio trabajando. Panorámica de la calle y el sol cayendo tras los edificios. Nada de ruido. Tranquilidad. El problema ha empezado cuando he intendo buscar una palabra en el diccionario. Eso ya me ha dado un poco de miedo: yo nunca busco palabras en el diccionario. Pero aún he sentido más miedo, porque no he sacado un diccionario normal: he sacado a Don Diccionario. Le llamamos de Don. Sí. Y sí, como han deducido por la envergadura de esta minúscula palabra, es enorme. Yo ya lo conocí como intento de mesa no coja. Hacía tiempo que no sabía de él. Me he alegrado de volver a verlo. Aunque bueno, ha sido un sueño, así que ahora puedo seguir preguntándome tranquilamente qué habrá sido de Don Diccionario.

El caso es que intentaba yo encontar una palabra muy concreta. Un tanto extraña. Ahora no la recuerdo. Es lo que tienen los sueños, que se olvidan… Pero es que Don Diccionario está de vuelta de todo. Y ahora es un rebelde. Años y años de orden le han hecho explotar. Ya lo decía yo. Y se ha vuelto… Loco. ¿Cómo? Sí, claro, por supuesto que es posible que un diccionario se vuelva loco. Y al principio me pareció una idea genial. Incluso divertida. El diccionario desordenado. Y es que yo misma soy una rebelde. Fíjense. Unas navidades me regalaron un diccionario  (no era Don, así que tenía, de entrada, todas las de perder…) y no quise ni sacarlo del plástico. ¿Un diccionario? ¿Pero por qué? No me gustan los diccionarios. Las palabras deben ser libres. ¿Y si la palabra ocaso no quiere ir detrás de oca?  ¿Y si quiere irse con gaviota o arenque? Pues no puede. Ale. Tiene que ir detrás de oca. Eso no está bien pensado.

Bueno, diccionarios del revés. Pero yo soy lista hasta en sueños. He cerrado a Don Diccionario. Lo he agitado un poco. Le he dado la vuelta. He cerrado fuerte, fuerte los ojos y me he dicho a mí misma: ya está. Solucionado. Y lo he abierto en la Z, pensando que si del derecho estaba revuelto, del izquierdo estaría ordenado. Brillante estrategia, ¿a qué sí? Pero no. La que he liado en un momento. He hecho un revuelto pero no agitado. Para que saliera bien tendría que haber visto más películas de James Bond. Estaba todo mezclado, todo… Las letras se habían convertido en un mar de tinta negra. Y cuando lo he tocado… No debería haberlo tocado. No señor. ¿Pero, por qué lo he tocado? Nunca toquen un mar de tinta. Lo cierto es que sabia que soy, lo he tocado con un Bic, muy práctica yo. Por aquello que era tinta, era un boli… Pero nada. Ahora que lo pienso fríamente, tendría que haber cogido un palo. Siempre prefiero ir armada con un palo. Cien mil millones de veces cien mil.

Y ha pasado lo que tenía que pasar. Que he caído dentro de él. ¿Cómo? No lo sé. No soy una persona patosa. Soy normal. Algo que ver tendría el Bic. O que era un sueño y en los sueños se puede uno caer en mares de tinta o en lo que sea. Si no, que se lo digan a Alicia. Y allí estaba yo, sumergida en un mar de tinta negra. Aguantando la respiración. Esperando… Pero la espera no fue larga. La tinta se fue apagando, la corriente se la ha llevado. O al menos eso era lo que he pensado en un principio. Porque no he tardado mucho en descubrir que en el fondo del mar, perdida en mitad del océano algo brillante ha llamado mi atención. Y he nadado en esa dirección. ¿Por qué? Pensarán. ¿No ha tenido ya suficiente? Pues… ¡Se ve que no! Pero, ¿a que tienen curiosidad? Pues ahora no debería contárselo… Que no, es broma. Era una pequeña concha. Y estaba vaciando el mar. A su alrededor, el agua se arremolinaba creando una escena… Bella. Y yo, a una prudente distancia, veía como en su interior se guardaba lentamente todo el océano (sirenas incluidas). Y el mar se convirtió en desierto. Y jadenate, me acerqué a la concha que guardaba el mar entero. Era preciosa. A simple vista parecía una concha normal. Pero era bella por lo que yo sabía que guardaba en su interior. Como la mayoría de las cosas bellas.

Pero esperen, que el sueño aún no ha terminado. Me he sentado junto a la concha. Quizás a esperar prudente a que me devolvieran mi mar. Al cabo de unos minutos, he visto como se acercaba muy lentamente un cangrejo ermitaño. Esos que llevan su casa a cuestas. Se ha acercado a la concha que custodiaba el océano y ha observado. En un movimiento ágil, preciso y fugaz ha abandonado su hogar y me ha arrebatado mi concha. Y ha seguido su camino. Sin más. Y en cuestión de segundos, me he vuelto a quedar sola. Eso dicen de los desiertos soñados: que son metáforas preciosas de la soledad. He sentido miedo, no por la soledad, sino porque me acababan de robar el océano entero. Pero entonces… He acercado la concha a mi oreja y me he tranquilizado.

Allí estaba, conmigo, para mí y para siempre… El océano entero.

El camello feliz

– Me apetece dibujar. ¿Me dibujas un camello?

Vaya con el pequeñajo, el ‘vamos a dibujar’ era un plural mayestático. Allí, la única que dibujaría iba a ser yo… Pero tenía que disimular.

– ¿Un camello?
– Sí, un camello. Dibújame un camello, por favor.
– Es que yo no sé dibujar camellos. Te dibujo un dinosaurio, si quieres.
– Mmmmm. No. Dibújame un camello y si quieres y no estás muy cansada, luego me dibujas un dinosaurio.

Nota mental: no volver a ofrecerse voluntaria para cangurear a un niño de cuatro años. Puedes acabar dibujando camellos a las once de la noche de un viernes de Junio. Uno de esos en los que se supone la gente normal empieza a salir y disfrutar del verano.

– Bueno, lo voy a intentar. Intento dibujarte un camello, pero si me sale mal… Yo te he avisado de que soy experta en dinosaurios, ¿eh? Trato de no burlarse.
– Trato, sí, vale. – Y lo dijo seriote, convencido. Y eso me hizo sonreír.

Así que me dispuse a dibujar un camello. No es fácil, no se crean. En ese momento me di cuenta de que nunca había visto un camello.

– ¿Sabes que nunca he visto un camello?
– ¡Hala! ¿Nooooo? Bueno, pero eso no importa, yo dibujo muchas cosas que nunca he visto. Tú imagina un camello y dibujarás un camello. Si lo piensas, te saldrá solo.

Solo. El camello me iba a sailr solo. No había vuelta atrás. Había prometido un camello y tenía que dibujar un camello. Y cuando iba ya bajando por el cuello, el pequeñajo empezó a asomarse, a mirar concentrado por encima de la mano que sostenía el papel. Y entonces me di cuenta de que nunca me aclaré con los camellos. ¿Cuántas jorobas tienen los camellos? Pues… No tenía ni idea. Me la jugué. Una. Quedaría mejor.

– Muy bien. Una joroba. Oye, te sale muy bien… Me gusta mucho.

No hay nada como que te digan que estás haciendo algo bien para que salga aún mejor… Y la verdad, no estaba quedando nada mal. Será que todos los animales vienen de los dinosaurios. Le hice cola. Y tupé. Un camello a lo Elvis.

Y cuando acabé el dibujo lo cogió con sus manitas, con todo el cuidado del mundo. Frunció el ceño y por un momento me sentí evaluada.

– A este camello le falta algo. Este camello no es feliz. ¿Por qué me has dibujado un camello triste?
– ¿Triste? Es verdad, tienes razón. Espera, ven, que lo arreglo.

Y dibujé dos sonrisas. Una para el camello, la otra, para él.

– Así está mejor. ¡Muchas gracias, Gloria! ¡¡Es el mejor camello del mundo!! Vamos a ponerle nombre…

Después de lavarnos los dientes, ponernos el pijama y contar el cuento de rigor… Le di las buenas noches al pequeñajo. ¿Y sabéis qué? Que mientras yo doblaba su ropa, había colocado el camello en la mesilla de noche, reposaba en el marco de fotos de la estampa familiar. Un camello junto papá y mamá. Por primera vez en mucho tiempo pensé que es muy fácil hacer feliz a los que te rodean. Fíjate, un camello. Un camello antes de dormir. Unos trazos sencillos, inexpertos, unas formas simples, inventadas, improvisadas… Pero suficientes. Y lo único que había hecho era imaginarlo primero. La de cosas que una aprende. Cerré la puerta con mucho cuidado.

– Gloria… Ahora no porque estás cansada después del camello, pero, ¿me dibujarás mañana el dinosaurio?
– Claro que sí, pequeñajo. Pero ahora, descansa…

Echar de menos

Hay muchas maneras de echar de menos. ¿No me crees? Yo también creía que no, pero me equivocaba. Te lo explicaré. Verás, hay tantas como sinónimos de esta expresión: echar en falta, extrañar, añorar, acordarse de, sentir la ausencia, la morriña, el vacío. Podría seguir con alguna más,  pero no lo haré, no te quiero aburrir.

Y yo creía que había echado de menos de muchas formas, pero me equivocaba, me olvidaba de esta. Eché de menos a mi hermana la primera noche que dormí sola en mi habitación. Extrañé el sol sobre mi piel aquel otoño en Estocolmo. Le añoré a él aquel verano que pasamos separados. Siento la ausencia de mi mejor amiga, y de otros muchos más, desde que me di cuenta de que no iban a volver. Vivo con el enorme vacío que dejan las personas importantes para mí en diferentes tiempos, espacios y formas de echar de menos. Y me acuerdo… Perdón. Y nos acordamos de todas las cosas que nos han pasado e incluso de otras tantas que nos habrían pasado. Hay muchas maneras de echar de menos, ya te lo había dicho.

Pero debo confesarte que este echar de menos es incluso distinto, extraño. Pero duele igual y lo peor es que no tengo ni idea de cómo enfrentarme a él. Aquellos tenían fecha de caducidad, sabía que no eran para siempre. Este echar de menos es diferente, es un echar de menos impotente, intransigente. Es un echar de menos que nace en la boca del estómago, trepa por mi garganta y agolpa las lágrimas en mis ojos más a menudo de lo que me gustaría, ya te habrás dado cuenta. Y el primero que siempre empieza a llorar es el izquierdo. Aún así, es un echar de menos tranquilo, calmado, aunque no por eso, menos malvado.

A veces me da por pensar que esto habría pasado de todas formas, que en algún momento nos habríamos distanciado, habríamos dejado de compartir muchísimas cosas. Que en algún momento ya no tendríamos nada que contar. Y aunque eso, al principio me calmó, debo ser sincera, te conozco lo suficiente para poder decir que no. Que eso no habría pasado. Así que encima, este echar de menos, se hace un poco más difícil.

¿Cómo se aprende a echar de menos a alguien que no se ha ido? Porque sigues ahí. Menos mal. Y en una mirada o en un gesto, sigues diciendo tantas cosas sin decirme nada… Y otras tantas son las que no te puedo decir yo. ¿Cómo se aprende a echar de menos a alguien que queriendo no puede estar?

La solución es bastante sencilla, pero no puedo. Lo siento. Y no me olvido, ni me olvidaré. Y hay algo que aún no sabes, pero lo descubrirás pronto. Siempre encontrábamos la solución, ¿te acuerdas? Esta vez también. Palabrita. Yo no me voy y tú tampoco. Aunque nos hayamos ido las dos. Yo no me olvido y tú tampoco. Aunque nos olvidemos las dos. ¿Que cómo lo sé? Lo sé. Porque hoy me ha dado por extrañarte a una hora muy concreta y en un lugar muy concreto, y es que alguien me dijo que el olvido tiene mucha memoria.

– ¿Memoria? Los peces no tienen memoria.
– No, claro que no… Pero las piedras sí.

Y esa pregunta y esa respuesta tenían todo el sentido del mundo. Y aunque no es suficiente, me ayuda un poco más a echarte un poco menos de menos.

… Fascinante

Alguien me ha contagiado aquello de que el mundo marino es… Fascinante. Se dice el pescado, no el pescador. Les explico. Como ya es habitual, todo empezó con una broma (como viene siendo habitual). El problema es que ahora hasta sueño con peces. En serio. Y en parte es por su culpa (sí, sí, tuya, tuya, no me vengas ahora con… Y siéntete culpable…).

Yo encantada, por supuesto. Siempre me ha gustado el mar, la playa, el horizonte lejano y si hay algo que no he hecho aún por esperar el momento, es ver el sol romper el horizonte en la playa con un amanecer. Imagínense. En fin. Me dice que cuanto más lo estudia, más fascinante es. Y además, utiliza esa palabra, fascinante. Y cuando la dice yo me la imagino con mayúsculas y una suerte de eco. Pero lo cierto es que aún no me ha dicho porqué. Cuando pregunto sólo recibo esta respuesta: “Peces, peces, peces”. Y con eso queda todo dicho. Si insisto, y saben que suelo hacerlo para encontrar siempre el porqué de todo, otra vez: “Peces, peces, peces y peces. Punto”. De ahí no salimos. Que venga Poseidón y me explique.

Pero no importa, yo deduzco que en su sabiduría adolescente, lo que se esconde tras esa única palabra repetida es que hay muchísimos secretos en el mar, que son miles de cosas que desconocemos de nuestros vecinos con aletas y que los misterios marinos son… Fascinantes. ¿Ven? Lo que yo les diga, todo se pega menos la hermosura. Los peces sí, claro, el fascinante mundo marino se pega. Así que últimamente cuando leo, escucho o veo algo relacionado con los peces centro toda mi atención. El otro día fueron las ostras. Y lo cierto es que creando en mi cabeza un paralelismo ostra-humano, apostillando una coletilla a la monocorde voz del narrador, aprendí algo de ellas. Y, créanme, fue… Lo han adivinado: Fascinante.

Las ostras necesitan, como algunas personas, aguas limpias y tranquilas para vivir, aunque no siempre es posible, ya se sabe. Cuando respiran, las ostras son conscientes de que deben abrirse, pero se cierran inmediatamente, como algunas personas, si sospechan que hay peligro cerca. Aun así, mientras permanecen abiertas, el agua que parece tan inofensiva, entra en su interior porque la necesitan para respiar, para crecer, para vivir. Como algunas personas necesitan a otras para mejorar, para aprender, para sentir. Mientras están abiertas corren el riesgo, como muchas personas, a que alguna partícula extraña entre en su interior. Cuando eso sucede, y créanme, sucede más a menudo de lo que pensamos, la ostra, como algunas personas, se cierra y no vuelve a abrirse durante un tiempo. Necesita recuperarse, necesita eliminar ese ‘extraño’ que se ha quedado dentro. Normalmente es una pequeña piedrecita. Piedras, como algunas personas. Pero entonces, como algunas personas, la ostra llora. Y con sus lágrimas de nácar va recubriendo esa piedrecita. Sólo así, la piedrecita deja de lastimarle, de hacerle daño. Exactamente igual que hacemos algunas personas cuando lloramos para cicatrizar heridas. Sólo una ostra que ha sido dañada puede dar perlas. Sólo una persona que ha sido lastimada es capaz de entender muchas cosas. Y así, la persona, digo, la ostra, con la herida ya curada, puede volver a abrirse.

De cara al documental, con una sonrisa asomando en mis labios, me di cuenta de que las ostras eran muy sabias. Son capaces de transformar algo doloroso, malo, extraño en algo extremadamente perfecto, bello y único. Y algunas personas deberíamos aprender de ellas… Y eso, créanme, fue… Exacto: Fascinante.

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Sed de piel

Hace unos días iba leyendo en el metro un artículo de un médico inglés. Hablaba de la sed de piel. Conforme iba leyendo le pareció una reflexión interesante. Le pareció una metáfora realmente bonita, aunque encerrara una dolorosa verdad. Lleva meses, quizás años ya, hablando sobre y pensando en la sed de piel. Temiendo la sed de piel. Y ella sin darse cuenta. Qué cosas.

Cuando terminó el artículo y levantó la vista se vio reflejada en el cristal oscuro del vagón. La sed de piel se asocia normalmente a los ancianos, a los enfermos, a los solitarios sin vocación de serlo… También estaba allí. En ese reflejo. En esa chica que se reflejaba en el cristal oscuro. Lo cierto es que algo se temía. Era consciente de ello, pero no se había dado cuenta. O no había querido darse cuenta. También allí estaba la sed de piel. Ella, leyendo sobre la falta de cariño, sobre los abrazos que no llegan, sobre las caricias que no se dan y que tan necesarias son. Ella, leyendo sobre la ternura que en el mundo que vivimos se ha perdido. Una ternura que no aparece al llegar a casa, por no encontrar nadie quien escuche, quien pregunte. Por no tener ganas de hablar, de contar ni de escuchar… Ella, dándose cuenta de lo sedienta que estaba desde hace tanto tiempo.

Mantuvo la vista al frente, desafiándose. Se obligó a aguatarse a sí misma la mirada. Intentando argumentar sin éxito que lo que hacía valía la pena, que le llenaba, que le hacía feliz. Pero no pudo. Sintió que las lágrimas llenaban de golpe sus ojos y no pudo contenerlas. Viajaron por su mejilla, liberadas al fin y se fundieron en sus labios. Intentó borrarlas con el dorso de la mano, y aunque consiguió secarlas en un movimiento rápido y entrenado, fue incapaz de borrar la tristeza de su mirada. Esa mirada que un día fue limpia y verde esperanza.

Sed de piel en esta primavera que cada vez se parece más al verano. Qué cosas. Y ella, sin saberlo, volcada como estaba en su trabajo, se había quedado completamente seca. Y ella, sin saberlo, pensando como pensaba los abrazos de todos menos en recibir el suyo, se había quedado seca. Qué cosas.

Un adolescente se sentó frente a ella. Hizo desaparecer su reflejo. Le dedicó una fracción de segundo y apartó la mirada. No pudo volver a concentrarse en la lectura, pero no le importó. Cerró la revista y miró al frente. Merece la pena, intentó convencerse a sí misma sin éxito. Merece la pena, se repitió.

Su parada. Mejor no pensarlo demasiado. Pasos apresurados por el andén. Sí, mejor no pensarlo demasiado. Y ya en la calle… Fíjate, el cielo sigue teniendo un color azul precioso.

Momentos fugaces

Ayer estaba escuchando música en un reproductor que no era el mío. Uno prestado. Es algo que hago a menudo. Es uno de esos desafíos imprevistos, inesperados, insensatos. Les pongo en situación. Esta vez fue un ‘te voy a descubrir a través de tu música, si me gusta, te quedas, si no, habrá sido un placer.’ Y es que a día de hoy observo mucho, aguanto poco y selecciono rápido.

No iba mal la cosa. Todo bastante normal y más bien soso. Ritmos suaves, con bajos potentes y voces cálidas. Palmadas y panderetas de las que se llevan ahora. Alguna guitarra suelta y dulce. Alguna que otra cosa que ni siquiera entendía. Eso me hizo gracia. Me recordó a aquel mes que me pasaba las horas escuchando música en alemán para que las letras de las canciones no me hablaran de él. La verdad es que además de no haber aprendido nada de alemán, sigo sin entender nada de aquel extraño abril, pero ahora sé que la música alemana no me gusta. Como tampoco me gusta ya él.

De pronto, sin esperarlo, silencio. Pero no era un silencio de los de final, era un silencio de los de principio. De los expectantes, de los tensos, de los emocionantes. Y, muy muy lejanas, unas notas de piano. Sueltas. Iban y venían. Como las olas en la playa, crecían y se apagaban. Pero se hacían fuertes a cada segundo, se abrían paso entre mis emociones, despertándolas con cuidado. No hay nada que me enamore más que una canción al piano. Herencia de verano adolescente. Y creo que por eso iban tejiendo una melodía que me atravesó. Que se hizo más grande de lo que era dentro de mí. Ocupando cada uno de los rincones de mi alma. De arriba abajo. Escalofrío. De esos que me despiertan a la vida de vez en cuando. Gallina de piel y cada latido bombeando por mis venas esa cadencia.

Incluso parecía sencillo. Parecía como si todo y nada fuera posible. Como si cada nota estuviera en su lugar, como si la combinación hubiera sido creada para mí. Hubo un momento en el que me avancé a la música y sabía exactamente qué venía a continuación. Y llegaba. Allí estaba yo, con los cascos puestos dejándome llevar por el oleaje. Con la sensación de que era mi canción. De que alguien la había compuesto para mí para que en algún momento de mi vida la escuchara y tropezara con ella como por casualidad pero para quedarse conmigo para siempre. Tuve la sensación de estar viviendo uno de esos momentos únicos. Dos de la mañana y mirando al techo de mi habitación. No todos los momentos irrepetibles son extraordinarios. De hecho, no son extraordinarios si los vemos llegar. Es sólo que tenía ese sabor de los momentos que sabes que vas a repetir en tu mente con los ojos cerrados una y otra y otra vez. Momentos fugaces. Que se escapan sin querer. Que no queremos que se escapen. Como el día de la graduación, el de las veinticinco velas y el deseo más fuerte de todos, la primera entrevista, la primera noche en vela pensando en él, el primer despido, la boda, el del nacimiento de tus niños… De los que intentas aún después de mucho tiempo recuperar la sensación de poder con todo, los nervios en el estómago, el ritmo del compás del corazón.

La última nota se quedó suspendida. Y, después, silencio de nuevo. Pero ya no era un silencio expectante, ni tenso, ni emocionante. Era un silencio doloroso, ausente, solitario, temido. Abrí los ojos. No quise volver a escucharla. Me dio miedo no volver a sentir lo mismo. Miedo. Otra vez.

¿Cuál es esa canción, verdad? ¿Es eso lo que se preguntan? Lo siento pero no puedo responder. Tendrán que encontrar la suya. O dejar que ella les encuentre.

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Mi collar de macarrones

Cuando eres mamá por primera vez sientes una enorme felicidad. Pero surgen un montón de dudas, y la primera: ¿estaré haciéndolo bien? Pero es normal, supongo que a todas les pasa. Y aunque nadie dijo que fuera a ser fácil lo cierto es que todo lo que se necesita saber en esta nueva vida, se acaba aprendiendo. Porque ser mamá supone aprender a vivir una vida nueva.

Te pasaste toda la tarde haciéndolo, ¿no te acuerdas? Primero eligiendo, después pintando y por último intentando que pasaran, uno por uno, por aquel hilo finísimo y de “mi color favorito”. Yo te observaba, desde la otra parte de la mesa hacía como que estaba leyendo, pero no me perdía ni uno de esos pequeños gestos de concentración, los grababa en mi memoria, no quería olvidarlos nunca. Era una tontería, ya lo sé, pero lo estabas haciendo por mí. Y lo hacías con tanto cuidado… Como si lo más importante de esta vida fuera ese collar de macarrones. Mi collar de macarrones.

Me pediste que te hiciera un nudo sin mirar, ¿no te acuerdas? ¡Un nudo sin mirar! Porque era “para una sorpresa muy importante y de alto secreto”. Y yo te hice un nudo sin mirar… Lo que no sea capaz de hacer una madre es porque verdaderamente es imposible.

Una noche, al cabo de los días, no te podías dormir y yo no sabía por qué. Creo que leímos cinco o seis veces ‘La hormiga más amiga de la hormiga Miga’, ¿no te acuerdas? Estabas nerviosa. Y es que a la mañana siguiente, cuando viniste corriendo a mi cama para despertarme suave, suave con un beso… Tenías que darme tu regalo. Tu collar de macarrones. Mi collar de macarrones. Así que yo lo desenvolví con todo el cuidado del mundo, con todo el cariño del mundo… Y me lo pusiste con miedo a que se rompiera. Tu collar de macarrones. Mi collar de macarrones. Entonces me abrazaste tan tan fuerte, que me saltaron las lágrimas, ¿no te acuerdas? “¿No te gusta, mamá?”, me preguntaste. “Me gusta tanto, cariño, que no me lo pienso quitar en todo el día, ni mañana, ni pasado mañana, ni al otro…”. Acabamos con una guerra de cosquillas de domingo por la mañana. Y la empezaste tú, conste.

… Y no me lo quité. Y aquí está. Nunca ha dejado de estar. Y tranquila, porque no se ha roto. Es algo que nunca se podrá romper… Tu collar de macarrones. Mi collar de macarrones.

Mamá, quería decirte que… Gracias. Porque aunque soy la tercera de cuatro, para ti todo ha sido siempre como el primer collar de macarrones.

Un día en la sabana

– Verás, creo que no lo estás entendiendo.

Que no lo entiendo. Quenoloentiendo. Después de siete meses con ellos, un manual de psicología evolutiva de 450 páginas y análisis de recreos, no lo entiendo. Ya.

– Pues claro que lo entiendo.

Pero lo cierto es que creo que no lo quería entender.

– Vale, pero creo que, se te está escapando lo más importante. No sé cómo explicártelo, son como… Ellos, ahora mismo, son como animales gregarios. Y para ellos, lo más importante ahora mismo, es su grupo. Y no van a hacer nada que perjudique al grupo o que les haga destacar. Ni siquiera aunque lo deseen. Ni siquiera aunque sea su grupo por casualidades de la vida. Ahora mismo no pueden salirse de él. Es como lo que les pasa a los leones, el grupo les protege y si se salen, los demás irán a por ellos.

– Pero…

Pero nada, que mi amiga se envalentonó. Y ese día me quería explicar lo de los leones y las cebras y me explicó lo de los leones y las cebras.

– Verás, están los leones y después las cebras. Que sí, que bueno, que vale, que las cebras también van en grupo, pero no es lo mismo. No es lo mismo ser cebra que león, estarás de acuerdo conmigo.

Como para no estar de acuerdo, vaya.

– Sí, eso sí… Pero…

– Las cebras no se escapan de la manada. Entre otras cosas porque se las comen los leones, ya sabes cadena alimenticia y demás. Y si lo hacen, si se marchan pero después vuelven, nadie las odia por haberse ido, las aceptan otra vez. Pero los leones no. Los leones te la tienen jurada de por vida. Así que como comprenderás, el león no se va a ir de la manada para buscar amigos. Y menos amigos cebras. No pueden. Las cebras se hacen amigos de los demás seres herbívoros de la sabana: los antílopes, las jirafas, las gacelas, los ñus…

Ui. Avistamiento de ñu.

– No, déjate estar de ñus.

– Bueno, que me da igual. Los leones y las cebras no pueden ser amigos. Y punto. Los leones se comen a las cebras. Se-las-co-men. Entiéndelo de una vez. Que yo, de otra cosa no, pero de cómo funciona la sabana, sé un poco.

Y ya me quedaba yo pensando en cebras y leones cuando aún apostilló:

– Ah, por cierto, en esta historia, tú eres la cebra, por si no te habías dado cuenta. Sí, sí. La cebra. Que no te coman los leones, cebrita.

Pero es que… Yo no quiero ser cebra. La cebra es… Rara.Zebra

Silencio

Es un silencio ensordecedor. Si tú no hablas, yo tampoco. Aunque los dos esperamos, desviando miradas, aguantando respiraciones. Cuando tú decides hablar, te presto toda mi atención, te escucho, pero, es verdad, donde antes coleccionaba, ahora en cuestión de segundos, pierdo todas tus palabras. No dices nada que quiera oír. Y cuando no puedes más me envalentono y hablo yo, pero disimulas muy bien. Aunque escuchas, sé que en el fondo no quieres oír lo que digo, te has cansado, ya no sientes la ilusión, y es que, aunque tú aún no lo sepas, todo se acaba. Aparecen nuevas distracciones, nuevos sueños, nuevos proyectos. Pero tranquilo, porque es así como tiene que ser. Quizás ahora te pierdo por callarme todo lo que necesitas escuchar, todo lo que debería decirte. O quizás porque aunque sé que lo sabes, no puedes oír lo que no te grito, lo que no entiendes, lo que no puedo explicar. Tantas palabras que se deshacen en tanto silencio…

No te lo creerás pero no me di cuenta, no lo escuché llegar. Calladamente se posó cerca de mí, de nosotros, sin decir nada, pero escuchando atentamente, claro. Anidó entre la duda, se alimentó de la desesperación, creció a la sombra de lo que no podía ser, no fue, no será. Nos ha separado poco a poco, pero me he dado cuenta de repente, un día cualquiera, y he tenido que entender de golpe que algo se ha roto. Y menudo golpe. Nos hemos hecho añicos con un sonido certero, tintineante, frío. Y después silencio. Un silencio que me envenena, me duele, me mata.

Tiempo, supongo. Me faltó tiempo para que escucharas todas las palabras que quería decirte, todas las que querías escuchar. Todas las que merecíamos decirnos. Pero ya has elegido y lo has hecho bien, de verdad. No te culpo. Está bien así. O lo estará. De todas formas ya te echaba de menos… La primavera ha sido tan breve.

Y así, tonto ella y tonto él se desoyen a gritos.

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Valiente

Valiente es quien se va, pero valiente es también quien se queda.

Hay portazos que suenan como signos de interrogación y hay puertas que me dan en las narices. Aunque lo cierto es que la llave, muchas veces, la tengo yo.  ¿El problema? Que otras tantas veces no sé dónde dejo las cosas.

Hay circunstancias que te llevan al límite. Y cuando has agotado todos los cartuchos con los que disparar contra la realidad intentando hacerla más llevadera, llegas a la parada ‘es lo que hay’. Correspondencia con las líneas ‘resignación’ y ‘a la mierda todo’.

Pues sí. Es lo que hay.
En la vida hay cosas… Y luego deja de haberlas.

La infeliz de mí en el pasado aún se estaría preguntando: ‘¿Ya? ¿Ya está? ¿Eso es todo?’ Lo bueno es que he cambiado y lo cierto es que ya he comprendido que el mundo, los planetas, la madre naturaleza y todos los males de ojo no se han concentrado e ido a parar sobre mi cabeza. Como si no hubiera más personas sobre la faz del planeta. Como si todo, siempre, tuviera que pasarme a mí.

Y eso es algo bueno. Ya tengo un sitio por dónde empezar. De momento diré que no pasa nada. Por suerte alguien inventó los paraguas. Abro el mío, venga. Al fin y al cabo sólo es un poco de lluvia.

Hay varias maneras de volverse loco, y una de ellas es autoconvencerse de que nada tiene sentido. Claro, ¿por qué no? Podemos dar un toque de queda y saltar todos por la ventana el mismo día a la misma hora. Pero, ¿te cuento un secreto? Ven, ven, acércate, te lo diré al oído: Eso no hará que pare de llover.

acd0beb540ee3b2821858f2c1ead8c99Hay personas que caen en espirales. Hay espirales que se van tornando más y más oscuras a medida que giran. Existen espirales de silencio, de vacío y de mediocridad. Pero hoy quiero crear otra. Una mía. Que podrás hacer tuya, si quieres. La voy a llamar la espiral del valor. Sí. Suena bien.

La espiral del valor es una especie de club privado en la última planta de un edificio de treinta pisos sin ascensor. Llegan allí los que se han hartado a subir escaleras, los que han comprendido que los caminos en línea recta no llevan a sitios que merecen la pena, los que se han quedado parados en mitad de la carretera pero están dispuestos a empujar el coche hasta el final del trayecto.

Los que no se amilan al descubrir que en la vida hay cosas difíciles. Y que una de ellas es darse cuenta de que siempre hay dos opciones. Y digo opciones, no soluciones. Siempre podemos elegir entre ahogarnos o nadar. Incluso si me apuras, podemos flotar. Dejarnos llevar hasta encontrar la fuerza suficiente para empezar a nadar de verdad. Y quien flota, tampoco se ahoga.

En ese flotar, muchas veces, esperamos que algo o alguien venga a por nosotros. Pretendemos que, como en esas máquinas llenas de muñecos, un gancho venga desde arriba y nos lleve hasta la superficie. (El gaaaancho).

Pero un día abres los ojos. Y aunque sigue igual de oscuro, te das cuenta de que a tu alrededor hay más cosas. Te das cuenta de que por cada cosa mala, hay una buena a la que no estabas prestando atención. Ese mismo día entiendes que nos han dado la actitud y la voluntad como escudos protectores. Comprendes que la cuerda te la tienes que querer dar tú mismo, y de que aun así, hay gente esperando a que entres en la espiral del valor. Ese día en el que comprendemos que las opciones nos las damos nosotros. Que, al igual que nadie nos puede decir lo que hacer, tampoco nos pueden decir qué no hacer.

Que las explicaciones que damos a los demás son las explicaciones que nos queremos dar a nosotros mismos y que a veces hay que enseñarse y corregirse hacia dentro. Y por supuesto que a veces la vida no es justa. Pero, ¿acaso nosotros lo somos siempre?

Claro que llueve. Llueve, truena y nieva. Pero nadie puede impedir que te pongas el chubasquero. Y sí, es verdad. Es lo que hay, pero no es todo.

Y, ¿sabes qué? Hoy soy un poquito más valiente.

¡Salta!

– ¡Salta! No te lo pienses. ¡Si te lo piensas no saltarás!
– ¿Y si no quiero saltar?
– Pero, ¿tú has visto el agua? Sé que la sensación es extraña, que tienes un nosequé queseyó en el estómago, que te da por reírte sin motivo porque estás nerviosa, la piel de gallina y casi casi la respiración entrecortada… Pero asómate un poco. ¿Lo ves? El agua está tranquila, tiene un color precioso y si te fijas bien puedes ver hasta peces de colores.
– ¡Que tengo vértigo!
– Mentirosa… Lo peor que te puede pasar es que te guste y quieras volver a saltar.
– ¡Mentirosa tú! ¿Y si me abro la cabeza? ¿Y si los peces no son peces y son pirañas? ¿Y si realmente desde aquí no vemos bien, hay corrientes y aparezco en… Qué sé yo… Madagascar? ¿Y si ahí abajo hay… Dinosaurios?
– ¡Salta!
– ¡Que no quiero! ¡Que no estoy preparada!
– ¡Salta!
– Pero, ¿y si me hago daño? ¿Y el rasguño? Toda la vida con la cicatriz…
– Las cicatrices llegarán saltes ahora o dentro de unos meses. No pierdes nada. ¡Salta!
– ¡Que no! Tú te hiciste daño al saltar.
– Pero salté. Y me arrepiento de muchas cosas, pero no de haber saltado. Además, ya no me acuerdo. Llega un momento en el que sientes todas las cosas que nunca hiciste, pero no te lamentas nunca de lo que sí hiciste. Y ahora estás aquí. Además estamos hablando de ti, no de mí…
– ¡Que no, que no! Quita, quita, ¡me voy!
– No te voy a obligar, parece que tenga yo más interés que tú… Pero te olvidas de algo.
– ¿De qué?
– De que no saltas sola. De que siempre hay alguien dispuesto a saltar contigo.

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Hacer el verano

Hace tiempo que se acabó el verano, se acercó el otoño, entró el invierno y ahora ya viajo hacia la primavera. Les confesaré algo: temo el verano. Porque fuimos nosotros quienes hacíamos los veranos. Porque nunca fui tan feliz contigo como aquel verano. Así temo al verano. O quizás el verano sin ti.

Ya lo sé, llevo unos meses perdida. Para qué me voy a engañar. No sé qué pasa. Si tú no me lees, yo te escribo. Si tú me escribes, yo no te leo. Si tú te olvidas ya me encargo de recordarte. Y si tú recuerdas ya hago yo por olvidar. Me di cuenta de eso escuchando a Sabina. Qué grandísima ironía. Decía que aún quedaba verano. Qué mentiroso. Pero fue suficiente para mí: me armé de valor, te pregunté qué tal iba todo y contestaste. Pero no dio para más. Ahora se repetirán las conversaciones del día de mi santo, de mi cumpleaños, ¿Navidad? Ya sabes, nunca fuiste muy original al buscar excusas para hablar conmigo. Y yo siempre fui más de fechas al azar que después se convertían en mías.

Hoy es 21 de febrero. ¿A que no adivinas qué día es hoy?

Pero si vuelves, yo te seguiré contestando igual a pesar de tus inútiles intentos por cambiar las preguntas. Y es que todas quieren saber lo mismo.

Puede que los tontos sean así y cuando meten la pata, se les queda cara de tonto para toda la vida. Por eso quizás se marquen los días especiales en el calendario. Porque como son tontos, se les pueden olvidar. Y entones aparecen como un triángulo (irrompible, ejem) en rojo. Días donde se nos permite comprar un poco de ese cielo donde estuvimos alguna vez. Un cumpleaños equivale a… Déjame pensar… El día de la conmemoración de la idiotez. El de mi santo era… Espera… Vaya, no lo recuerdo. ¿Tenía santo? ¿Y Navidades? Sí, esa sí, esa me la sé…. Ese es el día de pedir perdón cuando no hay nadie para escuchar.

El ciclo se cierra, ya no hay más fechas y se vuelve a empezar. Pero no otra vez. Nunca hay otra vez como la primera.

Si hace unos meses me hubieras preguntado, te hubiera dicho que no quiero zonas grises. Que el único color que quiero ver es el de tus ojos. Te hubiera dicho que ese año no tenía que acabarse en verano. Que por mí no hacía falta que llegara el invierno para saber lo que quería… Porque sólo quería hacer el verano contigo.

Pero, ¿y hoy?

Noche en blanco

Hoy ha sido una de esas noches en las que no he pegado ojo. Creo que me he dormido cerca de las cinco de la mañana. Aún no he acusado el sueño. Será que todavía soy joven. ¿Y saben? Es un alivio. Últimamente me da por pensar que he dejado de serlo. Será la juventud que me rodea, que me hace parecer mayor. Para hacer honor a la verdad debo confesar que desde hace años sé que no lo soy tanto, pero supongo que las decisiones que tomaba podían no ser definitivas. Supongo que ahora lo son un poco más.

Los que me conocen sabrán que hablo del cuatrimestre en Arquitectura, de la persecución de un sueño con gabardina y gafas oscuras, de las dos carreras a la vez, de la compra de un billete de avión desde una cuenta con 30 euros… Todas ellas tienen algo en común. Sí. La noche en vela que precedió. Exactamente igual a la de esta noche. Esta noche he tomado una decisión. Y es que llevo unas semanas pensando que la cuesta de enero era demasiado cuesta para mí. Creo que hasta Navidad me moví por inercia. Por la adrenalina del comienzo. Que no me paré a pensar. Pero mis pensamientos son así y este me asaltó sin avisar. Hace poco. En una clase de francés. ¿Y si yo…?

No le dí importancia. Sacudí la cabeza, en un intento por hacer desaparecer ese pensamiento. Lo consegí. Pero en realidad, lo único que conseguí fue algo de tiempo antes de que volviera, días después, con más fuerza. Oportuno como él sólo, volvió mientras explicaba la vida de Ana Ozores. Ya saben, siglo XIX, la ciudad dormida que hace la siesta y el triángulo amoroso porque la señorita se aburría. Ellos no se dieron cuenta. Siguieron tomando apuntes. Pero apareció ese: ¿Y si yo…?

Así que después de una semana realmente larga, dura, de mil reuniones y una particular extra (sin merienda) ha llegado la “noche en blanco”. Apareció la balanza flotando en el techo de mi habitación. En el lado izquierdo, el sueño. En el derecho, el camino.

Media vuelta.
– Si quieres ser profesora tendrás que enfrentarte a ellos. Siempre van a ser hormonas con patitas.
– Sí. Ellos sí, pero yo no seré siempre la misma. Quizás sólo que necesito un poco de tiempo.
– ¿Tiempo? Tiempo es precisamente lo que no tienes. ¿Sabes lo que tienes? Tienes miedo. A no estar a la altura, a no conseguir que aprendan, que no se interesen o no muestren interés. A tener que marcharte antes de ver resultados. ¿Pero sabes qué? Que las hormonas con patitas no demuestran interés y que puede que los resultados no los veas tú, ni te los agradezcan a ti, ni sospechen que fueron por ti. Pero no por eso debes dejar de intentarlo.

Media vuelta.
– Me da la sensación de que no lo estoy consiguiendo. De que no escuchan, no trabajan, no les interesa. Y lo que es peor, que no quieren escuchar, no quieren trabajar y no hacen porque les interese. Es muy difícil levantarse sin que nadie te eche una mano. O te susurre alguna que otra palabra de aliento de vez en cuando.
– Será que no necesitas de nadie.
– Créeme que sí.
– Pues ese alguien aparecerá. Ten paciencia.

Media vuelta.
– Cuando alguien enseña, dos aprenden. Sé egoísta por una vez en tu vida. Te lo mereces. Aprende tú, y de ellos, que aprenda quién quiera.

Media vuelta.
– Además, que yo te he visto. Que te gusta lo que haces. Que llegas a casa y no paras de pensar, de inventar, de estudiar. Y todavía no te he escuchado quejarte por eso. Te quejas por ellos. Pero ellos… Son ellos. Y no son todos. Hay a quien le gustas. Y sabes que es verdad.

Media vuelta.
– Es verdad. Seguro que hay alguien, alguna personita habrá por ahí sentada en uno de esos cien pupitres. Alguien con un cajón desastre, subrayando con líneas tuertas y poniendo ‘porque molamos’ como ejemplo de Oración Subordinada Adverbial Causal. Y quizás sea eso lo que tengo que buscar. Quizás si consigo que uno entre cien aprenda algo… Sí. Quizás sea eso. Uno entre cien. Y estoy segura de que ese uno valdrá la pena.

Cuando he mirado el reloj eran las dos. Hora de pedir un deseo, Cenicienta.
Deseo… Tiempo. Y el final, en el final.

Time

Ayer…

b623965f2134ab5748f59cc67889eeafAyer me acordé de ti. No pecaré diciendo que no hay un porqué… Porque lo hay y lo puedo admitir. Hasta ahí puedes leer.

Ayer me acordé de ti. Y lo hice sabiendo lo que hacía. Sabiendo qué iba a encontrarme. Ni siquiera necesité pensar dónde te había escondido. Tú no te me olvidas. Aparté unas cajas, moví unos libros de la estantería… Y allí estabas. Dentro de una caja de metal. Suspiré y no me sorprendí al volver a tenerte entre mis brazos. Fue como si hubieran estado esperándote y fue como si nunca te hubieras marchado. Allí estabas. Junto a esa cinta de música que grabaste para mí. Allí estaban tus libros y la tecla de piano que me regalaste sobre papel. Allí estaba el primer amanecer y todos los amaneceres que me prometiste después de ese. Los viajes en tren y las entradas del cine de verano. Las estrellas fugaces de pedir deseos. La partitura que me dedicaste. Y desde la foto de un verano, del último verano, me sonreías. Y yo contigo. Sonreíamos. Sin saber que iba a ser la última. Nunca pensé que nosotros fuéramos a tener de eso.

Y me perdí en las hojas de un libro que creamos con momentos congelados. Nos vi paseando por Barcelona. Nos vi en aquel concierto en el que te dormiste (aunque apuesto tu mano derecha a que sigues negándolo). Te vi en Berlín mandándome besos. Y en la Estación del Norte comprándome un trocito de cielo y una nube viajera. Te ví enfrascar la felicidad en 3 minutos y 21 segundos: lo mismo que dura mi canción favorita en un piano. Y te odié por haberte equivocado. Me pregunté por qué dejó de sonar nuestra canción. Me pregunté que hubiera pasado si tú… Pero justo entonces volví a guardarte. Moví unos libros de la estantería y puse en su sitio unas cajas. Y suspiré.

Ayer me acordé de ti. Y contigo me acordé de esa rubia de ojos verdes demasiado diferente a la que vive ahora en mi piel. Me pregunté dónde está esa chica que creció a tu lado. La segura de sí misma. La deseosa de vivir un presente que era sólamente suyo. La que era capaz de pasar horas viéndote acariciar las teclas de un piano. La inmadura, la serena, la tranquila, la callada y la de todolocontrario. A ella no la encuentro por ninguna parte y la echo de menos.

Ayer me acordé de ti. Me pregunté dónde estarás… Y si te acordarás de mí.

¿Lo has sentido?

Coffe shopMe preguntas desde la otra parte de la mesa. La parte segura. La que no se siente interrogada.

Y en tus ojos leo inocencia. Leo curiosidad. Leo ese necestitar escuchar que todo saldrá bien. Que hay un plan. Que todo llegará… Que tú también lo sentirás.

– Y tú, ¿lo has sentido?

Sabía que la pregunta llegaría. Y me pierdo, una fracción de segundo, no te creas, en mis recuerdos… Y busco. Y aún respondiéndote debo huir de la respuesta.

– No. Nunca lo he sentido. ¿Ese momento en el que besas a alguien y deseparece todo lo que hay a tu alrededor? ¿Ese en el que lo único que existe eres tú y él? ¿Ese en el que te das cuenta que el chico al que besas es el único chico al que debes besar durante el resto de tu vida? ¿En el que sientes por un momento algo asombroso y quieres reír pero al mismo tiempo te dan unas ganas tremendas de llorar? ¿Ese en el que te inucas de felicidad al encontrarlo? ¿Ese en el que desapareces de trsiteza ante el temor a que se pueda marchar al mismo tiempo? ¿Ese?

Desvío la mirada y sonrío. Y sé que una vez más las mejores historias están hechas de recuerdos… Y mentiras.

– No. Nunca lo he sentido.

Brindemos

Se levanta temblorosa de su silla. Sabe, porque se lo han dicho, que al novato siempre le toca brindar. Y ella es novata en muchas cosas. Se aclara la garganta pero apenas nadie percibe el cambio en la sala. Espera. Codazos, risas apagadas. Y empieza porque poco le importa que no le escuchen. Pero justo así los murmullos se apagan y sus palabras captan toda la atención.

– Al novato siempre le toca brindar – comienza temblorosa – Y yo soy novata en muchas cosas. Así que hoy brindo también con ustedes si me lo permiten. No he llamado su atención con ese molesto soniquete de la cucharilla del café contra mi copa. Sólo escuchen si lo desean, al fin y al cabo, el brindis es mío… Brindaré por lo que quiera y la mitad no lo entenderán. Pero es mi brindis. Hagan ustedes el suyo.

Hoy quiero brindar por esa persona a la que no llegué a conocer, por todos los momentos que no pasé a su lado, por todas esas historias que me perdí, por las oportunidades que no sé si coger, por los asuntos del corazón que la razón no entiende, por la casualidad…

Porque olvidar es aprender a no recordar y he aprendido demasiado bien. Brindo por mis olvidos; porque, como dice el gran Sabina, no hay nostalgia peor que añorar lo que jamás sucedió. Porque no hay mayor fracaso que el de no haberlo intentado. Aunque en mi caso, señores, no piensen que no lo intenté.

Brindo por la falsa indiferencia, por los “nos volveremos a ver”, por las películas que no hemos visto, por sus lugares favoritos, por sus caprichos y sus manías, por su sonrisa, por los buenos y malos momentos, por todas las bromas que no le he gastado, por su mirada, por reírme con sus tonterías sin sentido, por su perfume, por los besos que nunca le di.

Porque pensar demasiado nunca fue bueno, porque es mejor ser una tonta con iniciativa. Porque siempre supe que ser fría y calculadora no vale la pena. Porque los años pasan vacíos. Porque no vuelven. Porque el movimiento nunca se demostró huyendo.

431681fb4bc0acfeea058cefe9456030Hoy brindo por todo lo que no hemos sido. Ni somos. Ni seremos… Porque no nos atrevimos.

Sobreviví

Hoy me siento después de tres meses de tensión, de trabajo, de muchos proyectos. Hoy. Exactamente después de 100 días. Debo confesar que ha sido una locura. Después de aquel: “Gloria, contamos contigo para este curso”, mi vida ha cambiado mucho. Y todo por conocer a 103 personitas que se sientan todos los días frente a mí. Quién lo diría.

Estoy contenta. Muy contenta. Creo, aunque no quiero decirlo en voz muy alta, por si acaso que he encontrado mi sitio. La mayoría de vosotros, los más avispados claro, esperáis expectantes cada vez que toca Lengua porque queréis descubrir qué material he preparado para llenar 60 minutos de reflexión, de aprendizaje, de educación. Excepto aquel lunes fatídico… Claro. Me disculpen mis alumnos de cuarto por esa lectura-resumen-subrayado-15ejercicios-ampliacióndefotocopias. (Pero os lo merecíais, no me vengáis ahora…).

Porque me encanta explicar la naturaleza cíclica de los poemas de Bécquer, porque me invento formas personalizadas para que entendáis la deixis, porque cada vez que intento convenceros de que nuestro Plan Lector es la bomba, os veo sonreír. Porque (aunque no sé cómo lo consigo) cada vez que explico sintaxis aparece ‘El dinosaurio verde de mi tío…’ y ya lo hemos adoptado como mascota. Porque con cada una de vuestras redacciones veo que os esforzáis, que queréis mejorar, que valoráis y respetáis las palabras.

Porque espero que algún día reconozcáis su poder, el poder de las palabras. Y, ¿por qué no? Porque espero que en algún momento de vuestra vida, cuando miréis atrás, os acordéis de mí. De la profe de lengua que os enseñó a diferenciar sobre todo de sobretodo. Que os enseñó que no cometer faltas de ortografía es sólo una muestra de respeto. Que os enseñó a ordenar con coherencia todo eso que tenéis en vuestra cabecita loca. Porque para mí, casi desde el principio, sois más que mis alumnos. Sois parte de mí. Y porque seguramente, por mucho que pase el tiempo ya no podré olvidar ni aunque me lo proponga, a mi primera promoción de hormonas con patitas.

Sin título

Sí. Sobreviví. Y que comience el segundo trimestre…

Vidas cruzadas

Sin saberlo. Sin querer. O quizás queriendo… Aún la andaba buscando. Ignorando que ya no era ella. Bueno, era ella, sin duda: su esencia, su mirada, su alma. Pero no era ella. Aunque hasta ella misma ignoraba que no era ella. Desde hacía tiempo tenía nuevo trabajo, nuevos amigos, nuevo corte de pelo, nuevos zapatos… Nueva vida. Igual pensó que la encontraría en el mismo sitio. Puede que esperara verla sentada en los escalones de aquella lonja o tomándose un té calentito, por eso del frío si no estás. Que le estaría esperando, quizás. Matando el tiempo. Otra vez. Sin más. O igual sólo pasaba a saludar, sí, ese conocido qué tal te va que tan poco gusta. Ese “quiero saber, pero tranquila, tampoco quiero saber tanto. Yo pasaba porsiacaso”. O quizás fuera ese ansia por saber si tomó la decisión adecuada. Si es que en algún momento paró a pensar.

Quién sabe.

Pero qué más da, ¿verdad? Seguro que pensaba: ¿qué se podría romper que no se hubiera roto ya? ¿Que esta no es la pregunta correcta? Vaya, disculpe, otra vez: ¿es que queda algo por romper?

Olvidó que era una chica fuerte, que esta vez se había obligado a sí misma a no mirar atrás. Le faltó comprender que lo que estuvo no está, que lo que viene, se va. Sí: ilusa era, ilusa es, ilusa será al pensar que no tiene nada que perder. Pues maldito tiempo perdido. Ahora esas tardes de otoño no van a volver, no hay nada que hacer. Y lo que se escribe ya no cura, no es bálsamo. Ya no construye, sino destruye esta habitación rota, con paredes rojas y un sistémico tic-tac, que ahora tiene cerrada. Por reformas, claro. Y no, no hay cartel de pasen y vean.

Igual cierra por envidia. Envidia por ese saber abandonar sin complejos que a él tanto le caracterizó, porque sabe que se irá lejos, o  hasta por saber que no pondrá empeño en volver.

Qué triste. Qué triste cuando lo das todo por nadie. Y qué amargo. Qué amargo cuando nadie, lo es todo.

“En la vida nos encontramos con gente muy valiosa, personas a quienes querríamos conservar siempre a nuestro lado pero que, por razones que no dependen de nosotros ni de ellos, se ven obligados a marcharse. No es que nos abandonen de buen grado, ni que seamos culpables de no haber sabido retenerlos; es sólo que, a veces, no puede ser de otro modo. En ocasiones he amado profundamente a seres a quienes he perdido, y tal vez por eso se escribe, para recuperarlos y caminar, por unos instantes a su lado. Como si nada hubiera cambiado.”

La princesa y el pescador, Minh Tran Huy.

Tus guantes

– Espera, quiero decirte algo.
– Dispara.
– Pues que he pensado que está haciendo bastante frío ya y que no quiero esperar a Navidad. Lo prometido es deuda.
– Pero no tenías que…
– Venga, ábrelo.

Y ella lo abre escéptica, claro.

– Unos guantes… Vaya. Pero tú sabes que mi frío no desaparecerá bajo lana.
– Lo sé. Y sé que esto te parecerá una tontería. Pero…
– No. No lo es. Gracias.
– Estás… ¿Estás llorando? ¿Tan feos son?
– No, no es por eso, ya sabes que…
– Lo sé.

Él levanta la mano y desliza sus dedos por su mejilla intentando borrar las lágrimas. Descansa en su barbilla y levanta su rostro suavemente, obligándola a mirarle.

– Sé que estos guantes no harán que se vaya el frio. Pero no pasa nada, si quieres, poco a poco iré regalándote el kit completo: bufanda, gorro, manoplas y… ¿Orejeras? No, orejeras no, nunca me han gustado las orejeras. Y en el caso de que me atreviera y te dejaras, quizás un suéter, de esos calentitos y gordotes… Ahí está. Esa es la sonrisa que quería ver. Me alegra verte sonreír. Tienes una sonrisa preciosa. Pase lo que pase, prométeme que no la perderás. No sé bien porqué, pero siento la necesidad de derretir todo ese hielo que recubre tu corazón. Necesito que vuelvas a creer. Necesito que creas que podemos.

Y es verdad, no puede evitar la sonrisa. Y esa sonrisa, sin que ella lo sepa, comienza a deshacer las nieves de su eterno invierno. Y, quién sabe, con el paso del tiempo podrán contar que todo empezó con una tontería, con unos guantes de lana. Con unas manos entrelazadas.

Las tuyas entre las mías.

Perfect for me

Sal solito

Del frío que hace se me han congelado hasta las ideas. Las pocas que tenía, claro. Del frío que hace sólo me apetece enterrarme en mi edredón y sacar mis bufandas. Del frío que hace sólo quiero recuperar el calor suficiente para que mis constantes vitales vuelvan. Del frío que hace…

El invierno, tan en su estilo, tan en su querer pillarnos desprevenidos. Parece que ya está aquí. Parece. Yo no me fío. Ese es más veleta… Pero este frío me pilló en mangas de camisa. Y ahora

¿No tienes frío? No. Tu calor me mantiene a salvo. Quédate un poco más, sólo un poco, por favor.

 

Pagando el precio

Hace unos días, mi mejor amiga me decía por enésima vez aquello de:

“¡Tú tranquila! Que todo pasa por algo”

Quizás sea verdad. Quizás no. Quizás sea que cada vez más gente intenta justificar lo que pasa. Los actos. Los suyos y los de la vida.

Hace años me hubieran tenido que torturar para que dijese algo así. Yo era más de cabrearme con el mundo, subirme al ático de mi alma y esperar a que pasara la tormenta. Me enfadaba sin más y no me daba cuenta de que en realidad sólo me enfadaba conmigo. ¿Saben qué? Desenfadarse con uno mismo es muy difícil. Palabrita.

Pero ahora creo que sí. Creo que a veces Dios, Buda, Alá, el Universo, la Vida o como quieran llamar a ese nosequé que está allí arriba o abajo, hace las cosas por algo. Aunque normalmente nosotros tardamos toda una vida en entender por qué.

truePero sé seguro que todo esto les debe sonar. Y seguro que si ahora miran atrás, se darán cuenta de que si no fuese por lo que les pasó, ahora no estarían donde están. Que aquel momento en el que pensaban que ya nada merecía la pena era simplemente el principio de algo muchísimo mejor.

A veces la vida nos golpea. Y lo hace fuerte, claro que sí. Es entonces cuando nos da forma. Y nos cabreamos con ella porque no nos gusta cambiar a la fuerza. Hay veces en los que la vida se convierte en un ring de boxeo. A veces ganamos. A veces perdemos. Pero siempre aprendemos. A veces, incluso, no pegan con tanta fuerza que hasta colgamos los guantes. Y es que a veces necesitamos dejarnos caer. Caer, caer, caer… Hasta el fondo. Hasta el fondo de nosotros mismos. Y sólo cuando sentimos la cara pegada a ese fondo empezamos a nadar hacia arriba. Sin parar.

Que sí, que tienen toda la razón, que hay golpes que no se olvidan. Pero la vida, que es muy sabia, nos lleva donde tenemos que estar. Si tiene que hacerlo a patadas, lo hará, estense tranquilos, pero nos llevará.

Recuerden que siempre hay que pagar peajes para llegar a los sitios, que las cosas se acaban, pero también empiezan. Pero sobre todo recuerden que hay principios que valen el precio de un final. Y que a veces vale la pena pagar ese precio. Así que compren ese billete, pónganle el destino que quieran… Y vivan.

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¿Tú y yo?

– ¿Tú y yo, algún día, pasearemos juntos bajo ese cielo estrellado, papá?

Lo dijo con esa voz tan dulce a la que no puedes negarle nada. Señalaba una fotografía del desierto, con las dunas donde se imaginaban las pisadas de un camello e infinitos puntos plateados en la bóveda celeste. El National Geographic se la había llevado a Egipto.

Asentí. Deseando con todas mis fuerzas aparentar calma y disimular mi miedo.

– Claro, princesa.

Colocó la revista junto a las otras, en el montón de la sala de espera. Y volvió a sentarse a mi lado, a esperar. La ví balancear despreocupada las piernas mientras leía los carteles de las paredes.

Y entonces me preguntó:

– Papá. ¿Qué significa oncología in…?Significa que no te imaginas cuánto te echo de menos S.

Quizás un poco de sal

Te prometo que con el tiempo seremos capaces de plantar un árbol. Pero también que antes compartiremos tantos sentimientos… Puede que para ese entonces nos hayamos dedicado un ‘me encantas’ y algun que otro ‘no quiero vivir sin ti’. Miradas infinitas y dulces caricias. Lo sé, porque no soy tonto, que tendré que enamorarte y que no eres una chica fácil. Sé también que llegará el momento en el que nos incomodaremos y en el que nos acostumbraremos a vernos. Me propongo, desde ya, hacerte reír. Y sé que superaré, cual guerrero templario, ese tiempo en el que te seré indiferente.

Entonces me conformaré con aprenderme tus horarios, con coincidir brevemente, con sujetarte la puerta al entrar en el portal, quizás. Puede que de ahí en adelante seamos sólo holas y adioses. Seamos esos qué frío hace y parece que no va a llover.

Pero hoy, aquí y ahora, prometo enamorarte. Y hoy, aquí y ahora, doy el primer paso. Bajo ese primer escalón. Hoy, aquí y ahora, me lleno de valor y bajo al segundo. Llamo a tu puerta y te pido… No sé, quizás un poco de sal. Allá voy. Espero que estés en casa.

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Océano mar

Bartleboom tiene treinta y ocho años. Él cree que en alguna parte de la inmensa ciudad encontrará algún día a una mujer que, desde siempre, es su mujer. De vez en cuando lamenta que el destino se empeñe en hacerle esperar con obstinación tan descortés, pero con el tiempo ha aprendido a pensar en el asunto con gran serenidad. Casi cada día, desde hace ya años, coge la pluma y le escribe. No tiene nombre y no tiene señas para poner en los sobres pero tiene una vida que contar. Y ¿a quién sino a ella? Él cree que cuando se encuentren será hermoso poner en su regazo una caja de caoba repleta de cartas y decirle:

– Te esperaba.

Ella abrirá la caja y lentamente, cuando quiera, leerá las cartas una a una. Retrocediendo por un kilométrico hilo de tinta azul recobrará los años, los días, los instantes que ese hombre, incluso antes de conocerla, ya le había regalado. O tal vez, más sencillamente, volcará la caja y atónita ante aquella divertida nevada de cartas, sonreirá diciéndole a ese hombre:

– Estás loco.

Y le querrá para siempre.

Océano mar, Alessandro Baricco.

romper_1Como aquel ‘te quiero desde antes de conocerte’, ¿te acuerdas?

Marco… Polo

El nombre de ella no importa, se lo pueden imaginar. Pero él se llamaba Marco. Se conocieron un atardecer lleno de promesas y en la orilla de una playa llena de conchas. No hubiera podido ser de otra forma, pues algo de sirena tenía ella y algo de marinero tenía él. Imagínense. Llamándose Marco y con el océano a sus pies. Aquello no olía a mar, olía a amor de verano.

– Nunca me he bañado de noche, bajo las estrellas.

No era una invitación. Ni tampoco una provocación. Era un pensamiento en voz alta.

– Quédate aquí. Ahora vengo.

Y se levantó de la arena casi sin que él tuviera tiempo a reaccionar. Se deslizó dentro del agua sin hacer ruido. Se quedó muy quieta, agachada, con el agua rozando sus labios. Pasados unos segundos cerró los ojos y se sumergió del todo. Disfrutó de esa sensación de calma y paz que la invade cuando está bajo el agua. Empezó a notar que necesitaba una bocanada de aire, pero siguió dentro, con los ojos cerrados, inmóvil. Ingrávida. Recordó de pronto que no era una auténtica sirena y volvió a la superficie. A la realidad. A Marco.

Marco no tenía ni idea del estado de su corazón. Marco apenas sospechaba lo que su mirada intentaba decirle. Y Marco, sin hacer ruido, cuando no pudo más, decidió lanzarse y encontrar en vez de buscar. Ella le llamó inocente.

– ¿Marco?
– ¡Polo!
– ¡Marco!
– ¿Polo?
– Marco…
– … Polo.

Así se fue acercando en silencio. Ella lo notaba. Iba sintinedo su voz cada vez más y más cerca. Las olas, provocados por sus movimientos en el agua, imperceptibles, acariciaban su espalda. Al final él susurró su nombre suavemente en su oído provocando, sin querer queriendo, un escalofrío que recorrió su espalda. Le cogió de la cintura y entonces sus ojos le contaron todo lo que habían estado callando. Aunque a él no le importó, sabía tan bien como ella que el verano se estaba acabando. Pero al igual que Ulises, este marinero tenía Penélope e Ítaca a la que regresar. Y ella ya advirtió que algo de sirena tenía. Así, porque no podía ser de otra forma, fue mi última noche de verano.

El verano de los tres mares

– ¿Por que vienes todos los días a la playa?
– Me gusta el mar.
– ¿Y por qué te gusta tanto el mar?
– Porque me calma: cada ola que se aleja arrastra mis miedos, mis dudas, mis inseguridades. Y porque cada mar es diferente…

IMG_6323Este ha sido para mí el verano de los tres mares: Cantábrico, Atlántico y Mediterráneo. Me he asomado a todos ellos. Y, no sé muy bien cómo, me he bañado en todos ellos. El primer baño de la temporada fue en junio, cuando me perdí en la costa cantábrica. Mucho me temo que una parte de mí se quedó allí para siempre, entre sus acantilados imposibles. El Cantábrico es fuerte, revoltoso, frío. Juega contigo y te atrapa entre sus olas. Pero es que no sabe ser de otra forma. No os lo creeréis, pero me bañé en sus aguas. En sus frías aguas. Ya no recuerdo de dónde saqué la fuerza, pero la saqué. Me véis correr. Y es que huía. De todo y de todos. Pero no lo conseguí.

El segundo fue el Atlántico. Un largo viaje hasta la costa y la promesa del mar infinito. Fue como IMG_8641cuando hace tiempo que no ves a un amigo. Un reencuentro emotivo. Fue ese: ‘Por fin nos vemos, ¿verdad?’.  Y mientras caminaba por su orilla, le iba contando mil cosas. Como cuando intentas poner al día a ese viejo amigo. Kilómetros y kilómetros de costa, horas y horas paseando y ni siquiera me dio tiempo a contarle los últimos meses. El baño en sus aguas fue como un renacer. Me hizo sentir bien, como  cuando vuelves a casa después de un viaje muy largo. Pero el Atlántico se me hizo corto. Y la despedida fue ese tímido ‘Volveré pronto, ya lo verás’ que los dos sabemos que puede ser eterno.

De vuelta a casa, el Mediterráneo. Mi mar. Cantábrico y Atlántico me hicieron fuerte, mi Mediterráneo me mima. Cura mis heridas como ningún otro. Me entiende y me susurra con las olas que todo saldrá bien. Tiene la mirada limpia, profunda, tranquila. Me acompaña con el rumor de su oleaje y me invita mar adentro haciendo que la espuma juguetee entre mis dedos. Me trae botellas náufragas con mensajes en lenguas extrañas. Me devuelve la esperanza de una travesía segura. La tibieza de sus aguas me calienta el corazón.

– … Porque no entiendo mi vida sin el azul del mar, sin el olor del mar, sin la brisa del mar. Porque cuando cierro los ojos tiene el poder de llevar mi alma justo donde quiere estar. Porque esté donde esté habrá un mar al que siempre querré volver.IMG_6713

 

Los patos del Central Park

– Dígame, Howitz, ¿pasa usted muchas veces junto al lago del Central Park?
– ¿Qué?
– El lago, ya sabe. Ese lago pequeño que hay cerca de Central South Park. Donde están los patos.
– Sí. ¿Qué pasa con ese lago?
– ¿Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí? Sobre todo en primavera. ¿Sabe usted dónde van en invierno?
– ¿Adónde van, quiénes?
– Los patos. ¿Lo sabe usted? ¿Viene alguien a llevárselos a alguna parte en un camión, se van ellos por su cuenta al sur, o qué hacen?

Cuando leí a Salinger en el colegio no entendí este pasaje. No entendí a Holden y su desasosiego por saber si los patos volverían o no. ¿Qué más daban unos patos? Ahora, releyendo, lo entiendo. Los patos son todas las cosas que se van sin avisarnos; que desaparecen sin decir adiós. Como los amigos de la infancia, como algún que otro familiar, como un profesor, como la inocencia. Se van porque se tienen que ir. Porque la vida funciona así. De ahí que Holden quiera saber si los patos volverán algún día, por esa necesidad de que un adulto diga que todo seguirá igual. De ahí que quiera saber que se han ido para volver. Que no se han marchado para siempre.

Qué casualidad. Sentada en el parque veo a una niña asomada a la barandilla del estanque. Lleva pan para los patos. Lo mismo hacía yo cuando tenía más o menos su edad.

– Papá, ¿por qué dices que los patos se irán pronto? ¿No les gusta mi  pan?
– No, para nada, preciosa. Tú pan les encanta, ¿no lo ves? Pero los patos buscan zonas más cálidas para pasar el invierno, siempre lo han hecho así. Y este año también lo harán. Acuérdate que hasta tú te acurrucas bajo la manta cuando fuera hace viento y lluvia.

Apostaría mi dedo meñique a que la niña está imaginando al pato Donald tapado con una manta y leyendo en su casa junto a la chimenea. Bueno, vale, yo no lo he podido evitar:

– Sólo es eso, princesa. Pero no te pongas triste. Los patos volverán a verte. Siempre vuelven. Antes de que te des cuenta será primavera y volverán. Créeme que volverán.
– ¿Los mismos patos? ¿Estos patos, papá? ¿Freddy, Eddie y Matthew? ¿Todos?
– Los mismos patos.
– ¿Estás seguro de que serán mis patos, papá, y de que se acordarán del camino de vuelta? -dice de corrido y casi sin respirar.
– Segurísimo.

La niña sonríe y se queda tranquila.

Volverán, sí, pero ya no serán los mismos.

Principio de curso

Otro año más bajaba por la calle oliendo a septiembre y libros nuevos. Con paso decidido. Con una sonrisa en los labios. Con la ilusión del que empieza algo que le apasiona. Un montón de libros en los brazos y bandolera colgando de un hombro.  Un grupo de chicos, de los más mayores, imagina, esperan en la puerta del colegio. Aún no ha sonado el timbre y apoyados en la pared la miran acercarse por la acera. Ella conoce esa mirada. Empiezan a darse codazos.

– Vamos, chicos, no lo hagáis. No lo hagáis. No lo hagáis… ¡Por favor, por favor, por favor! Hoy no – piensa. Pero sabe que es en vano.

– Mirad qué tía viene por ahí… ¡Eh, tú!, dile algo.
– Pero qué dices tío… Seguro que viene al colegio. Y como sea la nueva y venga a nuestra clase…
– ¡Marica!

Entonces el chico se envalentona. La verdad es que es mona, aunque ahora mire hacia otro lado e intente disimular.

– Eh… Perdona… ¿Tienes fuego?
– No, lo siento.

Acto seguido la chica entra en el colegio.

Ups.

Y al valiente le falta poco para rezar pidiendo que no entre en su clase.

Los chicos le empujan, se ríen, bromean: ¿Tienes fuego? ¿Tienes fuego? ¿Tienes fuego? Y esa preguntita  les hubiera garantizado las risas de las tres primeras horas de no ser porque…

– Buenos días a todos. Por favor, sentaos en silencio, vamos a empezar. Soy vuestra nueva profesora de Lengua y estaremos juntos durante todo este año. No sé qué nivel tenéis pero sí el que quiero que alcancéis cuando el curso termine. Sabéis en qué curso estáis y lo que os jugáis. De manera que no tenemos mucho tiempo que perder. Sólo deciros que espero que me reconozcáis, de ahora en adelante, como vuestra profesora… Para que no vuelva a haber equívocos desagradables.

El chico de última fila (no podía ser de otra forma) se sonroja, agacha la cabeza y meterse debajo del pupitre empieza a parecerle una buena idea.

Y sí, es cierto, apenas se llevan más de cinco años. Y sí, es cierto, ella siempre ha parecido más joven de lo que es. Y sí, es cierto, los libros de Bachillerato que lleva en los brazos podrían haberles confundido. Y también es cierto que sus ojos les hubieran dicho que no era buena idea. Pero no le miraron a los ojos precisamente.

Suena el timbre, tengo que irme. Feliz curso a todos.

Septiembre

Septiembre no es un mes normal, no es como los demás. No es un mes que está, es un mes que vuelve. Que se empeña en volver, mejor dicho. Porque a nadie en su sano juicio se le ocurre llamarle, ¿verdad? ¿Verdad? ¿VERDAD? Todos pensando en disfrutar del verano, ¿quién se acuerda de llamar a septiembre? Pero él se empeña en volver.

Pues no me importa. He sobrevivido a veinticuatro septiembres. Uno más no me matará.

Lo que me molesta es que, para mí, septiembre no era malo. Todo lo contrario. Me gustaba septiembre. Era momento para pensar qué iba a aprender durante el curso, momento de estrenar libros, de matrículas, de vuelta a empezar. De lienzo en blanco y vamos a pintar. De pensar qué esperaba del año, en qué proyectos me iba a embarcar, qué cosas quería hacer.

Ahora no es lo mismo.

Septiembre, no eres tú, soy yo, que estoy rara. Por eso, aunque sea más otoño que verano me compro billetes de avión. Me enfado si tengo que guardar mis sandalias y sigo sin poner la alarma en el despertador. Septiembre, no eres tú, soy yo. Es que estás lleno de proyectos y no sé por dónde empezar. Puede que quizás me dé miedo empezar.

Y como siempre que tengo miedo, escribo… Allá voy.

Septiembre, esta, la última copa del verano, va por ti.

El misterioso paquete

Llegó por mensajero ayer. Ahora tengo un paquete enorme y misterioso en mi escritorio. No puedo hacer nada: ni escribir, ni leer, ni mirar por la ventana. El paquete lo llena prácticamente todo. Donde antes solían descansar iPad, papeles, libros, libretas de apuntes y bote de lápices, ahora hay un paquete. Un paquete enorme y misterioso que aún no me he atrevido a abrir.

Lo miro expectante y él me devuelve la mirada. No sé lo que significa ni sé lo que es. Y no sé por qué lo envía quien lo envía. Lo agito, no maúlla. Eso es buena señal: no hay un ser vivo dentro. No me gustaría ser culpable de… Tampoco suena un inquietante tic-tac. Creo.

Y no sé si abrirlo o no. Si devolverlo o no. Si escribir o no.  Si sí o si no. Como siempre.

El final… Y el principio

Les confesaré algo, creo que es un buen momento: estoy jodida. Y mucho. Este iba a ser un buen año. Porque yo lo quería así y porque yo lo sentía así. Pero lo cierto es que está siendo un año muy intenso, pero no bueno. El ser humano es así estúpido, supongo. Bueno, yo soy así de estúpida: siempre quiero más de lo que puedo tener. Y así no se puede, claro.

Les confesaré también que, (ahora ya no porque sea un buen momento, sino porque una vez puestos…), ha habido momentos en mi vida en los que he necesitado demostrarme a mí misma que soy una chica valiente, una chica fuerte, una chica capaz. Así me fui a Estocolmo durante dos meses a vivir con una familia de suecos locos a principios de un Segundo de Bachillerato. Así me fui a Berlín con mi hermano. Y así hice el Camino de Santiago por primera vez. No hace falta que les hable a ustedes de las primeras veces. Ya saben lo importante que son para mí.

Pues bien. En este año jodido que estoy viviendo, pensé que necesitaba un cambio, demostrarme a mi misma que soy una chica valiente, una chica fuerte, una chica capaz. Y me he ido al fin del mundo. Literalmente. La primera vez que llegué a Santiago como peregrina no pude sino emocionarme al llegar a la plaza del Obradoiro. Me sentía tan pequeña y tan grande… La segunda vez, tras un viaje muy duro y muy largo tan sólo podía sospechar la promesa y el secreto que escondía. Pero ahora jamás sabré dónde me llevó ese viaje.

Y la tercera vez… La tercera vez el Camino comenzó a 200 km de la meta. Una meta que no era el final que todos ustedes esperan. Hubo un alto en la ciudad de Santiago, pero no un final. Los primeros cien fueron un trámite. Un trámite divertido. Porque mi verdadero viaje comenzó en un final, la Catedral, que me llevó a un principio, el fin de la tierra.

Cosas de la vida.

Completamente a la aventura. Es decir, más a la aventura: sin mapa, siguiendo mojones sin kilometraje y flechas de un dudoso color amarillo. Sin saber dónde iba a dormir al día siguiente, ni lo que iba a comer. Sin saber a quién iba a conocer ni qué experiencias iba a vivir. Lagos, colinas, amaneceres. Flechas, piedras, babosas, ardillas, perdices. Dolor, cansancio, sed. Tropiezos, coladas a mano, intercambio de pequeñas conchas y sudaderas. Moras, fotos, risas, sonrisas…

… Y el mar. Esta vez fue en lo alto de una montaña donde me emocioné. Donde se me puso la gallina de piel: al ver al mar. Dos días antes del final. El aire olía diferente, llegó un momento en el que el Camnino no olía a bosques eucaliptos ni hayedos. Olía a mar. Y el paisaje se pintó de acantilados, de arena, de oleaje. De mar.

Es algo que hay que vivir para entenderlo. Porque sólo así te das cuenta de que son tus pies, es tu corazón, son tus ganas, tu ilusión, tu fuerza y tú misma quien te ha llevado allí.

Fue el primer atardecer que he visto en el mar. El primero. Sí, lo sé. Cuélguenme si quieren. Es una visión única. En la costa imposible, en la costa da morte. El sol, en lo alto, empieza a caer. Se sumerge poco a poco en el mar. Su brillo anaranjado se apaga. El cielo se oscurece tímidamente. Y yo, sentada en el precipicio del mundo, sonrío. Por fin lo entiendo: no es el final, no puede serlo, es el principio de todo.IMG_8782El atardecer se enteró de la tristeza que producía su presencia. Vio la melancolía en los ojos de las gentes por no ver el sol y decidió disfrazarse de amanecer. La noche, ya sin trabajo con el cambio, se tomó un descanso en una playa cercana. Le bastaban los rayos del un sol desconcertado, recién levantado. Y espera. Espera sin saber bien por qué al sol a medianoche.

Objetivo Bruselas

Verano es un gran momento para viajar. La gente está relajada, de vacaciones y con ganas de cambiar de aires. Y yo no pierdo la oportunidad. Mi familia decidió que este verano íbamos a visitar algo más de la vieja Europa. Y compré billetes para Bélgica. Ya saben, coles de Bruselas y chocolate belga. Todo muy bonito. Pero elegí Bruselas por un motivo. Y para mí no fueron vacaciones. Fue otra cosa. Porque Bruselas es la capital de Europa, es el Parlamento y la Comisión Europea. Es una oportunidad. Una esperanza. Pero les contaré Bruselas primero, después les hablo de septiembre.

Bruselas es contradictoria. ¿Recuerdan cuando hablé de que las ciudades podían ser mujeres? Pues Bruselas es esa chica que no sabe qué le gusta más: si el frío o el calor. A veces frío, a veces calor. A veces ni uno ni lo otro. Y una nunca sabe cómo acertar. Lo que yo les diga: contradictoria. Es histórica y moderna. Es burócrata y caótica. Segura de sí misma pero nada presuntuosa. Y multicultural. Multicultural hasta la médula. Si alguien quiere crecer rodeado de gente dispar, que viva en Bruselas una temporada.  Es una ciudad de contrastes, que deben ser lógicos en su incoherencia. Yo aun no lo sé. Pero lo sabré.

Paseando por sus calles y sin ser el turista que no ve más allá del objetivo de su cámara, me di cuenta de que esa contradicción también palpita en sus calles: el paisaje es urbano, no puede ser de otra forma, pero de una manzana a otra pasa de lo majestuoso a lo estrafalario, de lo singular, a lo vulgar. Y vuelta a empezar. Se necesita tiempo, creo, para entender este mosaico de arquitectura y cultura. El art nouveau se pelea con el hormigón. Las mansiones del XIX contrastan con las fachadas acristaladas de la Unión Europea. Que son cual Gotham City. Los museos conocidos a nivel mundial se pierden en parques. Y un fantástico hayedo se expande por el sur de la ciudad. Un remolino, vaya. Remolino que gira en torno al corazón medieval de la antigua Bruselas. Donde de la Grand Place, (Cuánto sabemos ya la una de la otra, ma petite!) cuentan que es una de las plazas más bonitas del mundo.

IMG_7765Con el café te regalan, si sabes donde pedirlo, un bombón. Y Tintín te saluda sonriente si sabes donde encontrarlo. Por las coles de Bruselas no me pregunten: no sé si comerán col, pero definitivamente no la llaman así.  El educado belga se sienta a tu lado leyendo un periódico en francés. Te sabe turista y sonríe con discreción. Le sonríen a la vida. Los belgas son felices.

Me fui enamorada de Brujas, debo confesarlo. Y quien haya estado, me entenderá. Pero Bruselas no es celosa, yo lo sé. Además, cuando vuelva, sé que viviré en sus calles. Y sé que volveré. Antes de lo que espero, de hecho. Da comienzo el sueño europeo.

Bruselas, trátame bien cuando vuelva, nos vemos a finales de septiembre.

Y sé que es un mal momento, que no me encuentro ni en los mapas. Pero también sé que sólo perdida podré encontrarme.

Cosas de Jefazos

– Adelante.
– Gracias por recibirme.
– Por favor, túteame. Te conozco desde hace mucho tiempo. Tú dirás.

Pero lo cierto es que ella no le conoce tan bien. Así que se siente un poco en desventaja. Siempre se encuentran en los pasillos, en el ascensor, en la puerta de entrada. Pero nunca es ella quien le busca, él siempre aparece cuando se le necesita. Cosas de Jefes. Así que ella nunca había estado en su despacho. Es muy amplio, muy bonito. Y tiene unas vistas increíbles. Es elegante, moderno, con escritorio de cristal sobre el que descansa… Vaya. Nada. Ni un papel. Qué raro. Siempre supuso que sería un hombre ocupado. Con mil cosas que hacer a la vez.

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Cuando la miras atentamente te das cuenta de que ella es una de esas chicas que no se atreve a molestar al Jefe, cara de niña buena y demás características angelicales. Pero parece que esto es diferente. Necesita algunas respuestas. Se ha hecho la valiente y ahí está. Un manojo de nervios y la voz todavía quebrada.

– ¿Por qué?
– ¿Por qué? ¿Esa es tu primera pregunta? Lo cierto es que no puedo contestarte a eso – No hay maldad, ni un asomo de burla. Su voz es dulce, su paciencia infinita. A ella no le importa y sigue.

– ¿Qué pasará?
– No lo sé. Quiero decir, claro que lo sé. Pero tú no puedes saberlo. No todavía. Lo sabrás, lo prometo, pero no aún.

– ¿Qué ha pasado? ¿Por qué me siento vacía?

Suspira, sonríe y se levanta de su sillón. Ella pensó que vería aparecer una pantalla retiniana, un reconocimiento de voz… Pero sacó una tiza, cosas de Jefazos, y dibujó en la pared.

– Verás, esta eres tú. Y este es el vacío del que hablas. No es tan grande, ¿verdad? Pero tú lo sientes así, lo ves así. ¿Quieres saber lo que veo yo en él? Yo veo valor. Veo coraje. Veo ganas e ilusión. Veo un poco de pánico también, pero trabajaremos en ello, tranquila. Veo ganas de hacerlo bien. Así que cuando sea el adecuado, todo irá bien.

Ella se queda callada y baja la mirada.

– ¿Y entonces? ¿Por qué?
– Lo único que puedo decirte es que tenías que aprender una lección.
– Esa lección ya me la sabía, créame.
– Cuando sea el adecuado todo irá bien. Lo prometo.
– ¿Lo promete? ¿Se está riendo de mí?
– No, pequeña, no me río de ti.

No hay mucho más que decir. Se miran. Y ella comprende que es hora de marcharse. Al despedirse:

– Confía en mí. Estaré cerca. Y dile a tu hermana que lo siento, se me fue un poco de las manos, pero al menos salvó el Hueso. Ella ya sabrá de qué le hablo.

Cierra la puerta despacio. Y mientras, piensa: ‘Este Dios tiene unas cosas.’

– Recuerda que puedo oirte pensar…

Y eso, le hace sonreir confiada. Por primera vez en unos días.

Footprints

Ella pensaba que lo tenía claro. Que ya no podía haber más. Que esa fuerza ya no latía. Y que no existiría la posibilidad. Se acercó sabiendo lo que sabía  y queriendo curarse. Incluso queriendo demostrarse que ya no pasaría nada, que el ciclo se había cerrado. Todas esas cosas sabía y algunas más.

Lo único que no sabía era que se equivocaba.

Ya no elige cara. Pero tampoco cruz. Ni la doble cara de una moneda trucada. O puede que nunca tuviera la posibilidad de elegir. Ya no elige nada. Bueno, eso no es exactamente así. Se elige a sí misma. A esa chica soñadora, valiente. Luchadora.

Todavía es verano. Aún puede salvarlo. Pero primero tiene que echar a andar, disfrutar del paisaje. Sólo así encontrará el camino otra vez.

Footprints. Sand. Beach. Getaway. Travel. Retirement.

Y vaya si lo va a encontrar.

Las dos caras de la moneda

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‘Dejemos que sea el destino quien elija, lancemos una moneda al aire’. Y el niño jugaba con ella a todas horas. Lo que nadie sabía que era una moneda trucada, tenía dos caras. Nada de una cara y una cruz. No. El azar, decía, era algo demasiado serio como para ir jugando con él. La utilizaba para ganar todas las batallas. Evidentemente siempre le salía bien. Siempre salía cara. Y, además, no había nada que enamorara más que decir, por ejemplo:

– ¿Quieres que lancemos una moneda?
– ¿Para qué?
– Para decidir me quedo esta noche. Si sale cara me quedo contigo, si sale cruz, me marcho y no volverás a verme, no volveré a molestarte. Así podrás echarle la culpa al destino.
– No tengo que echarle la culpa a nada ni a nadie de lo que decido sobre nada ni nadie. Lanza la moneda si quieres. Pero yo veré la moneda primero.
– Muy bien. Te dejo mirar primero.
– Lánzala aquí, a mis pies.
– ¿Preparada?
– Lánzala.

 La moneda vuela por el aire entre los dos. Él confiado y ella temerosa. Gira en el suelo durante unos segundos. Y finalmente se detiene. La moneda con dos caras. Él sonríe. Pero por primera vez en toda su vida:

– ¿Y bien?
– Ha salido cruz.
– Venga, ahora en serio, ¿qué ha salido?
–  ¿Crees que no sé cuál es la diferencia entre cara y cruz? – Ella ya se aleja.
–  … el destino.

Cosas que tiene la vida, días después es ella quien le busca.

– ¿Qué haces aquí? ¿Por qué has venido? Mi tren está a punto de salir.
– Pues estoy aquí, en medio de una estación de tren y en mitad de la noche pidiéndote que…
– ¿Qué?
– Que me lleves contigo.
– Ni siquiera sé dónde voy.
– No me importa.
– No. Escúchate. Es la pasión quien habla, créeme, lo sé todo sobre ella. Y parece divertido. Pero a la larga no lo es.
– Tú siempre haces cosas como esta.
– Pero al final nunca funcionan.
– No, espera. Dejemos que el destino decida.

Y ella saca una moneda. Los papeles se acaban de invertir.

– ¿Es una moneda de verdad?
– Pues claro, ¿qué si no?
– No, nada…

Ella suspira y recordando sus palabras, le dice:

– Si sale cara me voy contigo. Y si sale cruz me marcho, no volverás a verme y no volveré a molestarte. ¿Trato hecho?
– Muy bien, trato hecho. Pero yo veré la moneda primero.
– Muy bien, tú ves la moneda primero.
– Lánzala, vamos.

 Y aunque parezca irónico, otra vez, él confiado, ella temerosa. La moneda vuela por el aire y comienza a girar a sus pies. Se detiene. Pero él no la mira. Ya no necesita verla.

 A aquel niño siempre le habían dicho que cuando tuviera dos opciones lanzara una moneda. Le dijeron que le ayudaría a decidir. Pero no porque la moneda fuera a darle la respuesta. No porque eligiera por él, sino porque en el breve instante en el que la moneda estuviera en el aire se daría cuenta de qué es lo que deseaba que saliera antes de tocar el suelo.

– ¿No la vas a mirar?
– No. Ha salido cara.

De estas y otras cosas tontas que sólo pasan en las películas.

Largo domingo de noviazgo

Teléfono. Sales de ese sueño profundo. Sientes el dolor de cabeza propio. Uno especializado en ti. Como esos virus que van creando cepas nuevas y más potentes cada vez. Pero vuelves, porque siempre se vuelve, con dolor o sin dolor, a la realidad. Y empiezas a recordar con muchos fades de por medio la noche anterior. Y te ves abriendo la puerta, quitándote los tacones, intentando no hacer ruido… Y olvidando poner el teléfono en silencio.

Vuelve a sonar. Y después de varios minutos, te giras hacia la mesita y alargas la mano… La alargas un poco más… Choque con lámpara, llaves… Móvil.

– Vuelvo ahora a casa.
– Anoche acabé con él.

Sí. Tu amiga. Tienes la mala costumbre de tener amigas. Y esta te escribe un domingo a las dos de la tarde. Le perdonas porque ella no sabe que te inventaste el nombre del camarero, que sin querer le tiraste el gin tonic al chico con corbata y que no te quieres acordar de quién te llevó a casa (quenofueraeldelacorbata, quenofueraeldelacorbata, quenofueraeldelacorbata…). Le perdonas porque en mitad de la noche desapareció y pediste al cielo que no fuera con él. Pero fue con él. Coges aire y suspiras. Nos espera un largo domingo de noviazgo. Pese a que todos sabemos que siempre fuiste más de Amélie.

Y cinco mujeres permanecen horas sentadas hablando de un único tema: noche anterior y antecedentes. Unas tres horas. Hora arriba, hora abajo. ¡Ah! El mensaje. Se me olvida el mensaje que él envía y que da para hablar durante una hora más. Hora arriba, hora abajo.

Después de analizar puntos, comas, puntos y comas cual examen de Filología, las almas presentes valoran y opinan. Y llega la pregunta. ‘¿Qué vas a hacer?’ Y llega la respuesta. ‘No lo sé’.

¿Pero sabéis lo que hace? ¿Queréis saber lo que va a hacer? ¿Os lo digo?

Lo-que-le-de-la-gana.

Así. Tal cual. Le da lo mismo lo sensato. Lo que le aconsejes. Lo que no le aconsejes. Que hayas intentado ser coherente. Y empiezas a pensar que has perdido la tarde… Pero no es así. Lo que sientes es que has hecho lo correcto. ¿Y por qué? Esa pregunta no tiene razón de ser. Hay cosas que se saben.

Como también sé que llegará el domingo en el que una nos contará que se casa, otra que nos invitará a su nuevo pisito, la de más allá que nos dirá que ha conseguido el trabajo de sus sueños. Y nos reiremos de esto. Lo sé.

Brindo por esas tardes tardes de largo domingo de noviazgo. Con agua, claro.

Capa de barniz

En fin de semana parece que las actividades se multiplican. Hay que hacer la compra, pasar el aspirador, lavar el coche, ir al cine y hablar con los amigos. Pero en fines de semana estivales todo esto desaparece. Porque, ¿quién no tiene una casa de campo, de montaña, de playa a la que huir? La nuestra es de montaña y prestada, pero no por eso deja de ser veraniega y nuestra. Y lo que más me gusta de ella es que ha vivido tanto…

En nuestra casa de montaña hay una buhardilla donde se acumulan cientos y cientos de objetos. Baúles, percheros, cabezales de madera, cajas, libros, sillas, lámparas rotas… Os podéis imaginar que ese y no otro ha sido siempre mi espacio. Todos los niños tienen un santuario. Ese era Mi Santurario. Sí. Con mayúsculas. Con siete años me abrumaba su inmensidad. Me asustaban las telas blancas que protegían los muebles y la ventana que el molesto paso del  tiempo, saliéndose como siempre con la suya, había conseguido atrancar. Pero allá que me escondía.

Desde hace unos meses hay un objeto más en la buhardilla. No sé quién la subió, pero puedo imaginarlo. No sé por qué la subió, pero puedo imaginarlo. Creo que veces el dolor nos hace guardar cosas. No necesitamos volver a verlas porque el recuerdo ya es suficientemente poderoso.

Cuando me armé de valor, descubrí esa sábana y voilà! Una mecedora. En esa mecedora mi madre me ha dormido, me ha hecho reír, me ha calmado. A mi abuelo le encantaba.  Nos mecía en sus rodillas cuando éramos pequeños y nos poníamos nerviosos. Y era el sitio fvorito de mi abuelo. Quién sabe si Su Santuario. A veces me sorprendía mirándolo mientras estaba allí sentado perdido en sus pensamientos. Jamás rompí esa magia. Verla allí, abandonada, tapada, olvidada… Me decidí a devolverla a la vida dándole una capa de barniz.

Mientras lo hacía he empezado a pensar. Y me he arrepentido de no haberle preguntado a mi abuelo nunca qué pasaba por su mente cuando se sentaba en ella. Pero cerrando los ojos cambiar el pasado es sencillo.

– ¿Iaio, en qué piensas?

Él sonríe. Esa sonrisa que sube hasta hacer brillar sus ojos. La que se contagia. La sincera. La sonrisa más bonita de todas. Y yo me siento en el suelo, como hace casi veinte años.

– Cuando tienes mis años, princesa, poco piensas y más recuerdas. Verás. Cuando seas vieja, te sentarás en tu propia mecedora y observarás tus manos apoyadas en el reposabrazos. Y te acordarás de todas las veces que se alzaban cuando escuchabas esa canción. Te acordarás de las veces que esas mismas manos descansaron sobre las suyas. Recordarás que han escrito y leído en un mapa de piel. Que abrazaron a un bebé en sus primeros instantes de vida. Que acariciaron su cara. Y si alguien te pregunta por pasión, les enseñarás tus manos, porque nadie mejor que ellas la conocerán. Te recordarán cada golpe, cada cigarrillo, cada copa que te heló los dedos. Te recordarán cada vez que se apretaron con fuerza tus rodillas, porque él acababa de entrar y temblaban como locas.

Y entonces pasarás a los pies. Tus pies estarán cansados pero en ellos verás cada paseo por la playa, cada mañana caminando hasta el trabajo. Cada baile. Pero sobre todo, ese baile. Verás cada acelerón porque no llegabas. Cada frenazo porque no estabas preparada para llegar. Volverás a sentir lo que sentías cuando le dabas patadas a un balón en el patio del colegio.

Algún día te sentarás en tu propia mecedora y recordarás tu vida. Harás balance de lo que has vivido balanceándote. Así que, princesa, vive. No vuelvas a decir ‘mañana lo haré’ porque cuando seas mayor y estés vieja ese ‘mañana lo haré’ te pesará. Haz lo que tienes que hacer. Hasta eso que llevas meses esperando. Persigue tus sueños. No unos cualquiera. Los que te quitan el sueño, así al menos contarás que querías alcanzarlos.

Y dile, de una vez por todas a ese chico que no se entera de nada, que tu vida es más gris desde hace un tiempo. El mismo tiempo que ha estado lejos de ti. Porque con un poco de suerte, aun puedes hacer que tus manos descansen sobre las suyas cuando os sentéis en la mecedora. Atrévete a hacer lo que nadie haría porque entonces ya no te importará  lo que los demás hubieran pensado. No seas tardona en tragarte tu orgullo, no vale la pena. Diles a todos a los que quieres que les quieres. Haz la maleta y vete a la China o con los negritos del África o al Machu Pichu ese. O a los tres sitios.

Haz que tus manos y pies cuenten tu vida. Porque un día serás vieja y estarás ahí sentada y todo lo que hayas hecho nadie podrá arrebatártelo. Puede que lo hayas compartido con alguien o no. Que ese alguien se siente a tu lado o no. Que ese alguien se estremezca con otra de tus caricias o no. Pero tendrás algo que contar. Habrás vivido.

… Sí. Así era mi abuelo y eso es lo que me diría. Me diría que la mecedora necesita un poco más de barniz y que la vida es hermosa, palpita por mis venas, y quiere escribir mi historia.

Me separo un poco y observo mi trabajo. Ha quedado bien: las dos hemos conseguido despertar de nuevo a la vida.  Recojo pinceles, tapo botes de pintura y la dejo secar en el centro de la buhardilla, un espacio privilegiado. Y los recuerdos en forma de virutas de madera me los llevo también  para no olvidarme de que la vida es hermosa, palpita y quiere escribir… Y para que mi abuela no se entere, claro.

Disculpad. Creo que debería ir a…

No sabía yo…

Que el alma podía romperse.

Dicen que todos perdemos 21 gramos en el momento exacto de la muerte. Todos. ¿Cuánto cabe en 21 gramos? Cuando perdemos 21 gramos, ¿cuánto se puede ir con ellos? 21 gramos el peso de 5 monedas de 5 céntimos, el peso de un colibrí, de una chocolatina. ¿Cuánto pesan 21 gramos? – Paul Rivers

 

He conocido gente que dice que el alma no existe. Cree que hemos llegado aquí de ningún sitio en concreto, que vamos hacia ningún sitio en concreto y que cuando nos vayamos será como si alguien apagase la luz. Así sin más. Click.

También me he encontrado con quienes dicen que el alma es lo que queda después de la muerte. Lo que subirá arriba o bajará abajo según lo que hayamos hecho en medio. Otros piensan que el alma está unida al cuerpo, que muere en el mismo momento en el que morimos nosotros. Y hay quien dice que hasta las hormigas tienen alma.

Yo no sé si llamarla alma tan siquiera. Sé que hay algo. Algo bueno. Simplifico y le llamo alma. Y sé que existe.

¿Sabéis por qué sé que existe? Sé que existe porque duele. Porque me duele más que aquel hueso roto y aquel pellizco bien dado. Porque me duele más que una caída desde un tercero (réquiem por un iPhone). Así que sí, comprobado: el alma existe y puede romperse. Cuando no sabemos explicar qué es lo que nos duele, porque aparentemente nuestra vida va bien, siempre he creído que es el alma quien duele.

No se rompe fácilmente, os lo digo yo, está hecha de un material que resiste casi todos los golpes. También los más fuertes: decepción, tristeza, desilusión, desamor. Pero cuando se rompe se abre una grieta que probablemente no se cierre del todo. Si tenemos suerte quedará una cicatriz.

De esta forma se crean las cicatrices del alma. Cicatrices con forma de todas esas fotos que hemos tenido que ir descolgando porque ya no quedaban bien con el decorado. Cicatrices con forma de bala disparada por esa persona que nos resquebrajó de arriba abajo para dejar claro que estuvo allí y que, por supuesto, no va a volver. Cicatrices de la muerte de los que queremos, de ese amigo que nos traicionó, del que se fue. O de lo que no nos dimos cuenta hasta que ya llegábamos tarde.

Aun así me sorprendo intentando convencer al mundo de que estoy bien, de que puedo con todo, de que soy fuerte. Como si al mundo le importara. Y entonces desempolvo mis escudos. A veces funcionan. Otras no. Pero cuando ni eso es suficiente para calmar el dolor es porque el alma ya no duele, es que está rota. Tengo cicatrices de todo tipo, de toda clase, de todos los colores. Cicatrices de expectativas creadas, de lo que se me quedó grande. Cicatrices que se parecen peligrosamente al ‘Que hubiese pasado si…’.

Les dirás que te duele el alma y entonces escucharás: ‘No haber jugado, no te habrías hecho daño. Te pasa por imbécil.’ Y muy sabiamente les desarmarás con: ‘Pero es que en esta vida hay que jugársela, ¿no?’

El alma duele y se rompe. Pero (y este es un pero de los buenos, créeme) es por esto mismo que debemos acordarnos de que donde hay tristeza es difícil que antes no hubiera alegría… Que sin alma no habría cicatrices, que sin cicatrices no habríamos vivido tantas y tantas historias.  Y también algo bueno: que sólo se rompe el alma del que ama.

Perdón. Del que amó.

No es la veleta, es el viento quien cambia

El título no es mío. Es de Edgar Fauner. Pero le he pedido permiso, la ocasión lo merece. Y es que hoy viniendo a trabajar he visto altiva, desafiante e inalcanzable, una veleta. Una ráfaga de viento la ha hecho girar en redondo. Lo que antes venía del sur ahora viene del norte. En un momento. En un suspiro. Y lo que antes era en tic, ya no lo es en tac. Y he recordado cómo en pequeños instantes, suspiros y momentos, mi vida ha ido cambiando. Dicen que el viento del norte siempre trae cambios. Y que puede soplar demasiado fuerte a veces.

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Construí mi vida creyendo que nadie rompería mis moldes. Pero hay personas que se especializan en querer demostrarme lo contrario. Llegan como sin querer, pero lo hacen en el momento preciso. Son personas que has de coger o dejar. Pero lo cierto es que nadie viene a decirte que si las coges es posible que no puedas dejarlas.

Y cuando llega el momento nadie te ha enseñado a dejarlas. Tienes que aprender rápido y por tu cuenta.

Aunque, en realidad, no quieres dejarlas.

Aunque, en realidad, sabes que debes dejarlas.

Te repites una y otra vez que será la última. Y hasta puedes engañarte y pensar que lo ha sido. Pero el pasado siempre vuelve. Y caes. Caes a un lugar del que pocos vuelven sanos y salvos.

Sin estar preparado vuelven esas miradas, ese olor, esas caricias. Pero sobre todo vuelve esa daga afilada que sabes que te partirá en dos. Y te parte. Vaya si te parte. Aunque aceptarías que se quedara dentro el resto de tu vida. Porque es esa persona. Sabes de quién hablo, ¿verdad? Descuida,  que tú también la tienes. Todos la tenemos.

Mientras juegas con fuego, se clava un poco más. Más hondo, más profundo. Más en ti. Sabes que si abres los ojos nada será igual, así que los cierras con todas tus fuerzas: hay cosas que no funcionan con luz. Pero lo cierto es que no puedes escapar a tus propios instintos. No habrá gente suficiente en tu vida para evitar que vuelvas a lo que eres. Hay cosas que se llevan dentro, más allá de la piel, más allá del corazón, más allá del alma. Y por las que parece que merece la pena luchar. Si no, no estarías ahí.

Después volverás a la normalidad. Sí. Con el tiempo fingirás que nada ha pasado. O mejor, que ya es pasado. Como si mirar hacia otra parte impidiera que existiera. El estúpido velo que nunca es lo bastante tupido para ocultar lo que tú… Morirías por ver.

Hay personas que nos llevan alto, muy alto, para luego dejarnos caer. Son las llamadas que sabes que no puedes hacer. Son las que imaginas, son las que te despiertan en mitad de la noche. Son las cartas del último cajón. La cara, que no la cruz, que querías que saliera. El secreto mejor guardado. Son las puertas entreabiertas. Y las más duras vueltas a la realidad. Son las personas que se clavan como dagas afiladas. Dagas que hieren, sí. Pero también son las que, si quisieran, podrían curar.

Son el viento que sopla demasiado fuerte. Y mi veleta no es altiva, ni desafiante, ni inalcanzable. Y se rinde al viento del norte.

Un buen día en Santander

Todo empezó en una playa, en Santander.

Los primeros baños de la temporada habían sido cántabros pero no como aquel. Ella, que no quería tener frío pero lo tenía, se zambulló sin pensarlo aunque era de noche. Él la esperaba con la toalla preparada en la arena.

– Me he pasado ocho meses intentado conquistar a Santander, ¿sabes? Me he mostrado interesado, la he conocido… Paseos por la playa, cenas en el Marutxo. Atardeceres en el Paseo Marítimo y helados en el de Pereda. Vals en Cañadío… Y no lo he conseguido. Todo ha sido en balde. Creo que es como una mujer que no se deja conquistar.

– No digas eso. Yo no creo que lo hayas hecho tan mal.

– ¡Sí! ¡Claro que lo digo! Y bien alto, a ver si me escucha: ¡No ha servido de nada! ¿Me oyes? ¡De nada!

– Shhhh, ¡calla! ¡Estás loco!

– Está enamorada de otro. De otro. Me queda aceptar la derrota. Saber que no será mía.

– Siempre puedes volver a intentarlo más adelante, en otra, no sé… Estación… Momento… Te vas a quedar cerca…¡Ya está! ¡Con nieve! No ha estado nevada. Ahí lo tienes.

– No. Nunca será mía. Y como me vengas tú ahora, tú que has estado sólo diez días entre playas, acantilados y faros, tú con el cuento de que la has descubierto y conoces su secreto… Te mato. ¿Me oyes tú también? Te mato.

Nos echamos a reír. He de confesar que mi amigo siempre había sido un romántico y estaba a punto de hacer una de sus mejores actuaciones cuando después de cenar decidió bajar a la playa. Me explicó entonces que siempre había pensado que las ciudades eran mujeres. Y yo le creí. Durante horas me confesó que París siempre le había parecido una señora elegante y sofisticada. Madrid una vecina revoltosa, siempre con ganas de fiesta. Lisboa una chica que te enamora porque sí. Y Roma tan caótica y loca como guapa y misteriosa…

Hubo un momento en el que dejó de dirigirse a mí y empezó a pensar en voz alta. Sentado en la playa de la Magdalena miraba las luces del puerto, el perfil nocturno de la ciudad cansada.

–  … Y Santander, después de vivir en ti… Santander, no eres la más guapa del mundo pero eres más guapa que cualquiera. Tienes mal carácter. Entérate, lo tienes. A veces incluso te ronda por la cabeza una nube negra y te da por lanzar truenos y relámpagos. Pero,  ay amiga, cuando quieres, cuando te da la real gana, eres la mejor. Dulce y perfecta… Lástima que tu novio fue, es y será el mar. Y contra ese cabrón de ojos azul verdosos no puedo competir. No puedo. Porque hasta yo me enamoro de él.

Lanzó una mirada furibunda al agua. Golpeó la arena de sus pies.

– Eres el ser más dramático sobre la faz de la tierra, ¿te lo han dicho alguna vez?

Seguía sin mirarme. Pero en ese instante, en ese preciso instante me di cuenta de que no estaba hablando de la ciudad… Hablaba de una mujer. Todos tienen una muy dentro de sí mismos.

Y un buen día supe que las ciudades podían ser mujeres y las mujeres, ciudades enteras. Él estaba perdido en ella. Y yo encontré el rumbo en su mapa casi sin querer. Lo vi tan claro… Intuición femenina, supongo. Pero no era yo quien debía mostrarle el camino. Debía ser él quien lo descubriera. Me quedé quieta. Tiritando. No sé si de frío. El tiempo se detuvo.

Y todo terminó en una playa, en Santander.

Virtudes

Hoy ha sucedido algo inesperado. Algo que no he entendido del todo. Algo que se me escapa… Pero supongo que la mayoría de las cosas de la vida son así.

Quería sentarme al sol y desgranar minutos entre palabras, conversar con alguien sensato. No pedía mucho, ¿verdad? Divagar sobre la vida, sobre el amor, sobre los peces de colores. Qué más me daba. Era domingo y me apetecía sentarme al sol.

No había sentido aun los rayos de sol bañando mi piel cuando se nos ha acercado una pequeña señora y con toda la educación del mundo nos ha pedido una foto. Una fotografía con las rosas. Con aquellas de allá. Toda dulzura, te has deshecho por complacerla. Y la historia sería una anécdota más si acabara ahí. Pero tú y yo sabemos que no acaba ahí.

Ella ha empezado a hablar. A contarnos. A poner nombres y fechas a bebés, aniversarios de boda y cumpleaños de gente que está lejos. A hablarnos de su marido, del que todavía está enamorada desde hace, ¿cuántos ha dicho? ¿55 de casados y 14 de novios? De sus viajes a Méjico, a Nueva York, a París. De sus hijos, de sus nietos, de sus biznietos. De lo mucho que echaba de menos ‘estrujar’ a esa pequeña que nos ha enseñado en una foto.

En el momento de la despedida nos ha deseado una buena vida. Una feliz. Una plena. ‘Que encontréis lo mismo que yo… Gracias por la fotografía, muchas gracias’. Y ha desaparecido. Mientras nos alejábamos, ha desaparecido. Si no hubieras estado conmigo habría pensado que es una de esas cosas que imagino para mis relatos pero que no llegan nunca a suceder. Pero tú la has visto. La has escuchado. Como yo.

Después de eso me he quedado sin palabras. Me ha parecido que mi vida, mis problemas, mis miedos… Quedaban atrás. Que no debía preocuparme tanto, que no vale la pena. No hemos podido hablar de nada. Y eso que yo necesitaba hablar, sobre todo, de los peces de colores. Pero nos hemos puesto a hablar de Virtudes.

Virtudes, que con 80 años y la vida vivida, tenía la ilusión corriendo en sus venas… Y quería una foto con las rosas. Con aquellas de allá. Tú has decidido por las dos que ha sido el destino. Que de todo lo que nos ha contado hay algo que se entrelaza con nuestra vida. Que es la respuesta a alguno de nuestros miedos, de nuestras locuras, de nuestras preocupaciones. Y ahora me doy cuenta de que esa respuesta era tan evidente que no la vi. Yo ya sé qué era lo que quería decirme Virtudes.

Sabes que recordaremos ese momento… (una de las pocas veces que me oirás decir esto, así que presta atención)  Para siempre. Porque alguien que llega como por casualidad, sin querer, y te hace descubrir algo, se queda contigo para siempre.

… Así que, Virtudes, gracias a ti.

***

Quiero una foto con las rosas, N. Con aquellas de allá.

23 de abril

Un día especial. Siempre lo ha sido. Quizás hoy lo sea más. Hoy veré, escucharé y sentiré que soy como soy porque leo. Puede ser. De mí se espera hoy en conferencia que alabe los libros, que diga cosas como que me llevan a otros mundos, que me enseñan, que me hacen ser quien soy. No sé si es cierto, eso debo reconocerlo. Leo porque me gusta leer. Como a quien le gusta pasear por la playa, jugar al parchís o buscar unicornios. ¿Soy la suma de los libros que he leído? ¿De los que me quedan por leer? ¿Soy los personajes que se hicieron míos? ¿Las historias que cruzaron inevitablemente conmigo? No lo sé. Me temo que ante la pregunta de: ‘Oye, ¿y tú por qué lees?’ La respuesta va a ser soy lectora…

Porque me gusta leer. Me encanta descubrir personajes, tenerlos en mi cabeza, que me sorprendan sus reacciones. Saberlos míos y echarles un poco de menos cuando me despido de ellos. Sí. Me gusta leer. Los libros esconden historias que me emocionan y me hacen soñar. Encierran palabras que une caprichosamente la mano de un autor que decide arbitrariamente que ‘Érase una vez’ va antes que ‘Una princesa en un reino muy lejano’.

Los libros fueron soñados por un autor. Los sueños de un desconocido. Son sueños, tus sueños, mis sueños. Me gusta soñar y me gustan las palabras. Dejarme llevar a mundos lejanos en el tiempo y en el espacio donde todo, absolutamente todo es posible. Las palabras causan alegrías, tristezas y lágrimas. Me hacen viajar, me hacen dudar: ¿conseguirá escapar? ¿Volverán a encontrarse? ¿Lo logrará? Y, claro, no puede faltar: ¿Tendrá un final feliz? Ante esta, no puedo sino encogerme de hombros.

Pero sobre todo me encanta ese sentir que deseo saber cómo acaba la historia pero al mismo tiempo… No querer que termine nunca.

Abrir un libro es tener ante ti 354 páginas de suspiros. 250 000 frases que hacen que tu corazón lata más rápido. Y miles de palabras que resuenan en tu cabeza. A mí me gusta la intriga. Me gusta emocionarme. Me gusta el suspense. Me gusta dudar. Me gusta imaginar. Y los libros me regalan eso. Y es el mejor regalo de todos.

Otros encuentran ese placer en buscar unicornios. O dragones. Yo lo he intentado y no lo he conseguido. Será que no sirvo para encontrar seres fantásticos.

Pero ante todo me gusta quedarme en el mejor continuará. Porque sinceramente, no, no lo tengo todo pensado. No sé cuál es el final de mi historia. Del libro cuya protagonista soy yo. Ese que siempre me he imaginado en granate, con ribetes dorados, con un título de dos palabras: ‘Mi vida’. No sé qué dios se sentará allá arriba para trenzar argumentos, para unir líneas de destino, para reírse de mis preguntas… Pero confío en él. Nunca deja de sorprenderme. Y creo eso es lo que más me gusta de todo. ¿Sabéis? El libro que ahora mismo no puedo dejar de leer es el libro de mi vida, el de los ribetes dorados. No sé si es el mejor que ha caído en mis manos pero sí puedo decir que es mío. Y aunque no sepa si quiera, dónde ni cuándo está el final. No quiero saberlo. Si me disculplan…BeFunky_OrtonStyle_1.jpgMe gusta leer y me encantan los hombres que rompiendo tradiciones saben regalarme el libro y no la rosa. Siempre aciertan.

Pasado con futuro…

Llenos de vida, de miedo, de ilusión, de ganas. Me contagié de esa magia que flotaba en el aire cuando se inventan historias. Me sentí feliz por ser una pieza pequeña de un mecanismo enorme y maravilloso: el que nos recuerda que no hay sueño suficientemente inalcanzable que no se pueda inventar, crear, contar. Miles de chicos en todo el país con la misma tarjeta de visita… Y os aseguro que no saldrán dos iguales. Esa es. Esa es la magia.

Me sorprendí en una corta espera pensando en mi yo del pasado. En uno lejano ya. No en la chica que estrenaba trabajo hace unos meses, ni tampoco en aquella llena de ilusión que empezaba la facultad. Si me apuran, tampoco pensé en la chica del primer verano fuera de casa ni en la que sacó siete sobresalientes en tercer curso. No. Pensé en aquella niña que curiosamente también un trece de abril, se sentó delante de una hoja de papel a escribir, con un bolígrafo prestado y una botella bien cerrada por si acaso, sobre ‘Una receta para una Europa mejor’. Entonces empezó todo. Aquel fue el principio de mi historia. De mis historias. Y hace tiempo que dejé de creer en las casualidades.

Por favor, billete de ida y vuelta para visitar a aquella niña llena de sueños sentada en una sala grandísima de un colegio, que con su mejor caligrafía sólo quería hacerlo bien, nada más. Porque sabía que allí había… ¿Cuántos? ¿Doscientos, trescientos chicos y chicas como ella? En aquel momento le parecieron un ejército de miles. Y todos cargados de mejores tintas.

Cerré los ojos y pagué ese billete. Al abrirlos la busqué en un mar de cabezas. No me costó encontrarla, la verdad. La misma cara de concentración, el mismo esmero en cada palabra. Reconocí ese gesto y sonreí porque hay cosas que no cambiarán nunca. Me senté a unas mesas de distancia, cerca de ella, hasta que terminó. Al parecer tenía tiempo y levantó la vista. Me miró. Por un segundo pensé que me había reconocido, (¿Qué quieren? Una no está acostumbrada a viajar en el tiempo…) pero enseguida recorrió la sala con sus ojos verdes mirando a los demás mientras acababan de escribir. Suspiró y yo descubrí un atisbo de miedo. Imperceptible para todos, pero yo, que la conozco un poco, me di cuenta. Os aseguro que fue suficiente para que naciera en mí el querer acercarme. Si hubiera podido me hubiera encantado acercarme a mi yo del pasado y acariciar su rubia cabecita. Tranquilizarle y decirle que todo saldría bien. Y pedirle, ya puestos, que me prometiera que a partir de entonces confiaría más en ella.

Todos los chicos y chicas que me entregaban, tímidos, su redacción eran mi yo del pasado. Así que con una gran sonrisa les he dado las gracias por dejarme leerles. En parte porque sé que a mi yo del pasado le hubiera encantado recibir esa sonrisa. Y porque mi yo del presente compartía los nervios de una aventura que comienza, su ilusión y también su ganas de hacerlo bien.

Quizás mi yo del futuro no esté ocupada en otras cosas, me esté viendo ahora y le nazca acercarse para decirme que todo saldrá bien. Cierro los ojos de nuevo y siento una especie de caricia en mi rubia cabecita.

-Hey… Todo saldrá bien.

***

La respuesta es sí. A esa pregunta que todavía no has formulado: Sí.

El paraguas transparente

A la chica del paraguas transparente le encantan los días de lluvia. Se lo digo yo, que la he visto crecer. De pequeña, con sus botas de agua saltaba en todos los charcos. En todos. Después, de adolescente, con su chubasquero rojo y rebelde sin paraguas, los evitaba, pero si nadie miraba… Solía chapotear como sin querer en alguno de ellos. Uno o dos. Bueno, quizás fueran tres o cuatro.

La adolescente se convirtió en una mujer y ahora, lleva un paraguas transparente para protegerse de la lluvia. Yo la veo pasar todos los días desde la oficina. Apenas unos pasos, unos minutos. Y desde hace unos días que salió con él de casa he disertado y meditado sobre paraguas. Qué absurdo, ¿verdad? Pero es que deseo saber por qué el suyo es transparente. Han sido días lluviosos, menos mal, así no me siento tan loco. Pues bien, les pondré al tanto: los hay de colores, cualquiera que puedan imaginarse. Los hay a cuadros, a flores, moteados. He visto hasta faldas escocesas hechas paraguas. Los hay escandalosos, chillones, que le restan tristeza al gris del cielo de lluvia. También hay paraguas oscuros, los menos. No es cuestión de echar más leña al fuego… Pero el suyo es transparente.

girl, rain, umbrellaHe pensado que quizás la elección sea cuestión de la persona… Personas que no se amilanan por un día lluvioso. Personas que se dejan levar por la apatía de estos. Personas que incluso ni llevan paraguas porque las lluvia les sorprende. Vitales, deprimidos, despistados. Sí. Creo que me decanto por esto último… Pero el suyo es transparente.

¿Será porque es sencilla? ¿Será porque es vital? ¿Será porque es feliz? ¿Será porque es… Transparente?

Bien. Pues ya lo sé. La he abordado al salir de su casa con él en la mano. Le he contado lo mismo que les he contado a ustedes. Y ya sé por qué. Lo sé. Y me lo ha dicho con una sonrisa. Mirándome a los ojos: sencilla, vital, feliz… Y transparente.

A la chica del paraguas transparente le encantan los días de lluvia. Ha aprendido a disfrutarlos porque sabe que es la única forma de saborerar más los días soleados… Y su paraguas es transparente porque así es la primera en ver los rayos de sol cuando empieza a clarear los días de lluvia.

Aviso

Se hace saber, por orden de la princesa del Castillo Real que…

…Ha hecho reforzar murallas y contratado centinelas. Escavado un foso y llenado con cocodrilos del Nilo, los más grandes y feroces. Cocodrilos que, además, escupen anguilas eléctricas si se les  molesta. (¿Que cómo lo hacen? Déjame en paz, es mi cuento). Aquel que ose escalar la muralla aún tendrá que matar al dragón. Azul. (Una licencia poética).

En lo más alto de la más alta torre, la segunda alcoba a la derecha tras la escalera de caracol sin escalones. Existe un santo y seña que abre la puerta. Y uno, repito, sólo uno hará que la princesa de cabellos dorados abra con una sonrisa.

Avisados quedan así todos los caballeros del Reino.

Queridas palabras:

He de confesaros algo. Me siento a escribir y no sale nada. Yo, que desgranaba horas en vosotras. Qué irónico. La escritora sin palabras. Aturdida en un sinsentido. En una vorágine que se está llevando demasiado. Si soy sincera, creo que os he perdido en algún lugar de mi corazón. Que os despistasteis en algún pliego de mi piel, que os fundisteis con el silencio que últimamente bombea por mis venas, que me impide pensar. Ser. Escribir. Todas mis letras parecen estar en ese nosedónde y llevan allí mucho tiempo. Demasiado. Supongo que allí estarán hasta que el día menos pensado consiga cerrar este paréntesis que no consigo explicar por falta de vosotras, mis queridas palabras.

Os echo de menos. Ya lo he dicho. Os echo de menos porque os llevaba en mi bolsillo, para mis emergencias. Pero ahora no os molestáis en aparentar bonito. Traducciones, notas de prensa, cartelas de exposición. Juego con vosotras, sí, pero no sois las mismas. No sois vosotras, no soy yo.

Os echo de menos porque me encantaba sentiros corretear por mi antebrazo, trepar por mis nudillos, deslizaros por las arrugas de la palma de mi mano… Y abandonaros seguras en mi caligrafía. Porque habéis sido seductoras, inesperadas, románticas… Como yo, vaya. Porque en vosotras encontraba todas mis horas, mi esperanza, mi vida. El reflejo de… Para qué engañarme, mi reflejo sois vosotras. Teníais la habilidad de aparecer en el instante perfecto y guiarme a través de la creación de una historia, que en el fondo, siempre era la mía.

Y más que nada os echo de menos porque me liberabais de mis propios pensamientos, desconciertos, contradicciones. Érais las tiritas que cubrían mis heridas, y ahora estáis atrapadas en la tinta invisible de mis cicatrices. Yo era parte de vosotras y vosotras de mí. Ahora formáis parte de este nosequién en el que me he convertido. Que cada día siento como un mayor sinsentido… Como una palabra que no dice nada. Exacto, así me siento, como una palabra que no dice nada.

Disculpadme.

Volved, queridas palabras. Os espero, siempre vuestra.

***

Allá en el fondo duermen. Duermen todas las palabras que nunca dije, que no digo, que nunca diré. Duermen las que no supe decir y esperan su turno. Duerme la pena, la risa, el llanto. Allá en el fondo, todas las palabras que nunca dijimos y de las que no guardaremos recuerdo… Duermen.

La profesora de lengua

Se acercan los trimestrales. Y a ella le tienen tomada la medida. Saben que si piden una clase de repaso antes del examen final le va a faltar tiempo para estudiar y repasar con ellos. Sabiendo como sabe qué es lo que saldrá en él, las cosas se simplifican. Tras una larga media hora de repaso morfológico…

-¿Pero por qué tenemos que estudiar esto? Es que no lo entiendo. ¿De qué nos va a servir saber si es un adjetivo explicativo o especificativo? ¿Y el epíteto? ¡Pero si eso yo no lo uso nunca! ¡Vamos, hombre!

La profesora deja el esquema a medio terminar y la tiza en la pizarra. Se da la vuelta muy lentamente y se sienta en la mesa. Los alumnos saben que eso no es buena señal. La última vez que lo hizo se había ‘cargado’ a media clase.

-Eso significa ni más ni menos que, para vosotros, da lo mismo hablar, por ejemplo, de una jodida historia de amor que hablar de una historia de amor jodida.

Y ella calla expectante. Algunos del fondo se ríen. Los hay que siguen buscando musarañas y otros se quedan pensando, menos mal. Ellas intuyen que para su profesora no ha sido un buen fin de semana. Y ellos no se dan cuenta de nada. Como siempre.

Pero a medio camino entre el susto y la incredulidad de que su siempre elegante y correctísima profesora de lengua haya utilizado semejante palabro, escucha un tímido ‘no’ en la primera final. Al menos…

Lo cierto es que, al día siguiente en el examen, ninguno de ellos se equivocó en un solo adjetivo. ¿Que cómo lo sé? Yo era su profesora.

Y también la protagonista de la historia de amor.

Ponga usted el adjetivo donde lo desee. (10 puntos)

Bienvenida, madrugada

Bienvenida a mi cama, madrugada. ¿Vienes sola? (…) Tranquila, ya me imaginaba que no, ¿has traído pesadillas contigo, verdad? (…) Está bien, no pasa nada. (…) ¿Cómo dices? ¿Que son de las antiguas? No te preocupes, con este frío no seré yo quien salga a  buscar nuevas.

Hacía tiempo

Dos amigos y un café.

– Hace tiempo que no nos vemos y has cambiado mucho.
– No he cambiado tanto. Será el nuevo corte de pelo.
– No. No es eso. Y tú lo sabes. Tienes una cicatriz. Y esa no la conocía.

Ella se acaricia el labio.

– No, de esa ya me sé la historia. Hay algo ahí dentro.
– ¿Eso? Ha sido la vida, que de vez en cuando se toma conmigo un café. Cuando  cree que sueño demasiado.
– No lo sé. Es la forma que tienes de apartarte ese mechón de pelo. Tus ojos o, mejor, tu mirada. No, no, no… Ya está, es tu sonrisa, que no es forzada pese a todo, que es sincera, pero que me cuenta historias de lágrimas. Y créeme, todo ‘eso’ te hace tremendamente atractiva.

Hacía tiempo que no la oía reírse así. Con su risa franca y abierta. Porque para nada desea sentirse atractiva. Y eso es, precisamente, lo más atractivo.

Guantes

– Vaya, tienes las manos heladas.
– ¿En invierno? Sí, siempre, dije nerviosa.
– Entonces ya sé qué regalarte en Navidad. Ven, ponlas entre las mías.

De la forma más natural que supiste, apartando tu café y el mío, entrelazaste mis dedos y los tuyos. Era la primera vez que hacías eso y lo sabías. Cuando levanté la mirada y tropecé con tus ojos me di cuenta de que no eran mis manos lo que querías proteger del frío. Justo en ese instante, cuando empezabas a derretir el hielo que recubría mi corazón, en tu calor, me hubiera quedado… Un poco más.

Lo que significa

Tú y yo podremos pasear juntos bajo ese cielo estrellado, papá -comentó señalando con su pequeño dedo una fotografía nocturna de las pirámides de Egipto.

Asentí deseando que fuera así. Cerró el National Geographic y lo colocó sobre el montón de revistas de la sala de espera. Volvió a sentarse a mi lado a esperar. Balanceaba despreocupada las piernas mientras leía los carteles de las paredes.

-Papá. ¿Qué significa oncología in…?

Significa que especialmente hoy también te echo de menos. Que no te me olvidas, como casi todos los días.

Tu canción

Te veo nada más entras en el pub. Y yo, con mi nada inocente gin-tonic  de escudo, no puedo evitar una sonrisa. Y eso que no te conozco.

Tengo la suerte de que en un instante en concreto, nuestras miradas se cruzan. Y tras comprender que es a ti a quien observo por encima del hombro de mi amiga, te acercas.

Con una disculpa nos deja solos y te explico cómo asocio canciones a personas. Tú te ríes y me cuentas que hoy no pensabas salir. Yo me imagino que se lo dices a todas, pero no me importa y hablamos. De todo y de nada. No sé por qué pero esas son las conversaciones que necesito ahora. Tú sientes que quieres más. Y yo leo en tus ojos ese brillo que tenéis algunos, y sé que en honor a la verdad reconocerás después que te habrías alistado en una brigada paracaidista, vendido el alma al diablo y empeñado todo el oro del mundo para que me quedara un poco más… ¡¡Peligro, peligro!! Esa es la señal que necesito.

Y, cual Cenicienta, invento una excusa. Suspiras un: ‘Tú no te escapas: me debes la canción, no te olvides’.

Seguramente no te vuelva a ver ni coincidamos otra vez. Y probablemente nunca sabrás que era uno de esos grandes descubrimientos. Uno que curiosamente no dejo de escuchar.

Quizás jamás sepas que esta era tu canción… O sí.

John Ritter – Good man

 

Las estrellas de Septiembre

¿Dónde estoy? ¿Qué es esto? ¿Por qué está todo negro?

¡Bienvenida! Y tranquila, que no pasa nada, no estás sola, fíjate bien, porque no está todo negro. ¿No ves esos miles y miles de puntos brillantes? Pues tú eres uno más… Son bonitos, ¿verdad?

No entiendo muy bien…

Verás, pequeñaja, yo sé que desde aquí todo parece inmenso. Todo da miedo. De hecho, esa mirada asustada que tienes yo también la tuve cuando llegué. Y, ¿eso de no moverte mucho para no llamar la atención? Yo era incluso peor que tú. Yo quería esconderme, desaparecer, que no me vieran. Pero eso es imposible siendo una estrella del firmamento. Si hubiera podido apagar mi luz, lo hubiera hecho, creéme. Ai qué tiempos. Pero el caso es que no podemos, nadie puede apagar su luz, y menos tú, que estás destinada a brillar. Con el tiempo aprenderás a dejarte ver y apreciarás quien eres. Y descuida porque los demás también lo harán. No, no me mires así. Te lo digo de verdad, alguien, aunque aún no sabes bien quién, se fijará en ti y se enamorará de tu luz. Es más, alguien te escogerá y entonces vuestras dos almas quedarán unidas para siempre.

¿Para siempre?

Para siempre jamás. Porque cada vez que él o ella miren hacia arriba, tú estarás brillando y no sólo eso sino que además brillarás un poquito por ellos. Sin querer tú serás especial para alguien y ese alguien será especial para ti. He llegado a oír historias donde los miedos más profundos de los humanos viajaban hasta sus estrellas.

¿Sus miedos?

En realidad, ahora que pienso, la de secretos, la de pensamientos, la de deseos a media voz que le he guardado yo a la mía…

¿Pero qué tengo que hacer?

Serás su guardiana un tiempo. Y crecerás, pequeñaja, al igual que irá creciendo su deseo. Te acostumbrarás a estar aquí arriba, mirándolo todo, observándolo todo, creciendo y aprendiendo. Seguramente en algún momento, cerca de ti, aparecerá otra como tú. Igual que tú has aparecido a mi lado. Te mirará asustada,  la tranquilizarás, le dirás que todo irá bien, como yo estoy haciendo ahora.

¿Y entonces me iré?

¡No, para nada! Entonces puede que sea el momento más importante. Quizás te sentirás cansada, sentirás que ya lo has vivido todo… Pero no te dejes vencer, pues no será cierto. Tendrás que vivir aquello para lo que fuimos creadas, aquello para lo que vivimos años y años, inspirando deseos, alumbrando sueños.

¿Y qué pasa si nadie me escoge?

¡Claro que te escogerán! Quien te escoja también habrá ido creciendo y su corazón estará preparado para recibirte. El deseo habrá crecido poco a poco muy muy dentro de él o de ella hasta que sea capaz de poder pedírtelo con sinceridad, con todo su corazón. Además, es muy importante que cada uno pida su deseo a la estrella adecuada. A veces sus deseos tardan en cumplirse porque se empeñan a pedírselos a estrellas equivocadas, estrellas que no son las suyas. ¿Entiendes? Ellos tienen que aprender a esperar… Y cuando lo hayan pensado bien, cuando tengan su deseo, cuando estén preparados, tú sabrás que ha llegado el momento.

¿Y entonces?

Entonces una noche, le avisarás: caerás del cielo y te verá. Se le encogerá el corazón, dejará de respirar durante una fracción de segundo… Y lo pedirá: te pedirá su deseo… Y la fuerza poderosa de ese deseo te hará caer junto a él.

¿Me… me apagaré?

No. Brillarás con más fuerza. Te quedarás más cerca que nunca, te necesitará para iluminar sus sueños, para recordarle que los imposibles existen, para decirle que podrá acariciar sus deseos con las yemas de sus dedos… Si tienes suerte será a media noche. ¿No has oído hablar de los deseos a media noche? Esos tienen una historia muy especial. Igual esta noche vemos alguno.

¿Sólo caemos a media noche?

No, por supuesto que no. Pero ya entenderás por qué a media noche, son las mejores. Hay cosas que tienes que descubrir tú. Si te soy sincera, la verdad es que casi todas caen en verano, parece que entonces todos están más pendientes de cielo. Y nosotras de ellos, no te vayas a pensar. Ellos nos miran más y nosotros les escuchamos más. Así que es fácil ser una estrella fugaz de verano. Pero, por desgracia, el resto del año casi nadie presta atención, ya lo verás. Yo siempre digo que hay que estar atenta todo el año. Nunca sabes cuándo va a estar preparado. Nunca sabes cuándo vas a tener que saltar.

¿Y qué pasará cuando caiga? ¡Yo no quiero caer!

¡No te preocupes! Caer es algo muy especial. Él te guardará en su interior, cerca de su corazón. Iluminarás la ilusión, la pasión, verás crecer el sueño de alguien, el deseo que has hecho realidad…

Pero…

¡Ahí está! ¡Está preparada! ¡Lo siento, debes disculparme! ¡Y son casi las doce! Y mi chica está preparada… ¡Lo sabía! ¡Sabía que ella era especial!

***

La estrella de septiembre se dispuso a saltar. Con su salto surcó el cielo en una fracción de segundo. Imperceptible para todos excepto para ella, que tras verla cerró muy fuerte los ojos y pidió un deseo. Un deseo sincero. Un deseo de corazón. Un deseo de septiembre a una estrella de septiembre, una que nadie más vio y que seguro, cumplirá su deseo.

***

– ¡Ahí está! ¿La has visto?
– ¿Ver el qué, pequeñaja?
– Una estrella fugaz! ¡Ahí! ¿Justo ahí mismo!
– Ah… Nuop. Siempre me las pierdo todas.
– Tranquila, ya verás alguna…
– Estaré atenta. Quién sabe… Quizás hoy caiga una estrella.45256ed5718fe1c98189d784ea7fec3a

Please, please, please…

El tiempo justo. Justo a tiempo.

Dudaba cuanto tiempo sería capaz de permanecer allí; un tío feo, pobre, bohemio y sentimental. El último tren del amanecer bufaba otra vez el ruido humeante y trágico de la despedida. Allí volvió a fijar su mirada, en las mismas escalinatas que hace un año habían despedido las pisadas fugitivas de los que temen al amor. Se colocó sutilmente el sombrero, la recordó como una imagen fantasma entre el humo del vapor de la vieja locomotora; dio una última calada al pitillo y decidió quedarse lo justo para que el olvido no borrase su memoria, lo necesario para que el recuerdo no volviese a dañar el corazón. Y justo a tiempo, subió al tren.

Lo sabíamos

No te creí capaz de susurrarme palabras de Cortázar sin previo aviso. A mí, que aún me duele la última. Te diré en un relámpago de lucidez que debes seguir caminando. Y sin embargo tus palabras tienen algo de hipnótico esta noche, algo de sabio y algo que me sabe a…

Caminábamos sin buscarnos, sabiendo que caminábamos para encontrarnos.

Así es mejor

En la India se enseñan las “Cuatro Leyes de la Espiritualidad”.La primera dice: “La persona que llega es la persona correcta”, es decir que nadie llega a nuestras vidas por casualidad, todas las personas que nos rodean, que interactúan con nosotros, están allí por algo, para hacernos aprender y avanzar en cada situación.

La segunda ley dice: “Lo que sucede es la única cosa que podía haber sucedido”. Nada, pero nada, absolutamente nada de lo que nos sucede en nuestras vidas podría haber sido de otra manera. Ni siquiera el detalle más insignificante. No existe el: “si hubiera hecho tal cosa hubiera sucedido tal otra…”. No. Lo que pasó fue lo único que pudo haber pasado, y tuvo que haber sido así para que aprendamos esa lección y sigamos adelante. Todas y cada una de las situaciones que nos suceden en nuestras vidas son perfectas, aunque nuestra mente y nuestro ego se resistan y no quieran aceptarlo.

La tercera dice: “En cualquier momento que comience es el momento correcto”. Todo comienza en el momento indicado, ni antes, ni después. Cuando estamos preparados para que algo nuevo empiece en nuestras vidas, es allí cuando comenzará.

Y la cuarta y última: “Cuando algo termina, termina”. Simplemente así. Si algo terminó en nuestras vidas, es para nuestra evolución, por lo tanto es mejor dejarlo, seguir adelante y avanzar ya enriquecidos con esa experiencia.

Creo que no es casual que haya recordado esto, creo que estoy preparada para entender que ningún copo de nieve cae en el lugar equivocado.

Frío en agosto

Una de las mejores personas que se ha cruzado en mi vida me dijo que cuando viera acercarse el invierno no me preocupara y me comprara un buen abrigo.

– Estoy buscando una trenca…
– Señorita, es 21 de agosto.
– Lo sé. Quizás necesite también bufanda y guantes.

“Toda vida humana tiene sus estaciones, y el invierno no dura siempre. También existen el verano y la primavera, aunque a veces, cuando las ramas siguen oscuras y la tierra se resquebraja con el hielo, llega uno a pensar que nunca van a llegar… Esa primavera y ese verano llegan, llegan siempre.” T. Capote.